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Opinión Escribe: RAFO LEÓN

La Concha del Año

Lima, 22 de diciembre de 2012

Si hay algo chinchoso en este mundo, eso es rendir cuentas por gastos de representación. Sin embargo, pagar impuestos también es una pesadilla, y no hacerlo no solamente es un delito sino una transgresión grave a la definición de la relación entre el individuo y el Estado en una sociedad moderna. Todo empleado, público o privado, formal, pertenece a una planilla que es intocable a la hora de que por razón de sus funciones, debe realizar un viaje. Ahí es que entran los gastos de representación, un dinero que no pertenece al empleado sino a la empresa o a la institución, y que lo está invirtiendo en él con el mismo criterio con que compra papel toalla para los baños de la oficina. En esa lógica, es coherente que al empleado que viaja se le dé un dinero para su hospedaje, alimentación y movilidad, una cantidad sobre la cual hay que rendir cuentas porque, repito, la plata no es del viajante.

Yo trabajo desde hace trece años en una empresa privada que tiene sus mecanismos administrativos elaborados al milímetro. A mí no me gustan esas normas, pero de chico tampoco me gustaba el cuáquer, y miren hoy qué bien me conservo. Según dichos procedimientos, cada vez que salgo de viaje con mi equipo de jóvenes profesionales, nos financiamos contra un presupuesto aprobado, sobre el cual debemos rendir cuentas. ¿Es pesado? Pesadísimo. Un desayuno de diez soles cada uno (y somos cinco), debe estar justificado con factura y además detallada. Por supuesto que no se admiten bebidas alcohólicas en las facturas y si alguien quiere chupar, que lo haga con la suya.

Mil veces hemos estado en caseríos en la sierra o en la selva donde la sola palabra “factura” parece tomada del esperanto. Hay veces, con suerte, que la señora de la bodega donde compramos curitas para un raspón, tiene boletas o recibos de librería. Al comienzo esto fue causa de problemas entre la producción del programa y la administración del canal, hasta que a algún genio se le ocurrió para casos en los que no hay comprobante alguno, diseñar un formulario en el que se consigna el gasto detallado y se añaden los datos del local comercial, el nombre del vendedor, su DNI y su firma. Luego, en Lima, el productor del programa junta sus facturas, sus boletas y sus formularios y se los pasa a una empleada, que en su PC coteja la firma del vendedor con la que consta en RENIEC y asunto terminado. Esto ocurre dos veces al mes y nadie se ha muerto.

Los congresistas, aprovechando de los subyugantes envites de la facecia que nos brindó el tema de La Haya, asumiendo que somos una manga de cojudos, decidieron duplicar sus gastos de representación, de S/. 7,500 a S/. 15,000, además de los 48 pasajes aéreos anuales de que disponen. Pero no contaban con que se iba a armar la de Dios es grande, y no podemos decir que, salvo en las voces de la mayoría de ellos, se haya escuchado un clamor en la población a favor de la medida. Yehude Simon dice que la plata no le alcanza cuando va a eventos descentralizados. Si no me explica qué son esos eventos, a mí tampoco la plata me va a alcanzar. La señora Omonte ha sostenido que ella tiene que gastar en calaminas para las postas médicas y en ladrillos para los colegios. Muy bien, si tiene tan buen corazón que abra su cartera y pague ella los materiales de construcción, así sufrirá menos. El impresentable Álvaro Gutiérrez es uno de los más reclamones y, sin embargo, ya saltó que hay una lista en la que se demuestra que se gastó los viáticos de viajes… sin haber subido a la nave siquiera. Es decir, se robó la plata.

Ya no recuerdo cuál de los congresistas, puede que haya sido Eguren, la coronó diciendo que ellos viajan a lugares muy remotos donde nadie da factura ni boleta. Bueno pues, le dono la fórmula de la empresa en la que trabajo, va a ver qué bien le va a ir, cómo cuadrarán las cuentas del Congreso y cuán menos racistas sonarán sus expresiones tipo, “ahí no dan ni factura”. Congresistas, tanto descaro no va a quedar impune, es la ley de la vida. No lo deseo pero lo predigo, el rechazo que les tiene la población puede pasar a mayores. (Rafo León)


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