Opinión Por: GREGORIO MARTÍNEZ
El Ojo del Guardián
Todavía sigo creyendo que el mejor poeta vivo del Perú, y el más avispado, Rodolfo Hinostroza, merece el premio Nobel. Ya una vez, en una encuesta latinoamericana, voté por él. Volveré a hacerlo hasta que lo vea en Estocolmo, vestido de frac y aplaudido por el mimo Jorge Acuña.
Como Rodolfo Hinostroza es mi gallito de tapada para el Nobel, de vez en cuando le echo un vistazo a lo que chamulla en el papel o en la pantalla electrónica. Axial fue lo que afirma, muy suelto de huesos, en el libro que reúne sus Crónicas de poetas.
Que Manuel Scorza atarantaba y humillaba a los autores que publicaba en Populibros, y se negaba a pagarles de manera cínica, resulta inexacto. Ese no era el estilo del poeta de Los adioses. Al contrario, Manuel Scorza siempre fue miel sobre hojaldre. Y él sabía mucho de pastelería y panificación porque su padre, cajamarquino, fue el panadero mayor en el manicomio Víctor Larco Herrera, en cuyas instalaciones vivió la familia, tal cual me lo dijo en el testimonio que recogimos en Tarbes, Francia, con Roland Forgues.
A Oswaldo Reynoso, axial como a Eleodoro Vargas Vicuña y a otros autores, Manuel Scorza les extendió un cheque por S/.10,000 que, entonces, era bastante dinero y, supuestamente, cubría el 10% de los derechos de autor.
Solo que cuando los autores llegaban a la agencia del Banco Internacional, situada en el jirón de la Unión, frente a la Iglesia de la Merced, la cuenta de Manuel Scorza siempre estaba, calculadamente, un poco por debajo de diez mil soles. Ahí, en la ventanilla, por un pelo, moría la ilusión. Que un cheque rebotara en el Perú nunca fue rareza.
Ninguno tuvo la ocurrencia de Oswaldo Reynoso. Hacer un depósito en la cuenta de Manuel Scorza, hasta pasar raspando los diez mil soles, y luego presentarse, orondo, con el bendito cheque. De este modo Oswaldo Reynoso dejó al gestor de Populibros apenas con el ripio en su cuenta mágica que se suponía inagotable.
Días más tarde, autor y editor se cruzaron en la calle. Manuel Scorza soltó la carcajada de una vereda a otra y le gritó a Reynoso: Me la hiciste, me la hiciste. Siempre de buen humor. En ese tiempo Manuel Scorza era, con su hermano Miguel, propietario del Restaurante 33, en el jirón Lampa, el primer restaurante de autoservicio que se abrió en el Perú. Al lado quedaba la oficina de la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica que manejaba la poeta Magda Portal, famosa porque estaba incluida en 7 Ensayos.
Por otro lado, en Populibros, el volumen de cuentos Los inocentes de Oswaldo Reynoso, cuya primera edición había salido con el sello de La Rama Florida de Javier Sologuren, en 1961, no apareció con errores ni le faltaba letra alguna en el título de la carátula, como sostiene Hinostroza. El libro fue publicado con otro nombre: Lima en rock. Esto por razones de mercadeo, según Scorza.
El error garrafal de Populibros ocurrió en el volumen Hombres y rejas de Juan Seoane, una crónica novelada sobre el presidio la Penitenciaría de Lima, escrita por el hermano del recordado líder aprista Manuel Seoane, El Cachorro.
Cien ojos y más revisaron la carátula de Hombres y rejas. Después que se imprimieron los diez mil ejemplares y empezaron a amontonarse las rumas en un enorme depósito, el guardián del lugar dijo: ¿Cómo, Hombes y rejas? ¿Hombes? Seguro que falta la “R”. Seguro que han querido escribir “Hombres y rejas”.
Corrió la voz entre los socios Scorza, Manuel y Miguel. Todos se arrancaban los pelos, principalmente el diseñador de la carátula. Aun en esa situación, Manuel Scorza no perdió los papeles, no gramputeó a nadie, ningún trabajador fue despedido.
Un alzador de páginas (especialista en alce, un raro oficio) recomendó arrancar las tapas, imprimir otras y volver a pegarlas. Recurso que no era extraño en las imprentas. Manuel Scorza calculó que era mucho gasto, sobre todo en cuanto a mano de obra, no tanto en impresión ni cartulina. Y lo peor, les ganaba el tiempo, pues todo estaba calculado, había un estricto mercadeo de Populibros y ya se había lanzado la publicidad.
Si nosotros, tantos ojos, no nos hemos dado cuenta del error, argumentó Manuel Scorza, tampoco lo advertirán los lectores. El libro de Juan Seoane circuló así. Yo tuve el libro durante años, lo vi muchas veces en Tacora, y nunca me percaté del error hasta que Manuel Scorza me contó la historia cuando coincidimos en Hammeau de Couyou para un largo fin de semana.
“Bulling”, dice Hinostroza en una referencia a Javier Heraud. En otro acápite menciona “autoestima” como una carencia de su madre. ¿Qué ocurre, poeta? ¿Por qué te dejas contaminar de esa terminología embustera? En el primer caso se trata de masonería y en el segundo de complejo de inferioridad o superioridad, así como lo teorizó con rigor Alfred Adler. (Por: Gregorio Martínez)