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Fotografía Más de veinte años de recorrido visual por el Perú y el mundo en el libro de fotógrafo Joaquín Rubio: “Crónicas de Ruta”.

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Niños corriendo en Ollantaytambo, Cusco, 2011. Abajo, corona de plumas de la etnia Kandozi, Loreto.

La fotografía de viajeros apareció poco después de la invención del daguerrotipo. Luego del júbilo que significó el registrar con suma precisión –hasta el momento desconocida– los monumentos y las fachadas de París y de propagarse la fiebre de los retratos en los estudios fotográficos de luz natural, algunos aventureros decidieron partir al hallazgo de lo insólito y volver con las imágenes de maravillas ubicadas en los lugares más remotos del mundo. Así, ante los ojos subyugados de París, el Monte Everest y las pirámides de Egipto aparecieron entonces fotografiados por primera vez.

En este libro, tierra, agua, y cielo, todos ellos en movimiento, son seguidos por dos niños vestidos con los inigualables ponchos de Huilloq, quienes sonriendo corren hacia la cámara del fotógrafo. Antecedido por la pluma de la etnia Kandozi, veremos luego el justificable cansancio del pescador Churruca en Chorrillos y el del vendedor trujillano de guargüeros. Los morenos rostros, grandes y chicos, de San Pedro de Casta, de Antauta, de Zungarococha, Shazuta, Jesús, de Ayacucho, Cañete y el del acuarelista Luis Palao en Arequipa se intercalan con algunos más claros de la Cataluña o de la chilena Valdivia. Una sucesión de imágenes de obras de teatro, de paisajes peruanos y europeos se muestran abundantes en los sucesivos capítulos. En suma, este es un libro de viajes. Una colección de casi treinta años de imágenes de viajes.

Corona de plumas de la etnia Kandozi, Loreto.

Para personalizar la colección, la ineludible pregunta sería entonces: ¿Quién es el viajero que nos ofrece estas imágenes a la manera de un cuadrante? Quizás este enigma se acentúe en el autorretrato del autor que aparece pronto en el libro: En blanco y negro y de perfil, Joaquín Rubio mira muy seriamente, reflejándose, por la ventana.

Es imposible que un retrato fotográfico contenga la complejidad del alma de un ser humano. Los iconos más reconocidos apenas nos ofrecen una pincelada –a veces certera, por cierto– de la personalidad del retratado. Por tal motivo, para intentar ingresar en las profundidades, en los abismos y encrucijadas del alma del autor solo me queda bosquejar nuevamente las preguntas que alguna vez leí, que siempre recuerdo, y que se me sucedieron sin orden: “¿Quizás ese hombre que mira y que se refleja en la ventana esté buscando el rostro que tenía antes de que se creara el mundo? ¿Es cierto lo que se dice que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es? ¿Es que este hombre comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro? ¿Es que este hombre quiso además soñarse un hombre de integridad minuciosa e imponer este sueño a la realidad? ¿Ese proyecto mágico le ha agotado el espacio entero de su alma? Si alguien le preguntara su nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, ¿este hombre podría responder? ¿Es que este hombre busca un alma que merezca participar en el universo? ¿Este hombre moriría si no pudiera fotografiar?”.

Me da la sensación que para Joaquín Rubio el responderse estas preguntas ha sido la motivación, luego la necesidad y finalmente su decisión de publicar este libro. (Escribe: Jorge Deustua)


 


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