Opinión Por ALBERTO BOREA ODRÍA
Las Constituciones Cínicas
Karl Lowenstein, notable profesor alemán que es ya un clásico en materia constitucional, dividió los países según su realidad constitucional en tres categorías: Aquellos donde la Constitución regía el comportamiento de los actores políticos, a la que llamó normativa. Aquellos donde la Constitución trataba de aplicarse por los actores políticos aunque tuvieran dificultades para hacerlo por el subdesarrollo de sus instituciones, a las que llamó nominales. Y llamó semánticas a aquellas donde los actores políticos hacían lo que querían y luego le pedían a los entes formales que cambiaran la Constitución de acuerdo con sus caprichos.
Los de Constitución normativa eran los países institucionalizados: Estados Unidos, los nórdicos, Bélgica, Japón después de la guerra, etc. Los de Constitución nominal eran los que estaban en desarrollo no solo económico sino institucional, entre ellos, especialmente los latinoamericanos de los 60. Los de texto semántico, los países francamente subdesarrollados o “fallen states”.
Pero la realidad de nuestro hemisferio ha creado otro tipo alucinante: los países de “Constitución” cínica. En estos no importa lo que diga el texto, porque el mismo solo se redactó para barnizar de legalidad a una dictadura y respaldar con el prestigio que da la idea del derecho, lo que es una imposición del poder, sin división ni limitación de poderes y, peor aún, sin ningún compromiso por parte de los encargados del Estado de hacer cumplir sus disposiciones. Ellos mismos saben que es un engaño y que solo sirve si les conviene. Además, ni siquiera, a diferencia de los africanos, los mandamases caprichosos se tomarán el trabajo de convocar a sus peones para que cambien el contenido del texto, con lo que por un lado andará lo que dice el texto y por otro lo que pasa en la realidad.
Eso es lo que pasa en Venezuela. La “Constitución” no sirve ni para limitar el poder, ni los que gobiernan se sienten con la vocación de hacerla regir cabalmente, y puede ser interpretada de cualquier manera (igual que lo que sucedió aquí con Fujimori y la interpretación auténtica). Si quieren que el mandato no termine nunca, pues se prolonga hasta que lo quiera o lo pueda sostener Maduro, si quieren que no haya elecciones porque no hay presidente, pues tampoco habrá elecciones.
Como vemos, eso es el cinismo de seguir llamando Constitución a lo que no es sino un disfraz del poder. Los sectores económicos del extranjero, entre ellos de nuestro Perú, se rasgan con razón la vestidura. Creo que en este caso más porque desafía las posiciones de sus colegas y creen que el ejemplo puede cundir, que por respeto al orden constitucional, ya que aquí en el Perú cuando la autocracia los favorecía se callaron en siete idiomas y hasta hoy quieren seguir reconociendo a esa “Constitución”.
Pero como escribió otro gran maestro alemán, Gustav Radbruch, “Los juristas debemos de tener el coraje de no darle cubierta de derecho a lo que no es sino la imposición del poder”. Eso vale para Venezuela de ahora, sin duda, pero también vale para el Perú. (Por: Alberto Borea Odría)