Local ¿Por qué se fue y por qué murió la tradicional clase alta peruana? De cómo los “venido a menos” le dejaron la posta a los “nuevos ricos”.
Elogio del Nuevo Pobre
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La nueva miniserie de Michelle Alexander, Vacaciones en Grecia, cuenta la historia de cómo los Berkinson Mayer lo pierden todo. |
Intentar explicar por qué “los nuevos ricos son horrorosos” le costó a la actriz Claudia Dammert más de un retruécano expiatorio. Con solo una frase infeliz la descendiente del dos veces alcalde de Lima, Eduardo Dibós Dammert, abrió una discusión más grande que la propia revocatoria edil. Lamentablemente y, como ya viene siendo costumbre, el debate en torno al racismo fue limitado, errático y trufado de insultos, con o sin
hashtag. El exabrupto en televisión abierta extrajo de la memoria colectiva al personaje de la recordada sátira de la actriz, la
socialité Patricia Pardo de Prado.
La repregunta de rigor es un signo de los tiempos. ¿De quién se burlaba Patricia Pardo de Prado, finalmente? La sola noción de “nuevos ricos” implica un elenco tradicional, otrora estable, de “viejos ricos”, muchos de los cuales han devenido con el tiempo en “nuevos pobres”. De ellos, por supuesto, poco se habla y menos aún se escribe. “Las ciencias sociales, llenas de prejuicios, se han dedicado a no tocar este tema por considerar que las contaminaba al salirse del marco de las luchas obreras y campesinas”, argumenta el periodista y escritor Rafo León (al otro lado de la orilla ideológica, cierta literatura vive de retacear y malinterpretar los valiosos estudios de José Matos Mar).
El anecdotario oral de aquel declive, en cambio, es muy vasto. “En Arequipa está el balneario de Mejía, tradicional desde comienzos del siglo XX entre las familias antañonas del sur”, recuerda el periodista. “Luego de la caída del parque industrial de Arequipa, a Mejía los mismos veraneantes la llamaban ‘la playa de los tubos’. ¿Por qué? Porque tuvo hacienda, tuvo curtiembre, tuvo fábrica de electrodomésticos, tuvo una cadena de tiendas, tuvo una importadora. Tuvieron pero ahí estaban, como si nada hubiera ocurrido”. ¿Qué queda a estas alturas de aquel viejo elenco? En el peor de los casos, alguna mención en los libros de Carlos Malpica, saldos en las casas de antigüedades y pies de página en los ensayos de Francisco Durand. Un ejemplo notable de lo poco que se escribe al respecto es El Imperio Prado: 1890-1970 (CIUP, 2008), un titánico estudio de Felipe Portocarrero Suárez que no abarca la dolorosa caída libre de la familia, social y económicamente hablando.
Es en la ficción donde mejor se ha retratado esa decadencia (primero moral, luego económica). No es casual que Alfredo Bryce recibiera de manos de Juan Velasco el Premio Nacional de Literatura Ricardo Palma por Un Mundo para Julius (1970). El propio León recuerda anécdotas setenteras que parecen páginas arrancadas de alguna novela de la época. “Algunos compañeros de estudios eran pichones de nuevo pobre. En sus casas encontraba cosas que me dejaban con la boca abierta. Por ejemplo, sus familias, al decaer, se habían mudado del palacete de San Isidro a departamentos sensatos y pequeños, pero habían embutido en estos espacios muebles coloniales gigantescos que conservaron de la hacienda, angelotes, vírgenes y santones de la capilla de la misma, alfombras descoloridas y deshilachadas que vinieron de Bélgica de frente a la casa hacienda en los años veinte”.
La importancia de la apariencia, según el escritor, era reforzada por el color de la piel. “La renuncia a la apariencia es un rasgo del nuevo pobre”, teoriza León. “Una amiga que perteneció a esa casta y que tenía un gran sentido del humor me decía que ella no era pobre sino una Rica En Mal Momento (REMM)”. Con el paso del tiempo –y ya sin la fortuna de antaño– lo único que sobrevivió y sirvió de distintivo fue, precisamente, la melanina. Quizás sea lo que el sociólogo Guillermo Nugent definió en su reeditado El laberinto de la choledad (UPC, 2012) como pigmentocracia: la importancia del tono de piel y el apellido a la hora de definir las jerarquías sociales, sobre todo a la derecha del espectro ideológico. Para ser justos, a la izquierda también le cae. El propio Nugent critica en su ensayo Good Bye, Lenin! Hello, Racism! el viraje racial de las publicaciones académicas luego de la caída del Muro de Berlín y la aparición de Sendero Luminoso. Fue así como la izquierda tradicional cambió la lucha de clases por la lucha de razas. Visto a la distancia, no sorprende que casi todos los debates de hoy se centren en la raza: el único elemento diferenciador en un contexto de crecimiento económico y poco rollo ideológico. Pero si hablar del canto del cisne de aquella clase alta es complicado, hablar de su génesis es polémico. Para el padre de la China Tudela, la expansión de los grupos económicos industriales gracias al creciente poder financiero terminó conformando, en el imaginario de los años cincuenta, “la ilusión de los millonarios peruanos con apellido, linaje y, encima, fortuna: Pardo, Prado, Aspíllaga, Peschiera, Rizo Patrón, Ferreyros, de Osma, de la Piedra”.
A decir del escritor, estos apellidos crearon un universo imaginario plasmado en las páginas sociales de los diarios. “La ‘clase alta’, la casta de los ricos, era antes que nada un escenario de apellidos, piel blanca y vida social, con una endogamia que repetía el patrón de corte colonial”, resume. A su juicio, la frase de Claudia Dammert equivale a decir que los nuevos pobres “hermosos aún en su miseria, son los custodios del arca de la clase, la elegancia, los modales y el estilo de vida auténticamente refinados, cosmopolitas y sofisticados. La definición perfecta de una delusión”.
Evidentemente, una breve mirada a la hemeroteca más cercana confirma la naturaleza idílica de tal idea. Algunas de las fortunas de antaño tuvieron orígenes “horrorosos”, como el boom cauchero de Arana. “En el Perú no ha habido una casta estable de ricos, constante, en aumento y con visión, como sí las hubo en Argentina, Chile, Colombia y con mayor definición aún, en México, Centroamérica y Cuba”, compara Rafo León. “Se han dado, en cambio, pistoletazos en los que la explotación de un recurso o de una casualidad afortunada, hacía muy rica a una familia o a un grupo de familias por un tiempo, pero luego eso –en la medida en que no estaba anclado en la realidad– se esfumaba. Me refiero al guano, al salitre, a la trata de trabajadores chinos (que, según se sostiene, habría hecho ricos a los Álvarez Calderón y a los Elías) y a la industria de la pesca (Banchero Rossi)”.
En el balance, algo no se puede negar: al menos ahora existe y existirá la movilidad social. (Escribe: Carlos Cabanillas)