Nacional A punta de cortejo de vivaces faldas y elegantes gamonales, arranca el 53° Concurso Nacional de Marinera de Trujillo hasta el 27 de enero.
Alzando Pañuelos
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La Reina de la Marinera 2012, Stephanie Jones (20), en ensayo en el Club Libertad de Trujillo. |
Un impetuoso coro de matracas calentaba el Coliseo Gran Chimú en Trujillo. Ahí, el aplauso no alcanza. Por su lado, el trujillano, inquieto, orgulloso, contestatario, caía rendido a su más profunda tradición: la marinera norteña. En los alrededores de la pista, niños zapateaban al ritmo omnipresente que expulsaban las trompetas y tambores de la Banda de la Trigésima Segunda Brigada de Infantería acantonada en Trujillo, mientras el gel de las bailarinas gobernaba hasta el último pelo revoltoso de la trenza. El 53° Concurso Nacional y 3° Mundial de Marinera de Trujillo había empezado y con ella las eliminatorias nacionales pre infantiles, infantil, junior, juvenil, adulto, senior y master. Lunes 21 de enero, 19. 00 horas.
La historia de la Marinera se remonta a los años 1600, cuando un baile llamado ‘Zambacueca’ viajó del Perú por Sudamérica hasta pisar tierras gauchas y convertirse en ‘Zamba’ argentina. Siguiendo su recorrido, aterrizaría en Chile, en donde sería adoptado como ‘Cueca’, para dar la vuelta de regreso hacia sus orígenes y convertirse en ‘Zamacueca’ en el Perú. Interpretada por bandas del Ejército en pleno conflicto con Chile, fue una bailarina chilena, ‘La Momona’, quien mejor bailaba la Zamacueca y gracias a sus movimientos tradicionales al baile se le llamaría colectivamente ‘Chilena’. Al terminar el Combate de Angamos en 1879, Abelardo Gamarra ‘El Tunante’, compositor, escritor, periodista peruano, a quien el mismo Ciro Alegría calificaría como “escritor del pueblo”, bautizaría el baile como ‘Marinera’ en honor de Miguel Grau y la Marina de Guerra del Perú. Casi cien años después, en 1969, Olga Fernández se convertiría en la primera bailarina sin zapatos en la pista. Porque se le rompió el taco o por raíces mocheras, iniciaba una tradición que persistiría hasta nuestros tiempos: la de cortejar con los pies, también, al suelo que la vio nacer.
(Ailen Pérez)