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Opinión Por: GREGORIO MARTÍNEZ

Bullying

Por obra y gracia de la tonteria globalizada, vía Internet, muchas veces con acento pituco, ahora en el Perú se le llama bullying a la vil matonería. O buling a secas. Así lo repiten la radio, la televisión, los periódicos, y hasta lo proclaman psicólogos, psiquiatras, educadores, incluida la ministra de Educación, como si se pasaran de boca en boca el mismo chicle.

Merece especial mención la matonería que reina en los colegios del Perú casi desde que se fundaron. Al prestigioso psiquiatra Max Silva, cuando era joven y estudiaba en un plantel público, un muchacho matón le rompio un brazo. Esto me trae a la mente que cuando estudiaba en La Cantuta, a los 16 años, los adversarios políticos me cantaban, en cargamontón: mataron al negro bembón/ mataron al negro bembón. Esa guaracha que hace apología de la repudiable matonería. Todavía, años más tarde, alguna gente que se decía marxista, quería convencerme que la intención había sido solo humorística. Ni racismo ni matonería. A otro perro con ese hueso.

¿En qué circunstancia poshistórica se impuso la crasa ignorancia sobre el sentido común y la sensatez? En el Perú, Chile, Nicaragua, y donde se hable castellano, esa vileza de algunos seres se llama simplemente matonería, referida al sustantivo matón. Por supuesto, en Estados Unidos o en Inglaterra se le dice bullying a tal acto nefasto porque bully es matón.

Aun Francis Fukuyama, el teórico norteamericano de “el fin de la Historia”, se sentiría abochornado si escuchara a los intelectuales peruanos, en Lima o en Huancayo, llenándose la boca con el vocablo “buling”. Fukuyama masca bien el castellano. Lo aprendió cuando estuvo en FLACSO, Chile, haciendo un postgrado en ciencias políticas, posiblemente con el peruano Aníbal Quijano que era, entonces, profesor en dicha institución.

Digo castellano, no español. Porque se trata de la lengua de Castilla, no del precepto fascista que impuso, matonescamente, el generalísimo Francisco Franco so pretexto de una España unida, con una lengua uniforme llamada “español”.

En la década de 1950 hubo, en Madrid, una reunión de la Real Academia de la Lengua y de todas sus filiales de América para discutir si el idioma era castellano o español. Un debate científico y democrático en apariencia. Pero la dictadura franquista, valiéndose de los matones del intelecto, ya tenía controlada a la Real Academia, mejor que en los tiempos del inquisidor Tomás de Torquemada.

Solo una voz inocente, la del arequipeño Miguel Ángel Ugarte Chamorro, profesor de la Universidad de San Marcos, argumentó que prefería castellano antes que español porque en el Perú (también atrapado por la matonería de una dictadura) se estaba realizando, en las escuelas, una campaña para “castellanizar” a quienes hablaban quechua u otra lengua nativa y no se podría decir “españolizar”. Su argumento causó risas de simpatía. Se aprobó que a partir de entonces la lengua de Castilla se llamaría “español” en todo el mundo civilizado.

Esa moda de usar bullying en lugar de matonería, y así escurrirse de la realidad, pertenece a la misma estirpe del encanto por decir: “cuídate”, en el momento de una despedida, copiado servilmente de la despedida gringa “take care”.

Como el Markham es un colegio británico, tal vez sea apropiado suponer que Javier Heraud fue ahí víctima de bullying. Pero que lo diga así, buling, el poeta Rodolfo Hinostroza, alguien oriundo de Abajo el Puente y alumno de plantel público, queda chueco. Matonería, poeta, matonería. (Por: Gregorio Martínez)


 


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