Internacional Dos semanas de vacaciones más vivenciales que turísticas en una Cuba que aloja al único presidente de la historia que quizás estando muerto, sigue ejerciendo el poder; que cambia a pasos acelerados, tratando de sacudirse de una dictadura que sin dejar de serlo, nunca perdió su glamour ante mucha gente incluso de derechas. Una crónica por entregas.
Algo se Evapora en Cuba (I)
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Panorama al borde del Malecón de La Habana, oficialmente Avenida Macedo, ocho kilómetros de vista panorámica a la ilusión del otro lado del mar. |
Lima, 25 de enero de 2013
Un año era poca cosa para olvidar la ordalía de asilados que convirtió la residencia del embajador del Perú en La Habana en una poza de humus, solo que en lugar de lombrices, ondulaban los cuerpos de miles de personas de todas las edades, sin comida, sin sanitarios ni agua, a 32 grados de calor y con una respuesta homérica de Fidel a su pedido para que se les dejara salir de la isla: “No, y que le retiren la guardia a la casa esa del Perú”. El entonces embajador peruano, de Habich, enloquecía. En minutos, más guaguas empezaron a llegar repletas de gente a la feúcha mansión de la Quinta Avenida con la 172, la multitud seguía embutiéndose en el espacio imposible de los baños, trasteros y garajes. Los lugares habitables de la casa eran ya pequeños campos de concentración desde cuyos ventanales se veían mecer a la hora en que el viento hamaca a La Habana, las cuatro de la tarde, los flamboyanes de florones rojos, los almendros que parecen tejados de maloca, los granadillos; y las pasifloras comenzaban a dosificar el perfume que emborracha. Adentro de la embajada peruana, en cambio, olía a mierda y nada más que a mierda. Diez mil ochocientas personas juntas lo que más producen es eso, la desesperación huele a mierda. A los pocos días salían miles de cubanos por Mariel hacia Miami, los marielitos.
Había pasado exactamente un año de ese episodio que conmocionó de manera bipolar al mundo, cuando mi vuelo de Cubana de Aviación aterrizaba en el aeropuerto José Martí de La Habana (demasiadas cosas se llaman José Martí en Cuba). Una casualidad burocrática determinó que me fuera a pasar casi dos semanas en la isla de Castro. Gracias a un canje de la línea aérea con la revista Monos y Monadas, de cuyo Comité Divertido yo formaba parte, podía por fin ir a Europa, con Madrid como punto de entrada. Cubana me dejaba en La Habana y al día siguiente debía abordar un gigantesco brontosaurio de acero de la nunca bien ponderada Aeroflot, una línea que desde el counter te mostraba la delicadeza de un ama de casa de Kiev con los sobacos peludos como felpudos de coco. El asunto era que el cambio de vuelo me exigía pasar una noche en la Habana y por tanto, tramitar una visa. Nueve de la mañana, enero en Lima, horror de calor, saquito y corbata y al consulado de Coronel Portillo. El cónsul iba en cambio de guayabera y mucho trabajo no parecía tener, de modo que nos pusimos a conversar, yo le conté que sacaba visa para pasar una sola noche en La Habana, él rio, y a las doce del día yo salía a Portillo cantando a gritos tongo le dio a borondongo, ahíto de mojitos como un tanque de servicentro y un permiso de estadía en Cuba por un máximo de quince días. España podía esperarme, total ya tantos años lo venía haciendo.
Hoy, más de tres décadas después de esa estadía alucinada, llevo menos de veinticuatro horas en La Habana y he querido que Pilar, mi compañera y además, compañera de viaje, conozca antes que nada la Quinta Avenida, el corazón de Miramar en el distrito de Playa y la que, al decir de gente que sabe de lo que habla, fue una de las vías más hermosas del mundo. Cinco kilómetros de extensión en paralelo al malecón, con una amplia berma central en la que aparecen fontanas y torres de reloj y la omnipresencia de los pinos machos, los robles prietos, los ocujes y otra vez los flamboyanes rojos. Construida entre 1921 y 1924, siguiendo las pautas del arquitecto norteamericano George Duncan, esta avenida maravillosa significaba la primera gran modernización de La Habana, nuestra avenida Arequipa, nuestra Javier Prado, el espacio que irían a ocupar los multimillonarios cubanos que ya no soportaban vivir en los vetustos palacetes neoclásicos y art nouveau de La Habana Vieja.
Con la revolución, la mayoría de mansiones fueron adjudicadas a embajadas y hay que ver lo que son las sedes diplomáticas, por ejemplo, de Ghana, de San Marino o de Angola; ya las quisiera Italia en el mismo París. Caminando delante de estas legaciones, se puede competir por descubrir a qué país corresponde cada bandera, pues son tan poco conocidas en el mundo que por momentos uno se llega a sentir en un juego de mesa. Hoy en el extremo norte de la Quinta, justo cuando el malecón se pierde entre gramadales que no han sido domesticados para urbanizar, se elevan unos hotelones estilo Miami, el Miramar o el Meliá, torpes y pretenciosos como gringas ricas alcoholizadas, pero con mucho de chafalonía, porque si te detienes a ver los acabados, encontrarás chapas rotas, puertas que no encajan, vidrios chuecos, jabón con pendejo en el baño. Son caros y no lo valen más que por la ubicación y su proximidad con El Aljibe, un restaurante de postín donde aceptan Visa y te puedes comer con tu acompañante una langosta enchilada cada uno y una botella de cava española todo por setenta CUC, más o menos setenta dólares o unos cincuenta euros. Dicho sea de paso, en lugares como estos es cuando te das cuenta de que la capacitación para la atención turística en Cuba, o es escasa o es sui géneris. Pide una lata de cerveza en un bar o restaurante, y te traerán la Cristal en bandeja y con vaso al lado para que la sirvas.
En el número 6402 de la Quinta Avenida, entre villas italianas, espléndidas mansiones Bauhaus, pastiches renacentistas o simplemente palacios de sueño rodeados de bosquecillos, ahí mismo se levanta lo que los cubanos llaman corrientemente “el misil ruso”. Construida en el mejor momento de las relaciones entre Castro y la Unión Soviética, la sede de la embajada rusa triplica en altura al más elevado de los palacios normandos de la avenida, está toda hecha en estilo más brutalista aún que nuestro local de Petroperú, pero lo que más llama la atención (e indigna) es que tiene la inmensa forma de un misil clavado sobre territorio cubano, como diciendo, nunca te dejaré libre. Y si te acercas al portón de ingreso, verás que casi no hay seguridad, que el trópico se ha comido buena parte del tejadillo de madera que lo protegía y que las telarañas parecen haberse hecho cargo de lo que fuera el local más importante de la isla, hasta que en el mundo se cayeron todos los muros, menos los del misil. Desde la ventana de la mejor suite del Hotel Miramar, tienes al supositorio ese de concreto entre tus ojos y el malecón, la rigidez del mamotreto contra un mar tan libre como la riviera, que le permite, cuando está agitado, explosionar contra la barrera de esta y empapar de espuma a los caminantes que andan por la lejanísima vereda del frente, y que por eso cargan paraguas.
En el año 1981, el ingreso de turistas a la isla estaba muy restringido y tenía como única finalidad la de sacarle a los pobres viajeros hasta el último dólar. Estabas por ello obligado a hospedarte en La Habana en alguno de los dos hoteles de la época de la Cuba, cubita, cubera, levantados con plata de la mafia de Lucky Luciano: el Habana Libre y el Riviera. Quinientos dólares la noche, y las comidas, por ahí. No era ni mi intención ni mi caso seguir semejante norma, de modo que a través de un paisano que se había tratado un mal del oído en la isla, conseguí que unos patas suyos me alojaran, para lo cual tuve que hacer un trámite ante el Minrex (Relaciones Exteriores) que a todo me decía que no. Hasta que un día me dijeron que sí y me quedé en un sucucho del Vedado con mis amigos nuevos, el Joaquín y la Isabel, antropólogos ambos, muy jóvenes, demasiado aficionados al ron y, sobre todo, unos absolutos haraganes. Ella conducía un programa de radio sobre danzas nativas que le tomaba una tarde a la semana y él colaboraba con una revista sobre culturas nativas que no le tomaba la verdad ningún tiempo. A cambio de ello tenían, gratis, el sucucho de tres piezas, un sueldo (tan miserable como inmerecido), atención gratuita en salud preventiva y curativa, y una libreta de racionamiento que incluía arroz, frijoles, cebollas, huevos, azúcar, sal, pasta de dientes, jabón y un champú ruso que te dejaba el pelo como la cola de un gato enfrentado a un pitbull.
Esta vez que fui con Pilar, ahorita entre diciembre y enero, felizmente no tuve que elegir entre el Riviera o el sucucho de antropólogos del Vedado, sino que dispuse para elegir entre una miríada de hospedajes habilitados en casas particulares, un sistema que tiene algunos años de vigencia y que resulta absolutamente excelente porque te da cuarto con baño, aire acondicionado, refrigerador y desayuno (de los buenos), por treinta CUC diarios (menos del sueldo de un cubano al mes). Vives dentro de la casa de la familia, casi como un pensionista, lo que te abre la opción de tener conversaciones desopilantes, hablar de política a gritos, hacer contactos para asistir a ceremonias de santería o, simplemente, cagarte de risa mientras tomas el fresco de la tarde, gracias a ese humor habanero, ríspido y dialéctico, que no perdona porque con él es que los cubanos se han venido defendiendo de algo que está por esfumarse y que nadie sabe bien en que consiste. Mientras tanto, Hugo Chávez (¿agoniza? ¿Ya está muerto? ¿Se recupera? ¿Flota dentro de un coma profundo a 32º de temperatura?) yace desplomado en un búnker médico militar, pero a nadie parece importarle. A nosotros tampoco. (Escribe: Rafo León) (Continúa).