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Justicia Desde Santa Mónica, donde purga 30 años de cárcel por el homicidio de su madre Myriam Fefer, Eva Bracamonte está escribiendo un diario a través de misivas dirigidas a una amiga. CARETAS logró la autorización para publicarlo por entregas.

Las Cartas de Eva (I)

3 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Antes de ser condenada, Eva fue atendida en varias oportunidades por cuadros de ansiedad.

La pequeña celda de Eva Bracamonte Fefer, 25, del pabellón B del penal de máxima seguridad de Santa Mónica en Chorrillos, está invadida por cartas de personas que le expresan su apoyo. La avalancha se inició luego que fuera sentenciada a 30 años de prisión el 15 de octubre pasado. Desde entonces, una pregunta se repite en las mismas: “¿Cómo estás?”.

Eva finalmente decidió contestar la pregunta mediante esta carta dirigida a una cercana amiga.

CARETAS accedió a esta misiva.

El texto describe crudamente la depresión por la que está atravesando la joven y la frustración que siente al considerarse injustamente encarcelada.

Esta situación no es reciente. Antes de ser condenada, Eva había sido atendida en varias oportunidades por presentar cuadros de ansiedad e incluso, como se recuerda, tuvo un ataque el primer día de la lectura de sentencia. En los últimos meses un psicólogo la atiende regularmente.

Además, realiza intrigantes dibujos donde también se deja traslucir el estado depresivo en el que se encuentra.

Mientras, la batalla legal de Bracamonte no cesa. El 14 de enero pasado el fiscal supremo Pedro Chávarry, pidió la confirmación de la condena de 30 años y solicitó que se someta a Liliana Castro Mannarelli a un nuevo juicio. Actualmente el expediente se encuentra en la Sala Penal Permanente de la Corte Suprema presidida por Javier Villa Stein. (P.C).


El Aura de la Condena

Escribe: EVA BRACAMONTE FEFER

Todos quieren saber cómo estoy, pero no se imaginan lo dolorosa que puede ser la respuesta. Es muy difícil ponerme a escribir sobre mí. Vivo intentando abrir las puertas y ventanas de mí misma lo menos posible, porque tengo miedo de lo que pueda encontrar dentro.

Ponerme a pensar en cómo estoy en este momento es como agarrar un bisturí y hacerme el primer corte desde la condena. Siento que tengo que hacerlo con cuidado, despacito y por momentos cerrando los ojos, por si acaso.

Tengo mucho miedo de mi vida, de esta avalancha de injusticias en la que se ha convertido mi vida hace mucho y hace poco. Creo que aún no estoy lista para aceptar que se acabó, que me acabé incluso antes de comenzar, así que intento, torpemente, no ser consciente y vivir el día a día. De todas formas hay cosas que no puedo evitar…

Cómo estoy…

Ver cómo me voy apangando día a día, cómo se me van muriendo algunas cositas, cómo voy desapareciendo de a poquitos es algo muy raro: una mezcla de confusión, mucha pena, desesperación y una impotencia mortal. Y por otro lado, una mezcla contradictoria entre desesperanza y resignación con un par de átomos de mí misma que no quieren ni pueden aceptar que mi existencia se limita a este encierro y lo que lo rodea.

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Este dibujo es uno de los varios que Eva Bracamonte realiza en prisión. La influencia de la poetisa argentina de origen ruso, Alejandra Pizarnik, no solo se observa en los trazos (ver El Árbol de Diana, 1962) sino en la inclusión de uno de los versos del poema El Despertar, del poemario Las Aventuras Perdidas de 1958. Cabe resaltar que Pizarnik tuvo un trágico final en 1972 cuando, a los 36 años, se suicidó al ingerir 50 pastillas del barbitúrico Seconal. Atravesaba por una severa depresión.

Hoy reconozco en mí misma esa aura como adormecida que antes solo veía en el resto de personas condenadas aquí, el aura de la condena: los ojos colgados en el tiempo detenido, los ojos convertidos en abismos, en ventanas al vacío… el cuerpo como si se hubiera secado, como reducido a una maquinita que hace lo que hay que hacer.

Cuando condenan a una persona, ¿qué es realmente lo que están condenando? ¿Y qué significa eso? Lo que se condena, creo yo, es su vida (y es aquí donde esos dos átomos que he mencionado gritan YO NO HE HECHO NADA PARA QUE CONDENEN MI VIDA).

La condena es otro tipo de pena de muerte, es una muerte interna. Vivir sin ilusión por la vida es una forma muy “diferente” de vivir. Es sobrevivir, es esperar, pero sin esperar nada en realidad.

Cada vida condenada es diferente, claro, y en este sentido cuanto menos lucidez, mejor. Para alguien como yo, con un punto de introspección, otro de lucidez y mucho de consciencia sobre mí misma, no hay posibilidad de escape. Soy demasiado consciente de lo que me pasa y lo estoy viviendo gota a gota, saboreando perfectamente todo lo amargo de este infierno que se supone que es mi vida.

A veces me pregunto si cuando salga, en el momento que sea, voy a recuperar eso que estoy perdiendo, si eso que se me está apagando volverá a iluminarse… la verdad es que no tengo idea, pero a veces me preocupa pensar que no, que ya nunca voy a volver a ser una persona en la que pueda habitar la luz de la vida. Sé que si permanezco aquí con los años voy a ir desapareciendo, me voy a convertir en un molde vacío. Cada vez me gusto menos, cada vez el vacío ocupa más de mí.

Dentro de unos años ya no valdrá la pena que salga, dentro de unos años ya no voy a servir, voy a ser obsoleta, dentro de unos años mi libertad va a ser irrecuperable, porque mi encierro no se va a limitar a estar en la cárcel. Me preguntan cómo estoy… y yo creo que mi problema es también que ni siquiera tengo una imagen nítida de mí misma a la que aferrarme, porque nunca llegué a descubrir quién soy.

Lo último que recuerdo de mí antes de todo esto es a una niña: el cole, un año de universidad, seis meses en Israel y fin… y eso no es “aferrable”. Entonces, en un sentido muy íntimo, siento que me he pasado casi siete años flotando hacia donde sopla el viento sin saber quién soy. Hace casi siete años que estoy esperando existir, pero supongo que la vida no quiere.

Entonces, cómo estoy… estoy sumergida en una espera eterna e injusta, “haciendo cola” para existir y cruzando los dedos para que cuando esto suceda todavía quede en mi algo que valga la pena… así estoy.


 


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