Internacional Sin prejuicios a favor o en contra. El periodista Rafo León recoge sus impresiones en torno a la educación y la salud en Cuba.
Algo se Evapora en Cuba (II)
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“Magalys era una especie de reina del danzón descendiente de Cleopatra…le rogaban de rodillas, si no pasar una noche con ella, al menos unirse en matrimonio”. |
Dos sólidos garfios enganchan la fe en la revolución cubana entre mucha gente latinoamericana metida en la izquierda o próxima a esta. Son los logros en educación y en salud que se comenzaron a trabajar como temas de prioridad desde que Castro toma el poder, y por fuerte presión del Che.
Dos viajeros desconcertados, con escasos prejuicios a favor o en contra de lo que pasa en la isla, vimos algo de eso.Lima, 30 de enero de 2013
Incluyéndome como entrevistado, cada vez que en Lima se le pide opinión a algún personaje cercano a la izquierda sobre la dictadura cubana, la respuesta sale como un misil blindado: “podrás objetarle al régimen de Castro lo que quieras pero en Cuba no hay analfabetismo, la educación primaria, secundaria y superior es gratuita y de alta calidad, y hasta el más pobre tiene asegurada su salud, tanto en prevención como en tratamiento, desde que nace hasta que muere”. En los papeles es así, ciertamente, pero en los hechos –que en Cuba suelen a veces confundirse con desplazamientos oníricos entre lo deseable y lo detestable– yo empecé a hacerle raíz cuadrada al asunto desde que inicié mis diálogos con los taxistas, con la chica que atiende la caja en la cafetería Dulcinea, con mis caseras, con los compañeros de codo en cualquier bar del Vedado, con el primero que te mete letra (y que si te provoca seguir la conversación, no habrás de tener miedo. En Cuba sencillamente no te asaltan, a lo más te acosan para llevarte al paladar de algún amigo y así ganarse alguito, pero robos, atracos a mano armada o secuestros, son cosas que recién van a llegar con la transición, por ahora todo está a la espera).
Muy bien, ¿qué es educación? No hay analfabetismo en Cuba, seguro que no lo hay. Los índices de lectoría puede que se encuentren entre los más altos de América. Compré en una librería callejera de Cienfuegos dos libros de Piñera, además de un estudio etnográfico sobre el vudú cubano y otro –excelente– sobre la historia de la mafia de Lucky Luciano en La Habana, y no pagué más de siete dólares por todo. El tenderete de libros levantado en el boulevard de la ciudad más afrancesada del Caribe, reventaba de cubanos que se llevaban un libro, dos, más, de segunda mano, baratísimos. Sin embargo, esas definiciones factuales y a la vista sobre lo que son la educación y la cultura se han quedado en la época en la que Casa de las Américas señalaba el camino correcto para los intelectuales y creadores. La ignorancia sobre el resto del mundo entre los cubanos es desoladora, y lo es más en aspectos de política que para nosotros son principios asumidos pero que para ellos comienzan con la discusión sobre qué diablos es la democracia. Un taxista bonachón y barrigudo, que como todo habanero hablaba a gritos, no podía aceptar moralmente que en los países democráticos los partidos políticos reciban financiamiento de grupos de interés o de empresas, menos aún que esta mecánica estuviera en ciertos casos legalizada al punto de establecer porcentajes y rendiciones de cuentas. “¿Para eso te sirve tu democracia, para que termines eligiendo al que te va a explotar?” Y se mandó luego una parrafada eterna –con fondo de Calle 13 en su radio a volumen mercurial– acerca del sistema de elecciones en Cuba, que –si entendí bien– empieza en los Comités de Defensa de la Revolución de la manzana de tu casa y va ascendiendo mediante ejércitos de funcionarios, hasta un gobierno central que “como debe ser”, maneja todo en el país, “si no se te arma tremendo lío”. Luego de que el motor de su invencible Lada negro tosiera como un tísico terminal, el taxista sentenció: “acá en Cuba solo necesitas ron y música para estar bien”.
Educación e ideología van demasiado de la mano en Cuba, incluso ahora que muchos maestros no tienen empacho en declararse opositores al régimen, aunque hay que decirlo, motivados por la miseria que ganan. Saber las cuatro operaciones, poder leer y escribir y llevar en el disco duro del cerebro la mitad de la inagotable producción de poemas de Martí, no sé si diseñe una idea que encaje con los conceptos ni ortodoxos ni modernos sobre la educación. Categorías del mundo actual como el lobby regulado o la existencia de instrumentos para hacer más dinámica la justicia, como el recurso de la colaboración eficaz, no tienen cabida en un sistema mental en el que el Estado lo es todo y donde la justicia aún cuenta con un instrumento más rápido y operativo que las colaboraciones. El paredón.
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Volante del Nacional, donde Puzzo imaginó a Corleone. |
Ni al más dogmático de los marxistas leninistas hegelianos se le habría pasado por la cabeza la existencia real de la dialéctica como la que se vive en cada poro de la piel cada segundo de tu estadía en Cuba. Amas y odias a través de un tercer sentimiento que es como un sabor que no estuviera catalogado entre los conocidos. Mi casera en La Habana, Magalys, me da el ejemplo perfecto para lo que quiero expresar. Guapa base cinco, mestiza más blanca que mulata, vestida día y noche con una bata de gasa transparente color melón que le hacía juego a la ropa interior y que dejaba un frou frou enloquecedor en su caminar, Magalys había heredado de su familia una casa bastante aparatosa de los años cuarenta, de dos pisos y cochera, en una buena zona del Vedado. Su calle es paralela al malecón en su mejor momento: cuando el Hotel Nacional se eleva en su peculiar estilo art deco, el hotel donde Mario Puzzo ubica la convención de mafiosos en El Padrino. Con la revolución a Magalys le invadieron el segundo piso de su casa y ella, soltera, se quedó abajo con su madre viuda, su hermano esquizofrénico, la esposa de este y el hijo adolescente, un muchacho bello como un sol, que no hacía otra cosa que ver películas porno (piratas) encerrado en su cuarto con el aire acondicionado en categoría Antártica.
Magalys se había acogido al programa de Casas Hospedaje para turistas, para lo cual ambientó dos habitaciones en el hermoso jardincito del fondo de la residencia, de modo que además del cuarto, el turista tenía derecho a usar la terraza y una kitchenette con licuadora y menaje completo. La sala de la casa de Magalys, asfixiante por la cantidad de objetos decimonónicos que guarda y unos cortinajes negros que parecen sacados del mundo de Jean Eyre, tiene las paredes enteramente cubiertas con fotografías, afiches de anuncio, retratos al lápiz y programas de concierto, que registran el pasado de Lola La Mexicana, nombre artístico de la madre de Magalys. Una mañana me levanté a hacerme mi café en el jardincito cuando me encuentro con un verdadero fantasma. De facciones parecidas a las de Alicia Alonso con la expresión de haberse caído de poto en pleno pas de deux del Lago de los Cisnes, lo que quedaba de Lola La Mexicana, la gran intérprete de rancheras de la época prerrevolucionaria, regaba con balde cada una de las plantas y sin saludarme, conversaba amargamente con unas especies de golondrinas que tenía embutidas en una jaulita.
Magalys era una especie de reina del danzón descendiente de Cleopatra, que se encerraba en su habitación estragada por fiebres imaginarias y que de cuando en cuando salía a conversarnos, o mejor, a contarnos un pasado preñado de actores de Hollywood, millonarios norteamericanos y hasta un embajador peruano –“se llamaba Ramiro, el apellido no lo recuerdo”– que le rogaban de rodillas, si no pasar una noche con ella, al menos unirse en matrimonio. Una mujer que por más que obvias relaciones e influencias había podido conservar al menos la mitad del caserón, en una ciudad en la que familias enteras se hacinan en conventillos infernales entresacados a los palacetes del centro de la capital. Por eso fue que en Magalys, quien jamás hablaba de política y solo de hombres, desde el primer momento en que la vi, leí el remanente arribista y colonizado de eso que los barbudos de la Sierra Maestra calificaban como “el burdel de los gringos”, La Habana en la que el mulato Conde de Lagunillas y la Marquesa de Pinar del Río tenían sus palcos junto con Robert Mitchum y Ava Gardner en los espectáculos pornográficos que se montaban en selectos teatrines de terciopelo rojo y cortinajes levadizos.
¿Qué pito toca Magalys, mujer de champagne y trufas, en un país donde no hay manera de hacerte de algún pequeño lujo, salvo a través del jineteo, una actividad para la cual la reina del danzón ya está más que jubilada? Simplemente vive, chismea, recuerda lo que no existió y aturde a sus huéspedes –con una impertinencia de no creerlo– con historias que en el fondo, conforman la historia oficial de Cuba. Personaje muy distinto a Magalys resultó siendo la hermosa Rebeca asomada a su balcón estilo imperio, mirando el Paseo del Prado de Cienfuegos a la hora en la que la maravillosa bahía empieza a soltar los miasmas de los desagües de gran parte de la ciudad. (Continúa) (Escribe: Rafo León)