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Justicia Segunda entrega del diario de Eva Bracamonte Fefer enviado desde la prisión de Santa Mónica.

Las Cartas de Eva (II)

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Bracamonte y su madre en tiempos felices. “Mi mamá era mi mejor parte”.

Eva Bracamonte Fefer ha encontrado en la escritura una forma de expresar lo que tanto tiempo calló. La primera entrega de su diario, publicada en CARETAS 2268, ha sido difundida por la página de Facebook Grupo de Apoyo a Eva Bracamonte Fefer, que lleva ya 3.955 seguidores.
En esta segunda entrega, la joven busca responder ¿quién es ella en realidad? La respuesta, la lleva a desmitificar la imagen de joven fría e indiferente que se creó luego del asesinato de su madre en el 2006.
“Si yo fuera la mitad de las cosas que han dicho que soy, no debería estar en la cárcel sino en un manicomio y que esa Eva fría, capaz de hablar con un asesino, de planear un crimen con él y de abrirle la puerta para que mate a su madre que los medios han creado durante tanto tiempo (…) en verdad no existe”. (P.C)

A veces me dan arranques así: ¡“quiero saber quién soy”! Porque alguien debo ser… ¿no? Intento pensar en todo lo que he hecho por mi vida, y me quedo estancada un año después del cole.

Luego me esfuerzo un poco más y digo “bueno, se supone que la vida de las personas son consecuencia de sus acciones y por lo tanto de quiénes son”
Pero otra vez NO. En mi caso no es así. Yo no maté a mi mamá y la única responsabilidad que podría tener en todo esto es justamente la irresponsabilidad de la inacción, y me la perdono porque es uno de los primeros vacíos que me dejó la muerte de mi madre: inacción, no tiempo, no espacio, nada.

Al rato decido que, digámosle así, mi “coyuntura” no me permite buscar respuestas sobre mí dentro de mí. Entonces me siento tentada a cometer la locura de buscar afuera… y digo locura por el riesgo que conlleva voltear a mirar, con ojos atentos, la tonelada de cosas que se han dicho de mí, las miles de cosas que se supone que soy.

Por ejemplo, por la falta que cometí en la universidad (sacar unos carteles publicitarios), de pronto para todos era una persona capaz de todo. Evidentemente reconozco que fue un gran error, pero sé que más intenciones fueron reclamar unas elecciones universitarias mucho más serias y no dañar a nadie.

Hoy sé que debí buscar otra forma, pero eso no me convierte en una delincuente, ni en alguien que disfrute quebrantando las reglas, ni mucho menos en alguien capaz de matar.

En otra oportunidad, hace tiempo, salió un reportaje en el que se dejó entrever una imagen mía de “pituca” y “emo” o “chica rara”. El motivo fueron dos pedacitos de canciones que había escrito en mi pared. Lo que apareció fue esto: “lost souls” (nota de redacción: la traducción es “almas perdidas”) en la pared al frente de mi cama y “such a pretty garden” (nota de redacción: en castellano es “un bonito jardín”) al lado de la mampara que da al jardín.

Lo que en realidad decía, pero la cámara no avisó a mostrar era “we’re just two soul swimming in a fish bowl” (traducción: somos solo dos almas perdidas nadando en una pecera), que es parte de una canción de Pink Floyd que me hace recordar a mi mamá y “such a pretty house and such a pretty garden” (traducción: una bonita casa y un bonito jardín), parte de una canción de Radiohead que más bien trata de la importancia que hoy en día le damos a lo material y de cómo dejamos lo demás de lado, en fin.

Mi primera reacción cuando me topo con este tipo de cosas es de desconcierto. Si tuviera muy claro de qué estoy hecha, mi reacción sería otra, seguramente más plantada o firme (y entonces esa capacidad de defensa que todos han esperado ver en mí hace tiempo hubiese estado presente) pero mi inseguridad en quién soy y mi poco –casi nulo– amor propio (y ni hablar de orgullo), han optado por más bien hacerme sentir confundida y, como dije, desconcertada.

Dibujo de Bracamonte que bien podría tratarse de autorretrato introspectivo: una muñeca vudú, con alfileres y manchas como heridas.

Empiezo pensando “ay, de repente sí soy, como dicen, superficial o mala persona”, pero luego le doy más vueltas y pienso “pero qué raro, ¡yo no siento que soy así”!, y sigo mirando hasta que me encuentro diciendo “no hay forma de que yo sea así, es más, soy todo lo contrario”.

Por ejemplo, ¿desertora? Pero si yo no volví al ejército –de Israel– fue porque ¡no podía dejar a Ariel solo después del asesinato de mi mamá! O si fui al famoso carnaval de Barranco en el 2009, después de que salió la noticia de la “suegra de un colombiano” no fue porque me diera igual o porque no quisiera afrontar algo, sino porque yo sabía que eso era totalmente falso y a mis 20 años, sin ningún adulto al lado, ni siquiera se me ocurrió que el hecho de ir al carnaval después de eso podía generar desconfianza en la gente.

Lo primero es conocer al propio ejército, saber con qué se cuenta, cuáles son las fortalezas y cuáles las debilidades y los miedos, para así saber cómo vamos a afrontar al enemigo.

En mi caso, nunca nada de eso ha estado claro, y sin mi mamá siento que no tengo ningún ejército que me ayude a combatir nada. Me quedé sin sistema inmunológico. Mientras todos se preguntaban por qué yo no respondía, no me defendía, no afrontaba, yo estaba sumergida en la inacción, sin tiempo, sin espacio, sin fuerzas, sin nada.

Lo único presente era la ausencia de mi mamá. Ahora sé que aunque no conozcas a tu “ejército” o incluso si por cosas de la vida no tienes uno, tienes que salir al frente igual.

No solo no soy una asesina, sino que la vida me parece sagrada, cualquier tipo de vida. No puedo ser indiferente al dolor de los demás y muchísimo menos podría asesinar, jamás.

Segundo, no sólo no odiaba a mi madre, sino que la amaba como uno ama a su parte más linda. Mi mamá era mi mejor parte.

Tercero, no solo no soy codiciosa ni me interesa mucho el dinero, sino que a los 18 años decidí irme a vivir a un país socialista (…) No me molesta dormir en un colchón en el piso de un cuarto de 2 x 2 (es más, mi cuarto en Israel era del mismo tamaño que mi celda aquí, y lo elegí yo).

Me da vergüenza y sé que esa Eva fue un ingrediente fundamental de todo lo que me ha pasado después.

Ahora, una persona puede ser una imbécil, pero no por eso tiene que ir a la cárcel, pero también me pregunto cuánto más hubiera podido pedirle a la chica de 18, 19 ó 20 años, absolutamente sola que era en ese momento, en que también era el blanco de los ataques de mi propio hermano y luego, de todo el mundo.
Hoy sé que ya no soy esa Eva. No tengo 18, 19 ni 20, ni estoy sola, tengo a mi papá, pero a la vez tengo todo para sentirme derrotada, para sentir que se acabó, que perdí.

Si yo fuera la mitad de las cosas que han dicho que soy, no debería estar en la cárcel sino en un manicomio y que esa Eva fría, capaz de hablar con un asesino, de planear un crimen con él y de abrirle la puerta para que mate a su madre que los medios han creado durante tanto tiempo para complacer al público y mi hermano por otros motivos, en verdad no existe, porque yo no tengo nada que ver con ella, ni ahora ni antes.

Después de un rato me canso de pensar en esto de quién soy, y solo le pido a la vida que me deje averiguarlo pronto. Al finalcito me viene a la cabeza una pregunta suelta: ¿a cuántos años suele nacer la gente? ¿Estaré muy tarde? (Escribe: Eva Bracamonte Fefer)


 


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