sábado 16 de febrero de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2269

07/Feb/2013
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre NarcotráficoVER
Acceso libre JusticiaVER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre Siglo XX!VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Fe de ErratasVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Acceso libre Alfredo BarnecheaVER
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2270
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión Por GREGORIO MARTÍNEZ

Veguita: Urban Adviser

Jorge Vega, más conocido en diversos ambientes de Lima como Veguita, murió días atrás. En el momento la noticia me alcanzó en Washington DC desde la Ciudad de los Reyes y aún desde Europa. La última vez que vi a Veguita fue en un chifa del jirón Camaná, en esa cuadra cortita entre Colmena y Quilca. Dicho chifa carecía de reputación, pasaba inadvertido para cada quien, pero Jorge Vega nos aseguró, a Mario Campos y a mí, que allí preparaban el mejor lung fung chanfa del mundo cantonés. Tenía razón.

Pocos sabían en Lima, incluidos los clientes a quienes abastecía de bibliografía, que Jorge Vega había empezado como reportero en el diario Última Hora, jovencito, al lado de otros jóvenes como Guillermo Thorndike, Carlos Meneses, Humberto el Chivo Castillo, Paco Landa, Alejandro Sakuda, todo bajo la batuta del también joven y prodigioso Raúl Villarán, más la asesoría y vigilancia desde La Prensa de Alfonso Grados Bertorini.

  Última Hora era calco y copia del escandaloso tabloide New York Post, una vieja idea que le había cuajado a Pedro Beltrán a su paso por Estados Unidos, todavía antes de acceder a La Prensa, cuando regresaba al Perú desde Inglaterra con la aureola de graduado en London School of Economics.

  Desde entonces a Jorge Vega le quedó ese apego al periodismo, cuyas salas de redacción visitaba cada noche antes de recalar, tarde, en la Nanette, en la avenida Colonial, o en otros lugares de perdición y de amor venal donde el era el Rey, así como lo pregonaban el bolero ranchera de José Alfredo Jiménez y un cuento afortunado de Alfredo Bryce Echenique.

Al final, Jorge Vega era más de palique y de conversación, con el dato preciso ante cualquier pregunta sobre el acontecer en Lima, que persona dispuesta a sentarse con disciplina y virtuosismo para redactar una crónica. En este caso, aun Enrique Congrains desertó y no pasó la prueba para quedarse en ese círculo que más tarde fue denominado “la escuelita de Pedro Beltrán”, conglomerado en el cual támbien hubo, por lo bajo, una feroz contienda entre lorchos y pitucos. Los Paco Landa, los Alfonso Reyes, frente a los Mujica, los Recavarren, los Rizo Patrón.

Fue en el ambiente de La Prensa y del diario Última Hora donde Jorge Vega aprendió a tomarle el pulso a la urbe de Lima. Casi sin darse cuenta se convirtió en la obligada piedra de toque cuando alguien requería un dato, un indicio del acontecer urbano. Recuerdo que a Abelardo Oquendo le abrieron la maletera del coche y le robaron un paquete con los primeros ejemplares de mi novela Canto de sirena, mientras él dejaba una parte en la Librería Studium. En la noche le comentamos el asunto a Veguita. Nos dijo que acababa de ver ese libro en un puesto callejero cerca de la Plaza San Martín. Fuimos con Abelardo Oquendo y, efectivamente, ahí estaba el cuerpo del delito.

Certero, Jorge Vega advirtió que las personas representativas de cada actividad intelectual, en las ciencias o en las humanidades, en el arte o en la política, requerían de fuentes y de repertorios bibliográficos. Poco a poco devino un runner solitario, un corredor de libros, un incansable husmeador bibliómano. Pero para los incautos Veguita era simplemente el eterno sobaco ilustrado, ubicuo en las calles de Lima, en verano y en invierno siempre con sus camisetas descoloridas.

  Verlo a Veguita en sus bares favoritos, especialmente en los de mala fama, en la Nanette por ejemplo, constituía todo un espectáculo. Apenas llegaba lo rodeaban las odaliscas más deseadas, aunque él no les ofreciera nada. Después de las primeras cervezas se soltaba a bailar con la vehemencia de un Zorba el Griego. Otro hombre, pero a la vez el mismo, era el Jorge Vega que se entrevistaba con el Dr. Jorge Puccinelli, en el Instituto Raúl Porras, para informarle, sin alarde alguno, que ya casi estaba en el camino para encontrar un ejemplar de la edición príncipe de Fuentes históricas peruanas.

Siempre sospeché que Jorge Vega había encontrado, quizás en Tacora, el ejemplar de la novela Ulises de James Joyce, la primera edición de 1922, la que se imprimió en Dijon, en la imprenta de Maurice Darantiere, y que alguien le envió desde Francia a José María Eguren. Estuardo Núñez, en compañía de su condiscípulo Martín Adán, vio el ejemplar en manos de Eguren cuando lo visitaron en el verano de 1926. Ese ejemplar de Ulises está valorado hoy en cinco millones de dólares. (Por: Gregorio Martínez)


Búsqueda | Mensaje | Revista