Internacional Última entrega acerca de varios viajes a Cuba, cada uno descubriendo una isla diferente para el autor. Esta vez toca la despedida, con escala en la Operación Pedro Pan.
Algo se Evapora en Cuba (III)
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La generación Peter Pan. Supuestamente serían los indicados de liderar la vuelta a la normalidad en la isla. |
Lima, 6 de febrero de 2013
Rebeca es una fruta de verano, el aire fresco de una madrugada incandescente, tiene la piel muy clara y el pelo, lacio hasta los hombros, brilla de negro, negrísimo, en Rebeca se mueven Asturias, Porto, Mozambique y La Española. Como casera, más discreta no puede ser, su atención es perfecta, su casa también, sus huevos fritos, de revista. En el segundo piso tiene un balcón desde el que uno se devora la enorme bahía de Cienfuegos, esta ciudad creada por los franceses expulsados de Haití cuando la revuelta de los esclavos negros liderada por Toussaint, deriva en la primera emancipación americana: 1804. Los franceses indianos, riquísimos, tuvieron que zafar de la república de Haití, pero no querían perder ni sus privilegios ni sus palacios frente al Caribe. Francia, de esta manera, negocia con España –aún la dueña de Cuba– la cesión de un territorio para sí, en el que la France se instala con sus bulevares, su sofisticado teatro Terry, su Paseo del Prado, su Club Náutico, sus hoteles a la manera de Antibes y el alucinado Palacio de Valle, que remeda una mezquita marroquí, inventado por un gallego multimillonario, hoy un restaurante en cuya terraza puedes bailar Todo me gusta de ti con los juncales al pie y el mar añil extendiéndose sin fin.
Rebeca está casada con un médico que hace servicio por unos meses en una isla cercana a Jamaica. Lo extraña a todas luces porque cuando ella pasa junto a ti sientes que despide un olor a promesa por cumplir. Una tarde Pilar y yo la invitamos a sentarse con nosotros a tomar el café de la hora azul, cuando todavía no es de noche y el día no ha terminado de irse. No recuerdo cómo termino preguntándole por la Operación Peter Pan. No sé si porque las conductoras del programa gubernamental de Casas Hospedaje están vetadas de hablar de política con sus huéspedes, Rebeca solo sonríe, se levanta y vuelve con un voluminoso tomo en sus manos. Me lo da, retira las tazas de café y regresa en silencio a su computadora para continuar chateando con el esposo lo que, imagino, son diálogos pedidos para una novela de género sicalíptico. Es que Rebeca, como toda cubana y cubano – y valga la generalización– transmite una sensación de pertenencia de su cuerpo que los hace únicos. Es un tumbao cuyo mensaje es, esta soy yo, este es mi cuerpo, nadie se atreve a violar los límites de mi aldea, me gusto. Mujeres y hombres. ¿Será que desde niños juegan en las calles, semidesnudos, y nadie se mete con ellos? ¿O la gran actividad deportiva que desarrollan en la escuela? ¿O el simple hecho de no cargar sobre las espaldas, ninguna de las responsabilidades que comporta ser dueño de tu destino? ¿La belleza natural del sometimiento?
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“La impecable imperfección norteamericana fue haciendo languidecer la Operación Peter Pan. Muchos miles de niños quedaron abandonados en campamentos que eran casi campos de concentración”. |
Leo. Apenas toma Fidel el poder en Cuba, en 1960, el gobierno de los Estados Unidos crea dos emisoras, La voz de las Américas, que emitía desde Miami, y otra que salía de la diminuta isla caribeña de Swan, cuyas ondas transmitían a Cuba, las 24 horas del día, alertas a los padres sobre el riesgo que corrían sus hijos en caso de quedarse en ese lugar ya maldito. El Estado comunista se apoderaría de ellos para hacerlos soldados rusos, y a los que no calificaban, los meterían en unas máquinas moledoras de carne para ser devueltos a su país de origen convertidos en alimentos para sus parientes. El gobierno gringo, un sector de las iglesias cubana y norteamericana, y los gusanos ricos que ya se hallaban exiliados en Florida, emprendieron entonces una maniobra extraordinariamente pensada y ejecutada, a la que se llamó Operación Peter Pan (o Pedro Pan, para los cubanos). Esta consistía en, una vez que los padres –sobre todo los de familias acomodadas– ya estaban en pánico, facilitar la salida de sus hijos entre seis y dieciséis años hacia USA, donde se les formaría como la generación que en un tiempo habría de liderar la vuelta a la normalidad en la isla. Un monseñor gringo muy reputado, Bryan Walsh, se ocupaba del tema en su país mientras que los enlaces con Cuba iban por cuenta de familias nativas, que tejieron con los curas locales –especialmente los Maristas- una trama para sacar a los niños vía Pan Am. La idea era tenerlos en diversas localidades de USA en campamentos, en hogares transitorios, en conventos, formándolos en las líneas del buen camino. En paralelo, a los padres de los chicos que salían se les ofrecía que muy pronto a ellos también se los rescataría, para que se reunieran como felices familias asentadas en el seno de la libertad.
La Operación Peter Pan se calcula que sacó a catorce mil niños cubanos y se sabe que Jackie Kennedy visitó uno de los campamentos y lloró emocionada. La estrategia funcionaba como un reloj, hasta que vino la ruptura de relaciones entre USA y Cuba, y se suspendieron los vuelos entre La Habana y Miami. Aún así, siguieron saliendo niños Peter Pan por España (la iglesia franquista donde reinaba el Opus Dei aplaudía el plan a cuatro manos) y por Jamaica, con la anuencia de Inglaterra. Pero ya no era lo mismo, el operativo perdía mística y punche, y quedaba además en claro que a los padres de los chicos ya nunca se les iba a poder sacar. La impecable imperfección norteamericana fue haciendo languidecer la Operación Peter Pan. Muchos miles de niños quedaron abandonados en campamentos que eran casi campos de concentración, en conventos en los que los curas hacían de las suyas con ellos, con familias que los tomaban de sirvientes. Más de cincuenta años después se sabe de algunos Pedro Pan que se convirtieron en ciudadanos exitosos (el salsero Willy Chirino es uno de ellos) pero que la mayoría se lumpenizó. Una amiga conoció a una escultora en Nueva York que fue Peter Pan, talentosísima, pero un nudo de dolores. Una mañana saltó por la ventana del piso treinta.
Treinta años atrás, cuando visité la isla por primera vez, las religiones estaban prohibidas. Sin embargo, al menos la santería y los cultos católicos populares seguían vivos porque estaban acostumbrados a las catacumbas. Hoy no hay nada de eso, un Papa visitó la isla y bendijo a la Virgen de la Caridad del Cobre, se celebra misas en diversas iglesias a diario. Pero a la vez, no me atrevería a decir que haya un catolicismo extendido ni demasiado significativo. El culto a Amelia la Milagrosa y de hecho, el vudú cubano, tienen mucho mayor arraigo y sentido que la Eucaristía. Y ojo, se empieza a dar un crecimiento exponencial de las iglesias evangélicas, lo que puede significar un factor de enorme impacto en el futuro de la isla. Los evangélicos, de estirpe gringa, basan sus prácticas en la solidez familiar, la rigidez moral y una implacable ética del trabajo, la propiedad y la acumulación. ¿En Cuba? Yes, en Cuba.
Colas, lo ha escrito Yoani Sánchez, las colas son el ícono de la Cuba de hoy. Se calculan en no menos de trescientas las entidades estatales que dormitan en la isla, algunas de las cuales llevan nombres dadaístas, como la Secretaría del Plan Energético de Ahorro Nacional (PANAE), o la miríada de ventanillas del transparente Ministerio de Economía y Precios. Trescientas colas en cada ciudad, además de las colas para la tarjeta de racionamiento, los bancos, las casas de cambio, las heladerías, lo que sea. Hacerte de una tarjeta telefónica internacional es un parto y usarla, un parto múltiple. Para mis llamadas a Lima me iba a la central del Hotel Nacional y allí la recepcionista “pol la izquierda”, me ponía en comunicación: un CUC, un euro. Por si acaso, “pol la izquierda” es parte esencial de la vida cubana de hoy. Comprende todo lo informal, la sacada de vuelta tanto a los zapatos de hierro del Estado como a la antipatía que se le tiene a cualquier norma. Y, como también nos suele pasar a los peruvianos, “pol la izquierda” se resuelven los problemas como si estuvieras por la derecha en Ginebra.
La isla de Cuba es pequeña, apenas tiene una superficie de 110,922 km2 y mide 1,200 km de longitud. Sin embargo, no hay una cantidad de caracteres que pueda parecer suficiente para dar cuenta de apenas dos semanitas de vacaciones viajeras en su tórrido territorio. Se me queda tanto por escribir, Hemingway, el jineterismo, la maravillosa Villa de Trinidad, Pilar haciendo snorkeling con el hombre más hermoso del mundo, Cernuda, la absoluta ausencia de drogas, una noche de perdición en La casa de la música, las mallas zurcidas de las chicas del Tropicana, esa especie de vida misma, ajo y zafiros. (Escribe: Rafo León)