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Justicia Breves, y dramáticos, relatos carcelarios contados por Eva Bracamonte Fefer.

Las Cartas de Eva III

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cuando recién empezaba el carnaval mediático y el vértigo hacía parecer ida a Eva.

En esta tercera entrega Eva Bracamonte Fefer cuenta su día a día en el penal a través de breves relatos. En ellos las anécdotas y la desesperanza se mezclan en una rutina impredecible donde sus protagonistas se adaptan a duras penas a una realidad impuesta. Se trata de la metamorfosis vivida por esta joven en los más de tres años que lleva ya de reclusión. (PC).

Diccionario Enciclopédico de mi universo. Hay algunos días en los que no estoy tan introspectiva como de costumbre. En esos momentos me gusta salirme un poco de mí misma y convertirme en una observadora de todo esto: mirar todo desde afuera, mirarme a mí misma y a lo que me rodea y compararlo con otros tiempos, con épocas en las que mi vida era más parecida a la de “todos”.

Para mí la cárcel no es solo “otro lugar” o “un lugar detrás de rejas y muros”. Esto es una mezcla de vivir en una isla con kilómetros de agua alrededor con lo contrario: seres sin vida propia, metidos en un videojuego que maneja gente que ni conocemos. La sensación de pertenecerle a alguien que no eres tú mismo es locaza. Saber que si “alguien” lo decide mañana te pueden cambiar de compañera de cuarto y ponerte a una desconocida a vivir contigo, o que de pronto mañana te podrían llevar de traslado a algún penal de provincia, o que esta noche podría haber requisa y podrías pasarte tres horas de madrugada viendo a un montón de hombres uniformados registrando tus cosas, desordenándolo y rompiéndolo todo. Es justamente por eso, por lo difícil que se me hace explicar este universo, que he intentado plasmar algunos momentos o imágenes de lo que significa vivir aquí.

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Hoy lloré y ojalá mañana pueda estar todo el día en la cama. Desperdicio mi vida. Buenos días tristeza todas las mañanas de todos los días de mi vida. ¿Por qué? Puta madre, ya pues me provoca decirle a la vida. ¿Me tocará en algún momento algo mejor?

FINGIMOS LA PRIVACIDAD

A las nueve de la noche es el “encierro”, es decir, cada una a su cuarto y chau hasta las seis de la mañana del día siguiente. Los cuartos miden menos de dos metros por uno ochenta y en cada uno duermen dos personas. La otra noche, después de que nos encerraron, escuché a Mile llorar.

Mile es mi compañera de cuarto hace una semana y recién nos estamos conociendo, entonces yo no sabía qué hacer. Por un lado sentía el impulso de acercarme, preguntarle y abrazarla, pero por otro sentía que quizás quería un poco de “privacidad”. Obviamente no podía dársela porque estábamos encerradas en un cuarto de dos por medio, en el silencio y la oscuridad de la noche.

Entonces decidí pretender que teníamos privacidad, fingir que “cada una en lo suyo, llora tranquila, por mí no te preocupes”. Cerré la cortinita de mi cama y traté de no moverme o de moverme solo cuando ella lloraba más fuerte, para que no escuche. Sentía que quizás no recordarle mi presencia era no recordarle que estábamos las dos aquí encerradas y no sumar más motivos a los que haya tenido para estar triste esa noche.

PARA CECI

Cuando llegó Ceci me cayó bien desde el comienzo, como todas las personas que tienen sonrisa fácil. Vivimos juntas unos meses, conocí a sus hijitas, de 6 y 8 años y a su esposo, que la adoraba. Nos reíamos un montón juntas, y algunas vececitas también llorábamos. Luego ella cocinaba algo rico y se nos pasaba.

La pasábamos súper bien juntas –entiéndase sobrevivíamos- en el patiecito, tomando sol, lavando la ropa, comiendo, escuchando música de no me acuerdo qué radio que nunca había escuchado y riéndonos hasta por las puras.

Cuando le empezaron los dolores de cabeza por el estrés y eso, Ceci seguía tan risueña como siempre, me llamaba “pajariiito” con su dejo de la selva, todo alegrón. Lo raro era que, aunque intentaba no quejarse, veíamos que no le pasaba el dolor. Un día la llevamos al tópico y le pusieron un collarín. Las semanas fueron pasando rápido (como pasa el tiempo aquí) y a Ceci el dolor empezaba a bajarle por la nuca. Un día se levantó y no podía caminar, así, de la nada.

Tuvimos que cambiar de camas, ella bajó a la mía y yo subí a la suya. Un día por fin la llevaron al doctor, y entonces empezaron los diagnósticos: en dos meses un quiste muy grande en los ovarios se convirtió en un cáncer al estómago que se convirtió en un cáncer agresivísimo que había hecho metástasis por todos lados.

La salud de Ceci fue empeorando demasiado rápido. Yo no podía creer verla sin pelo, inmóvil en una silla de ruedas, cuando tres meses me había estado enseñando a lavar mis zapatillas mientras nos moríamos de risa. Sus hijas, que eran dos bellecitas, le creyeron cuando ella les dijo que se había cortado el pelo porque lo tenía muy maltratado. Hasta querían cortárselo como ella.

En esa época estaba Ana cerca de nuestras vidas y gracias a Dios logró que a Ceci le dieran un indulto humanitario dos semanas antes de que muera, en su casa, con su esposo y sus hijas.

VIRGINIA SE DESVISTE

Ayer me levanté un poco tarde, cuando ya escuchaba a la gente gritar “CUEEEENTAAA” (lo que significa que todas –130– bajamos al patio y nos pasan lista). Me lavé la cara, me cambié al toque y bajé. Como vivo en el tercer piso, tengo que esperar casi hasta el final de la lista para decir “presente” e irme y normalmente demora más aún porque mantener en silencio a 130 personas (encima mujeres) a las ocho y veinte de la mañana al parecer no es nada fácil, unas hablan, otras gritan, algunas chismean, otras se quedaron dormidas.

Subimos y Virgi me preparó un café con leche. Aparte había hot dogs de la paila, así que eso íbamos a desayunar. Yo regalé mi hot dog. No me acuerdo de qué hablamos, pero alguien dijo algo gracioso y entonces sucedió lo que viene sucediendo hace tiempo: Virginia, en son de “queja”, se levantó de la mesa como un remolino, se desvistió en un segundo y tiró su ropa al suelo. Todas nos morimos de risa.

Virginia hace esto cada vez que algo no le parece, es una forma graciosa de rebelarse. Por ejemplo, hace tiempo el INPE estuvo en huelga y no dejaron entrar a las visitas durante varios días seguidos. Cada mañana en que Virginia se enteraba que “de nuevo” no habría visita, le entraba la rebelión y zas! Otra vez la ropa al suelo. Como ella dice: “la cárcel no mata, pero aloca”.

EL AGUA FRÍA NO ME MOLESTA

Durante tres años me había acostumbrado a bañarme con baldecito, como la situación lo amerita. Cuando salí al arresto domiciliario y me bañé en una ducha por primera vez después de tanto tiempo, se me llenaron los oídos de agua y me dolió horrible como por una semana. Tenía que bañarme con tapones. No sé a qué se habrá debido, ni le encuentro explicación lógica. Quizá por la falta de práctica hice movimientos de cabeza que uno aprende a no hacer cuando se baña, con el tiempo. La verdad no me lo explico. Ahora cada vez que puedo bajo a bañarme en alguna de las dos duchitas comunales que hay en el patio.

EL PRIMER PEDIDO DE VARIACIÓN ES COMO “EL BAUTIZO”
(GAJES DEL OFICIO)

Cuando a alguien que acaba de llegar (hablamos de un lapso de hasta 3 meses), le preguntan “¿cuánto tiempo tienes acá”? La respuesta siempre es la misma: “dos meses, pero ya me voy, justo mi abogado ya presentó los papeles”.

¿Y a qué “papeles” se refieren? A la variación, pedido en el que se sustenta por qué debería cambiársele el mandato de detención por el de comparecencia a la persona en cuestión. Es incalculable la cantidad de veces que las “antiguas” hemos escuchado eso. Incluso después de la primera negativa, a nivel de juzgado, el optimismo sigue y las nuevas dicen, convencidas: “mi abogado dice que en juzgado siempre niegan, así que hemos apelado, la otra semana llega a la sala y en dos semanas me voy”.

A partir de aquí todo se hace un poco más lento, porque los papeles nunca llegan una semana después, y cuando por fin lo hacen los jueces no resuelven en una ni en dos semanas. Pero está bien que exista este tiempo de espera porque estamos hablando de personas que tienen 3 ó 4 meses en la cárcel y que necesitan aferrarse a la posibilidad de recuperar su libertad pronto.

Las que vivimos aquí hace tiempo sabemos que el 99% de esos pedidos los niegan, más aún en este penal, en el que la gente está por delitos “de peso” (TID, secuestro, etc), pero aun así la regla de oro (al menos la mía) es NO QUITAR LA ILUSIÓN: no alimentarla, pero tampoco acabar con ella.

Ninguna de las que tenemos acá varios años, ni yo con tres, ni Virgi con 13, ni Fran con 5, ni Shylla con 8, hubiéramos aguantado el encierro si desde que llegamos hubiéramos sabido que íbamos a quedarnos esta cantidad de años o más. Entonces cuando las bienaventuradas nuevas nos cuentan cómo es que ya se van en una o dos semanas nosotras escuchamos y decimos: “Ay… ¿sí? Ojaláaa…”, pero nada más. Ya estaremos con ellas para abrazarlas cuando lo necesiten. (Escribe: Eva Bracamonte)


 


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