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Entrevistas Cómo y por qué llegó de Italia al Perú el ahora arquitecto Franco Vella.

La Arquitectura y la Psicología Van Unidas

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Gran amplitud.
Nacido en Roma hace 73 años, le hubiera gustado nacer en la época de los grandes descubrimientos marítimos.

El arquitecto Franco Vella (73) aprendió a conocer y amar el Perú a través de dos etapas definidas, ya que, nacido en Roma, Italia, llegó al Perú a los 9 años con sus padres que emigraron de allí al encontrarse con una recién inaugurada posguerra en la que faltaba de todo. Fueron los exactos momentos de esa Roma que tan bien se conocen a nivel mundial gracias a excelsas obras de arte del cine neorrealista italiano como: “Roma cittá aperta” de Rossellini o “Ladri di biciclette” de De Sica, y de la literatura: “La pelle” de Malaparte o “Cronaca dei poveri amanti” de Pratolini, por citar algún que otro ejemplo. A Franco Vella el libro que más le conmovió sobre el tema fue “La romana” de Alberto Moravia que la llevó al cine Luigi Zampa. Horror, involución social, dramatismo. Sin embargo, he ahí lo que son los niños de contrapuestos: Vella me confiesa que tuvo una bonita infancia. También, y ya en el Perú, añora su juventud y la vida universitaria y mantiene la amistad y el compañerismo que lo ha unido tanto a muy importantes colegas durante toda la vida. Ama su profesión y ama el mar y ese amor por el mar lo percibo en la entrevista que le hago en el restaurante Costa Verde, ya que se extasía y embriaga con los efluvios marinos y el “sunset” y la mansedumbre de las olas que nos rodean. Estoy, lo sé, lo intuyo, ante un hombre práctico y un tanto lineal y abocetado que se refleja en las fotos de sus pinturas urbanas que va a exponer próximamente en una galería ilustre. Sepamos cómo es él:

–Cuénteme de su niñez.
–Nací en Roma, de familia siciliana. Vivíamos en el barrio del Aventino en donde tuve una bonita infancia, ya que mis padres habitaban dentro de un grupo de edificios con un parque común y una gran pileta central donde nos reuníamos todos los niños de esa urbanización, que éramos muchos. Había un terreno cercano sin construir en donde nos escondíamos y hacíamos covachas. Recuerdo que en el final de la Segunda Guerra Mundial ya los aliados habían desembarcado en Anzio para conquistar seguidamente Roma. Por eso un día me asomé a la ventana y vi a un grupo de soldados americanos cavando trincheras en el terreno donde jugábamos. Era la liberación de Roma después de haber pasado una infinidad de noches a oscuras escuchando las sirenas de alarma y los bombardeos (el tremendo ruido de las explosiones). Italia había quedado destrozada moral y materialmente y no había siquiera para comer.


 


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