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Opinión Por: GREGORIO MARTÍNEZ

Aviso Supremo

Solo después advertí que la mujer era guapa, de aquellas anglosajonas que agitan los efluvios y con un par de verdades irrefutables, realmente tentadoras. Pero lo que atrajo la luz de mis ojos perniciosos, nunca satisfechos, ahí en el centro comercial de Pentagon City, no muy lejos de la Casa Blanca, fue la incisiva declaración que llevaba impresa en la leve camiseta que vestía: I did it.

¿Lo hiciste?, pregunté entre mí, incitado al igual que el perrito de Pavlov. ¡Qué rico!, pensé, ahora sí contemplando cada uno de los encantos de la mujer con la camiseta. El estampado completo decía: Inca trail to Machupicchu. I did it.

Inmediatamente supe, por lo que ocurría a mi alrededor, que ese era el aviso publicitario más efectivo para promover el turismo hacia el Perú. Y la atractiva mujer vestía esa camiseta con la leyenda por su propia satisfacción, no por encargo de alguna empresa publicitaria. Eso sí, tal vez la prenda podría ser el obsequio de la agencia de viajes que la llevó en aventura al Perú milenario.

Que diferencia abismal con el torpe y costoso esfuerzo publicitario del propio Ministerio de Comercio Exterior y Turismo. Para empezar, ni a un cacaseno se le ocurriría abreviar el nombre de su institución con la sigla MINCETUR. Peor aún, utilizar la sigla en un portal de Internet.

En el idioma que predomina en el espacio cibernético y en el mundo, MINCE significa picadillo. No referido al picapica carnavalesco, sino a picadillo de carne cruda. Nadie, excepto alguien con cabeza de alcornoque, querrá ir a un lugar, tipo Ciudad Juárez, en donde se menciona PICADILLO alegremente y con mayúsculas.

Si al menos fuera pecadillo, resultaría hasta aleccionador. Pero como el ministro José Luis Silva Martinot no es motoso, ni sabe que en quechua las vocales «i» y «e» son alófonas, mejor dicho equivalentes y que no hay diferencia entre quechua y quichua, entonces, no se justifica la torpeza.

 “Medido, medido”, decía la joven pastora de altura que había subido, en Morococha, al camión del padre de Kike Verástegui que iba hacia Huancayo. “Qué medido, vaquerita de la Finojosa, va con todo”, respondió el poeta, quien, aunque integra las filas del otro equipo, se rumora que se maneja tremendo brazo de muchacho, tanto que en sus buenos tiempos podía competir en desparpajo con el bien dotado Jimmi Hendrix.

Kike Verástegui se había acomedido para acompañar a la viajera en la parte trasera del camión de carga. Pero la pastora se refería al dedo, “me dido”, que la rodilla huesuda del autor de ‘Por los extramuros del mundo’ le estaba magullando.

Con la mayor voluntad, MINCETUR se podría traducir no como un tour para que el interesado acabara hecho picadillo, sino equivalente a una caminadita “pisahuevo”, una caminadita de limeña de antaño con pies chiquititos calzados con borceguíes de cabritilla o cuero de Marruecos.

Si entre los directivos del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo hubiera un mínimo de gente imaginativa, al menos un botón de muestra, inmediatamente obsequiarían, a los turistas extranjeros, a la hora de la partida, camisetas con la inscripción semejante a la que vi en Pentagon City o incluso otras más sugestivas, en diferentes idiomas.

En el Perú hay excelentes creativos y diseñadores. Y a veces solo hay que escuchar la vox pópuli, como el grito, “Vamos a Chincha, familia”, de los llenadores de colectivos en el jirón Montevideo, transversal de la avenida Abancay. O el más complejo y codificado que utilizaban en el Parque Universitario los colectiveros que iban al Trocadero: “Falta uno”.

Posiblemente el ministro Silva Martinot cree que todo lo grande es formidable. Y si es lustroso, mucho mejor. Lo digo porque en Internet, en la página de su ministerio, aparecen en close-up unos enormes granos de café tostado, brillantes y lubricados.

Señor ministro, el café fino que da una bebida de óptima calidad es chiquito, menudo, como chusco y pasmado. Se trata del famoso caracolillo que prospera bien en Canchaque, Piura, y en el valle de Chanchamayo, pero también en Cascas, Cajamarca, en el Cusco y en otros lugares del Perú. El café robusto es de mediocre para abajo.

Lo de Cascas lo confirma un testimonio del escritor Juan Morillo, oriundo de Otuzco, profesor de la Universidad de Pekín, China, que cuando era joven pasó una temporada como maestro en Cascas. De ahí llevó a Lima la frase ponderativa, “café de Cascas”, que se repetía en el bar Palermo de La Colmena, en el juego verbal de “la completada”. (Por: Gregorio Martínez)


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