Justicia En esta entrega Eva Bracamonte narra lo que para ella fue "el final de la vida como la conocía".
Las Cartas de Eva IV
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Setiembre de 2009: Eva Bracamonte abandona la Universidad Católica para entregarse voluntariamente ante una orden de detención. |
Cuando Caretas 2095 publicó la foto donde se ve a Eva Bracamonte despidiéndose de sus amigas minutos después de haber sido expedida la orden de detención en su contra, poco se sabía del drama que existió luego que la joven, entonces de 21 años, recibió la noticia. Bracamonte, cuenta en esta nueva entrega los dramáticos minutos en los que sintió que su vida, tal cual la conocía, terminó con la llamada telefónica de su entonces abogado Julio Rodríguez. (PC). El jueves 9 de setiembre me tocaba clase de Entrenamiento Corporal de 9 a 11 a.m. El día anterior me había quedado hasta tarde haciendo un trabajo y por eso no había dormido mucho. Cuando llegó Ana, la maestra (sí, más que profesora, maestra), nos dijo que iríamos todos a la cancha que estaba detrás del estacionamiento, ya que en su clase corríamos, hacíamos acrobacias, sacábamos físico, aprendíamos las bases de diferentes artes marciales, etc.
Por esos días estábamos aprendiendo lo básico de una disciplina oriental que se practicaba con palos de madera, y durante esa clase, por grupos, íbamos a presentar los ejercicios que habíamos practicado. Mi grupo fue el primero. Después que terminamos, nos sentamos con el resto y salió el segundo grupo. Fue cuando quise tomar apuntes sobre lo que hacían otros grupos que me di cuenta de que no había sacado mi cuaderno de la mochila, así que me paré en silencio y caminé hasta las gradas de cemento en las que habíamos dejado nuestras cosas.
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De puño de Bracamonte, metáfora de la libertad perdida. |
Eché un vistazo a mi teléfono a ver si había “alguna novedad” y encontré que había varias alertas perdidas de mi abogado. Como no quería interrumpir la clase pero al mismo tiempo me preocupaba que fuera urgente, decidí darle una llamadita rápida para ver qué pasaba. Desde lejos y con muecas le pedí permiso a Ana para ir al baño. Bajé hasta la entrada del auditorio, desde donde podía ver cómo continuaba la clase por encima de un montecito de pasto.
Julio Rodríguez: Eva, ¿dónde estás?
Eva: En la universidad, ¿por?
JR: Necesito que salgas de ahí ya.
EB: No puedo Julio, estoy en clase. ¡Pero dime qué pasa!
JR: El juez acaba de pedir la detención para ambas, necesito que salgas de ahí en este momento.
EB: (llorando, desesperada) ¿Qué? ¡No puede ser! ¡Tú dijiste que eso no iba a pasar! No nos vamos a ir a la cárcel ¿no?
JR: Tranquilízate, ahorita lo que tenemos que hacer es sacarte de ahí. Dime, ¿tienes algún amigo con carro que pueda sacarte??
EB: ¿Qué? No Julio, no entiendo. ¿Por qué un amigo? ¡Dime a dónde voy! ¿Qué hago?
JR: No puedes salir en tu carro. A estas alturas la universidad debe estar rodeada de policías.
EB: (llorando cada vez más fuerte y desesperada) ¿Pero qué hago? ¡Haz algo! Habla con el juez, por favor, te lo suplico.
JR: Ahorita ya no se puede hacer nada. Dime exactamente dónde estás. Voy a mandar a mi asistente a que te recoja, pero no te muevas un centímetro de donde estás. Estoy llamando a Lily pero no me responde, ¿sabes dónde está?
EB: En la casa.
JR: Dile que me conteste el teléfono. ¡Tiene que salir de ahí en este instante! A ustedes no las pueden detener, tienen que entregarse!
EB: ¿Entregarnos? No entiendo, ¿nos van a meter a la cárcel?
Cuelgo temblando y llamo al teléfono de la casa.
EB: Lily, llama a Julio.
LC: ¿Ha pasado algo?
EB: ¡Llámalo ahorita!
Hasta ese momento Lily y yo estábamos segurísimas de que nunca íbamos a venir a la cárcel porque éramos inocentes. Así de simple nos parecía: éramos inocentes y a la gente que no ha hecho nada malo no la meten a la cárcel.
Estas dos conversaciones marcaron el final de mi vida como la conocía. Fue automático: en el instante en que Julio me dijo lo que había pasado supe que todo lo que veía por encima del montecito de pasto ya no era ni iba a ser nunca más mi vida, entendía y no entendía que mi vida hasta donde la conocía había terminado por completo.
Que la clase que veía metros más allá ya no era mi clase, que mis compañeros ya no eran mis compañeros, que ya no era como ellos, ni como ninguna de las personas que veía. Desde ese momento era una persona buscada por la justicia, una detenida.
Me quedé unos segundos tratando de asimilar lo que acababa de pasar, lo que estaba pasando y lo que iba a pasar después. No podía.
Volví a la clase sin sentir mis piernas. Caminé durante segundos eternos hasta donde estaban los demás y me senté en el mismo lugar en el que había estado sentada, al lado de una de mis mejores amigas, en un estado que no puedo describir. Todo giraba a mi alrededor y yo flotaba, en shock.
De pronto el ejercicio con los palos me parecía algo muy lejano, como que había ocurrido años atrás, y no 10 minutos antes. Sentía que de pronto un abismo enorme me separaba de lo que minutos antes era mi vida, mi espacio, mi mundo.
Estaba ahí parada, pero ya me encontraba en un mundo paralelo. Estaba ahí pero al mismo tiempo ya no estaba ahí. Veía mi vida pasar en cámara lenta, como dicen que pasa cuando uno se muere... Como dice una canción, entrar a la cárcel es morir.
No sé qué expresión tenía en la cara, pero debo haber estado desencajada, porque apenas me vio, María Cristina entro en un pánico silencioso, y con susurros aterrados me preguntó qué pasaba.
No sabía qué responderle. Lo mismo me preguntaba yo, en realidad: ¿qué mierda estaba pasando? Luego atiné a decirle a María Cristina lo que había que hacer, sin expresión en la voz ni en la cara, con las venas llenas de sangre congelada: llévate mi mochila, esta es la llave de mi locker, esta es la llave del carro, devuelve los libros a la biblioteca. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Me levanté y me acerqué a Ana: “Ana, me tengo que ir”. Me miró y estoy segura de que sabía lo que quería decir. Pero aun así, quizás por demorar unas milésimas de segundo, esa verdad espantosa, me respondió: “¿Qué? Otra vez al baño?” Le dije no, miré al suelo y empezaron a caérseme las lágrimas.
Sentía que me faltaba el aire. Recuerdo que llegué a decirle entrecortadamente que el juez había pedido que nos detengan. Ana me abrazó, y decía “¿qué pasó?” La miré, pero no podía hablar.
Tenía impulsos de muchas cosas a la vez. Uno pequeñito me provocaba decirle lo mucho que la admiraba y que le agradecía por haberme enseñado tanto en tan poco tiempo. Quería decírselo porque sabía que esa despedida era para siempre, que luego ya no habría oportunidad, pero no pude. Todas las palabras se me amontonaban en la garganta y ninguna salía.
Después del abrazo le pregunté a Ana si debía despedirme de mis compañeros. Me dijo que claro, que me despida. Detuvo la clase diciendo “chicos, uno de nosotros tiene que despedirse, Eva se va a tener que ir”.
Todos mis amigos y compañeros me miraron con cara de interrogación, la mayoría recién entendió qué estaba pasando cuando rompí a llorar en medio de la clase, en el centro del estacionamiento.
Todos ellos sabían de este tema de la muerte de mi madre, (para ese momento la prensa y mi hermano ya se habían encargado de hacerme puré frente a todo el mundo), pero ellos siempre encontraban la manera de hacerme sentir su apoyo, de hacerme sentir como “una más”, lo cual en mi caso es bastante.
Traté de empezar a hablar y no pude decir ni una palabra. Ana les explicó en pocos segundos lo que yo no había podido, y uno por uno y todos juntos se acercaron a abrazarme y a darme fuerzas. Varios lloraban, otros simplemente no podían creerlo. Debe haber sido muy difícil para ellos encontrar las palabras.
Claro, yo era de las mayores y tenía 21 años. La mayoría acababa de salir del colegio, obviamente no solo no sabían qué decirme, sino que estoy segura de que para cada uno de ellos fue un tremendo shock vivir algo así.
Yo simplemente los abrazaba y tenía la mente en blanco, como ya dije, no entendía qué era exactamente lo que estaba pasando, ni por qué estaba pasando, ni por qué me estaba pasando a mí.
Paralelamente a la tragedia que yo estaba viviendo ahí, existía otra realidad (que desde ese momento era la que me correspondía vivir), en la que la universidad estaba rodeada de policias encubiertos tratando, cada uno, de llevarse el “crédito” de haberme “atrapado”.
Ale, Úrsula y María Cristina eran como mis hermanas: durante 8 meses habíamos estado juntas cada día y prácticamente cada noche, y con ellas fui a sentarme al pastito a esperar a que Ricardo me venga a recoger.
Fueron los 20 ó 30 minutos más largos y en blanco de mi vida. No me acuerdo de qué hablamos, ni siquiera me acuerdo si hablamos, solo recuerdo que estábamos las cuatro llorando y abrazándonos fuertísimo todo el tiempo hasta que vimos llegar una camioneta negra con lunas polarizadas y supimos que había llegado la hora.
Los segundos en los que la camioneta se estacionaba nos abrazamos aún más fuerte, como no queriéndonos dejar ir.
Ricardo se estacionó, bajó, camino hasta mí, me miró y me dijo: “No hay tiempo”. Hasta el día de hoy me acuerdo perfectamente del sonido de esas palabras saliendo de su boca.
En ese instante dejé de ser esa Eva, la Eva alumna de la universidad, la Eva mejor amiga de las chicas, la Eva asustada y llorosa. Todo se desvaneció en el momento en que empecé a caminar para subir a la camioneta. Todo volvió a cero otra vez.
Días después esta misma revista publicó la única foto que hay de ese instante en el que me apagué.
Continuará…