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Opinión “La nona es una abuela desmesurada que en su voracidad insaciable acaba con las vidas de sus parientes…”.

Entre el Panzón y la Nona

Lima, 22 de febrero de 2013

El beneficio de lo políticamente correcto para una sociedad quizás radique en que el ciudadano al no poder soltar palabras crudamente discriminatorias en público, en privado tampoco mantiene el respectivo prejuicio. Al menos, se supone. Además está el tema del cultivo de los buenos modales, que son el mayor desiderátum de la democracia en su estado actual, luego de que a la mayoría de la humanidad la división de poderes le importe un cuerno. Lo cierto es que los contratos sociales de las últimas décadas que nos prohíben expresar a voz en cuello nuestros pre conceptos excluyentes y discriminatorios, en realidad sirven más para dar leyes que para conmover y cambiar la conciencia individual.

¿Quién, en el siglo de la corrección política, no disfruta en un círculo privado de amigos, de horrorosos chistes homofóbicos, sexistas, misóginos, antisemitas, antiislamistas, racistas, e incluso, con mofas sobre condiciones de minusvalía o cosas más graves? Que tire la primera piedra aquel que no ha llevado a su círculo de patas la adivinanza: “¿En qué se parece la mujer a una lavadora…?” y cosechado las risas de la noche con semejante memez. Yo no me atrevo siquiera a recoger la piedra del suelo, porque no me gusta mentir.

El riesgo de llevar la incorrección política al estrado donde el presidente de la República se irroga el poder de soltar ante la masa lo que se le pasa por la cabeza y con ello ganarse el fervor de los gritos y los aplausos, es grande. Si el estilo prende, puede perfectamente derivar en una tentación dictatorial y populista. Este es el punto desde el que la mayoría de comentaristas políticos del país ha juzgado la ya clásica (a nivel Dostoievsky) alusión que hizo el presidente Humala a Alan García con el asunto de los panzones que se la quieren llevar toda.

Por mi parte –no me gusta mentir– debo confesar que vi en vivo y en directo por tele la manifestación de Ate con su manguerazo más, y aplaudí como una foca, sentí que Humala en ese momento encarnaba el sentimiento de millones de peruanos que por alguna extraña razón le guardan a García un respeto temeroso, ese que si no lo sabemos manejar, puede llevar al panzón a la presidencia por tercera vez en el 2016. Humala, nos guste o no, y quizás hasta sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, inició esa tarde un exorcismo, de pronto deplorable para la corrección política, pero completamente necesario para nuestra salud política.

Alan García no es solo panzón por el ruedo de su cintura, simbólicamente lo es por la imagen que proyecta de querer devorarse todo, de no dejar una migaja de poder a nadie que no sea él, ni siquiera dentro de su propio partido, ese que fuera respetable y digno hasta los años cincuenta del siglo que pasó. Alan García es lo más parecido que existe al personaje central de la obra de teatro ‘La Nona’, del argentino Roberto Cossa, que se estrenó en Lima hace dos décadas con una magistral actuación de Alberto Isola. La nona es una abuela desmesurada que en su voracidad insaciable acaba ya no solo con las reservas de comida de la casa, sino con las vidas y las defensas de todos y cada uno de sus parientes. Se los traga sin masticarlos porque su egocentrismo, su afán de control y su omnipotencia pueden más que la realidad.

Seré el primero en pitear si es que el presidente Humala, ensoberbecido por el éxito de su brulote, tomara viada y se pusiera a insultar a medio mundo, en lugar de debatir con razones, ideas y argumentos. Pero hay que admitir que de vez en cuando es maravilloso salirse en público del camino correcto. Lo lamento, no puedo mentir. (Rafo León)


 


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