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Justicia Eva Bracamonte revela cómo y dónde se ocultó junto con Liliana Castro antes de entregarse a la justicia en septiembre del 2009.

Las Cartas de Eva V

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La Entrega. La tensión se hace gesto en las expresiones de Eva Bracamonte, Liliana Castro y el abogado de ambas Julio Rodríguez. La entrega voluntaria, como demostración de inocencia, había sido decidida.

Era la mañana del 9 de septiembre del 2009 cuando Eva Bracamonte y Liliana Castro Mannarelli se entregaron a la justicia. Su repentina aparición ante el juez Alfonso Payano sorprendió debido a que desde el día anterior, cuando se expidió la orden de captura, habían permanecido ocultas. Ahora, casi cuatro años después, Eva Bracamonte revela pormenores inéditos de su huida de la Universidad Católica y del refugio temporal que buscaron en el departamento de Tatiana Castro Mannarelli. (PC).

Ricardo manejaba y su papá, un policía retirado, iba de copiloto. Subí a la parte de atrás del carro y me senté. Ricardo volteó, me dijo “ahí no” y me hizo una seña para que me meta al hueco que quedaba entre su asiento y el asiento de atrás. Me acurruqué ahí en el suelo entre los dos asientos sin hacer ninguna pregunta.

Luego su papá me alcanzó tres o cuatro abrigos largos de hombre, como esos con los que nos imaginamos que se visten los detectives, y me dijo que me tapara con ellos. Como no podía moverme, me taparon ellos.

Arrancamos y un minuto después, en la salida de la universidad, los guardias nos pararon. Al parecer Ricardo había tenido que hacer una maniobra rara para poder entrar a la universidad, pero lo había hecho por la entrada principal, y por un motivo que no recuerdo, no nos dejaban salir.

Yo no entendía bien qué pasaba (para variar), trataba de respirar bajito y de no moverme. Entonces uno de los guardias dijo que iba a revisar la camioneta. (Supongo que ellos ya sabían, como todo el mundo, que se había emitido una orden de detención en mi contra, y que yo estaba dentro de la universidad, porque me conocían).

“Pensar en mi nombre es pensar en ma, en el momento en que me eligió, dice el dibujo de Eva.

Empezó la revisión, miró por las ventanas los asientos de adelante y de atrás y luego le pidió a Ricardo que abra la maletera. Escuché que Ricardo se bajó y la abrió, y luego escuché que hablaban o discutían. El guardia le preguntaba a Ricardo cómo había podido ingresar, y Ricardo respondía algo que no recuerdo. Luego Ricardo se subió al carro y el guardia se alejó, pero no nos íbamos, al parecer había ido a consultar algo.

Esperamos como diez minutos que para mí fueron eternos. Sentía que por momentos me faltaba el aire y no podía dejar de pensar que en cualquier momento los guardias los harían bajarse del carro y me encontrarían ahí acurrucada. También pensaba: felizmente no metí a ningún amigo en esto.

Diez minutos después, por fin pudimos salir. La camioneta empezó a moverse de nuevo, pero yo igual no me atrevía siquiera a asomar la cabeza.

Yo pensaba, por un lado, que nos estábamos salvando por un pelo, y, por otro, en todo lo que se venía. Pero no tanto en la cárcel (eso lo tenía muy claro, me la imaginaba como un túnel ovalado con rejas a los costados, tipo en Hannibal), sino que pensaba en lo que estaba por venir en ese momento. ¿A dónde íbamos?¿Cómo iba a hacer para desprenderme de todo así, en un instante? ¿Qué iba a pasar con Lola? ¿Y la universidad? ¿Y Lily, como estaría Lily? Y pensaba también: no puedo creerlo, no puedo creerlo, no puedo creerlo, no puedo creerlo.
Seguimos nuestro camino y entonces escuché que Ricardo hablaba con Julio, mi abogado. Al parecer la indicación era ir al departamento de la hermana de Lily. Ese debe haber sido el momento en que empecé a pensar que todo en mi vida era demasiado grande para mí y que yo era demasiado chica e incompetente para hacerme cargo.

Ricardo colgó y me pregunto cómo llegar. Le dije que no sabía, nunca he sido muy ubicada cuando se trata de llegar a lugares. Entonces me dijeron que llame a Lily y le pregunte. Mientras avanzábamos llamé a Lily y hablé bajito, le pregunté cómo llegar. No hablamos de nada de lo que estaba pasando, las dos estábamos en “piloto automático”, me explicó cómo llegar y ya. Ella ya estaba en el edificio, pero fuera del departamento, porque Tatiana no estaba y Lily no tenía llave.

Mientras la camioneta avanzaba yo iba tratando de adivinar dónde estábamos. Por momentos la luz cambiaba, por momentos estaba más oscuro, hasta que sentí que todo se iluminó bastante, como si estuviéramos en un espacio despejado. Asomé un poquito la cabeza para mirar: estábamos casi en la salida al circuito de playas.

El papá de Ricardo me dijo que baje la cabeza. No le causaba nada de gracia que me asome. Unos minutos después sentí que nos estacionábamos. Me imaginé que quizás alguien nos había parado y otra vez me entró miedo, pero luego escuché a Ricardo hablar con su papá, bajar de la camioneta, y, después de un rato, el motor de otro carro detrás de nosotros.

Entonces el papá de Ricardo abrió la puerta de atrás, donde estaba yo, y me dijo: Baja, rápido. Le dije: ¿pero a dónde vamos? Tatiana no vive aquí. Me dijo: solo vamos a cambiar de carros, apúrate. (Después me explicaron que cambiábamos de carro por si alguien nos había seguido desde la universidad).

Los sacos que tenía encima pesaban. Me ayudó a sacarlos y a salir de detrás del asiento. Se me había adormecido todo. La otra camioneta estaba estacionada detrás, pegadita a esa, y Ricardo ya estaba sentado en el asiento del copiloto: esta vez manejaría su papá. Mientras caminaba esos pocos pasos de una camioneta a otra (o más bien corría), sentí algo rarísimo: que ya no pertenecía a la calle, que esos tres pasos que había dado en la pista eran algo prohibido, y que si alguien me veía iba a pasar algo muy malo.

Sentía que ya nada estaba bien, que a partir de ese momento yo pertenecía al bajo mundo, al mundo de los malos. Bueno, en esta nueva camioneta, me metieron en la maletera, y otra vez los sacos encima.

Retomamos el camino. A pesar de que el nuevo espacio era un poco más grande, yo iba igual de encogida, incluso un poco más, porque la maletera tenía una ventana que me preocupaba a pesar de ser polarizada.

Llegamos al departamento y Ricardo se despidió y se fue. Entramos. Adentro estaba Lily con algunas amigas que querían “despedirse”. Me vio entrar, nos miramos y empezamos a llorar. Nos abrazamos y lloramos más. Recién en ese momento sentí abiertamente todo el miedo que había tenido reprimido hasta entonces.

Las dos estábamos aterrorizadas, sabiendo que estábamos a punto de empezar un viaje que no habíamos elegido, que no era justo, y que podía durar años de nuestras vidas. Después de ese abrazo largo me senté junto a ella y empezamos a divagar sobre cómo sería la cárcel. Ella coincidía con mi idea del túnel redondo con rejas a ambos lados.

Nos preguntábamos como sería la gente que vive en la cárcel, estábamos seguras de que era gente mala, por algo estarían ahí. Imaginábamos mujeres con cortes y tatuajes por todos lados y pensábamos que era muy probable que nos violen o nos golpeen para divertirse. Teníamos miedo, pero a la vez teníamos tan poca información sobre el lugar al que llegaríamos y estábamos tan seguras de que sería tan diferente a cualquier cosa que hubiéramos conocido hasta el momento, que fantasear como cómo sería por momentos se convertía en una macabra, retorcida diversión.

Un rato después llegaron al departamento el papá de Lily y su esposa. Yo los había visto solo una vez, pero apenas los vi llegar me entraron muchas ganas de llorar, así que empecé de nuevo, más fuerte que antes, y sin detenerme a pensar en lo que estaba haciendo corrí hacia el papá de Lily, lo abracé y le pedí perdón muchas veces. Él me decía que no tenía nada por lo qué perdonarme, pero yo no podía dejar de pedirle perdón casi compulsivamente. Ver a la familia de Lily en ese instante me hizo sentir un dolor demasiado fuerte, áspero, crudo y profundo.

Julio llegó poco después, más o menos a la una de la tarde. Inmediatamente después todos estábamos a su alrededor preguntándoselo todo.

Todos preguntábamos todo al mismo tiempo. Julio respondió lo que pudo y luego nos pidió a Lily y a mí hablar aparte. Nos metimos con Julio al cuarto de Tatiana y yo empecé a llorar de nuevo. Le preguntaba por qué había permitido que pase eso, si sabía que éramos inocentes. Julio también estaba consternado.

Nos explicó lo que pasaría a continuación: que si estábamos ahí era porque no íbamos a permitir que nos detengan, sino que nos íbamos a entregar, porque eso demostraba que no estábamos huyendo de la justicia sino lo contrario, y que eso íbamos a hacerlo al día siguiente a primera hora de la mañana. Que iríamos al Poder Judicial y daríamos las generales de ley. Que luego nos llevarían al sótano, donde había una carceleta y ahí unos señores nos harían una entrevista para ver a qué penal nos correspondería ir. Que, después de eso, nos llevarían al penal.
Más o menos a las cuatro de la tarde llegaron mis amigas de la universidad (poco antes yo había llamado a María Cristina, que seguía en la universidad, para darle algunas indicaciones sobre la casa). Empezó a hacerse más tarde.

Éramos pocos en el departamento y, cada uno desde su lugar, pero todos juntos, estábamos viviendo algo terrible. Siempre me ha llenado de curiosidad ese fenómeno que se da en los grupos de gente cuando pasan cosas terribles, esa sensación de complicidad o de manada, de “estamos juntos antes la adversidad”. Por momentos, ahí en el departamento de Tatiana, yo sentía eso.

Estábamos todos juntos siendo testigos de una tragedia y el resto no importaba. El pequeño disfrute que me producían estas ideas duraba poco, se desvanecía cuando recordaba que los demás solo se estaban despidiendo… que quienes se irían seríamos solo dos. Ahora, cuando pienso en eso, me doy cuenta de cuánta falta me hizo tener una familia en ese momento. ( Continuará...)


 


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