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Dueño de Nada Escribe: RAFO LEÓN

Naipes al Viento

“No hay nada más maravilloso que vivir a la escala en la que uno puede desenvolverse…”.

Lima, 1 de marzo de 2013

No la vi, la padecí. Era la caja más descongestionada de un supermercado gigantesco, orientado según los marketeros de la empresa al sector D. Con mi humilde canastilla de mano en la que llevaba almendras tostadas, café, una botella de Intipalka y un tubo de pasta dental, me tuve que poner detrás de una apulpada y sudorosa señora que llevaba tres carretillas, repletas de cuanto cualquiera quisiera imaginar y no le entraría en el cerebro ni en el refrigerador. La faja transportadora pedía chepa y la señorita que atendía mostraba ya una cierta desorbitación en los ojos. No espié la cuenta pero calculo que no bajó de dos mil soles, y me quedo corto. La señora, dichosa, como quien saca el efectivo de la cartera, levantó una tarjeta de crédito con la que resolvió su ansiedad por unos días. Suerte de ludopatía con orgasmo neoliberal.

Leo en un diario local que según el Indecopi, las denuncias por fallas en la construcción de edificios tramitadas por compradores de departamentos, han subido en un 53% en cinco años, de 264 a 415. Paredes rajadas, malas instalaciones de agua y desagüe, incumplimiento de metraje, engaño en cuanto a disponibilidad de áreas verdes, instalación de acabados de ínfima calidad; cuando no, estafas limpias y peladas, gente que compró en planos y simplemente no recibió su departamento porque la constructora perdió un juicio y se declaró en quiebra. El estafado se arruinó, cuando menos, con una cuota inicial irrecuperable.

Consumo descontrolado con tarjeta de crédito y adquisición no bien verificada de bienes inmuebles. Dos síntomas de lo que ocurrió en España y otros países hoy en bancarrota, y que deberían alertarnos con respecto a nuestra propia irresponsabilidad como consumidores. España es un bellísimo país con una inconmensurable cultura humanística, pero en conciencia de mercado los españoles han demostrado ser grandes poetas. Un país que en un par de años pasó de ser destino turístico por sus manolas y sus bulerías rurales, a una suerte de Territorio Informático de Jauja, donde bastaba pedir para que te dieran porque a todo el mundo le sobraba. La cantidad de gente que he conocido allá que se acogía al paro porque no le daba la gana de trabajar, es enorme. O de jefes que llamaban al empleado a anunciarle que lo estaba despidiendo bajo la siguiente fórmula: de hoy en adelante te pago en negro la mitad de tu sueldo y la otra mitad la compensas con el paro. Y todo el mundo feliz y contento. Por eso no les creo mucho a todos los indignados que salen a las calles, hoy. Muy tarde.

Cuando sobre una sociedad precaria, estragada por el subdesarrollo y la incultura, cae de pronto el huayco de la abundancia, es que se da la paradoja del tiro de arranque de una crisis inminente. Es nuestro caso. El día que la señora sudorosa se dé cuenta de que la plata que maneja con la tarjeta de crédito no es suya y que tendrá que seguir pagando por décadas, cuotas con intereses de timador, decidirá dejar de honrar sus mensualidades. Y así como ella, un montón de otros naipes comenzarán a caer hasta llegar al colapso. Lo mismo pasa con el famoso boom inmobiliario. La gente enloquece por mudarse a departamentos nuevos y no se toma el trabajo de indagar por los antecedentes de la inmobiliaria, por el saneamiento del terreno, por la coincidencia entre los planos y lo que la municipalidad respectiva permite o prohíbe, por sus propias posibilidades financieras. Es decir, la horrorosa letra chica de las transacciones comerciales. Entonces, si me compré mi dúplex a crédito y resulta que por el wáter sale el humo de la campana extractora de la vecina de abajo, y además estoy sobregirado en mis gastos, pues dejo de pagar. Y así, un montón de otros naipes comenzarán a caer.

Mesura, sensatez, información, cultura. No hay nada más maravilloso que vivir a la escala en la que uno puede desenvolverse, sin frustraciones por no tener más ni miedo por tener menos. Sin deudas. Sin atender llamadas que te ofrecen nuevas tarjetas de crédito. Sin ser un naipe al viento. (Escribe: Rafo León)


 


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