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07/Mar/2013
 
 
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Opinión Por: Rodolfo Hinostroza

Cómo Volar un Edificio

A poco de regresar a París, Santiago ya se estaba quedando sin plata. Estuvo buscando chamba aquí y allá, pero sin mucha suerte, y recurrió a su amigo Ostilio, que era el decano de los latinoamericanos porque había estudiado en La Sorbona hacía un siglo, a ver si se le ocurría algo. “Aparte de escribir, ¿qué sabes hacer?” le preguntó Ostilio, y Santiago rememoró lo que hacía en el Perú antes de viajar a Europa. “Publicidad” repuso. “Llegué a ser jefe del departamento de Cine, Radio y Televisión, en una compañía americana”. “Pues por ahí hay que buscar” dijo Ostilio y se le ocurrió una idea: “¿Sabes?” le dijo excitado “Yo estudié con un muchacho judío, Jacques Felder, que se ha vuelto muy famoso con la publicidad en Mayo ’68, ¿no te acuerdas de la página sobre Einstein que salió en Le Monde?” Y en efecto, en plenos sucesos de Mayo, cuando los estudiantes pelucones y barbudos realizaban mítines gigantescos y la Policía los apaleaba, apareció varios días seguidos en Le Monde un singular anuncio a página entera, que mostraba una conocida foto de Albert Einsten en que aparece con su gran melena blanca, con un texto debajo:

“E= mc2

El también llevaba el pelo largo”

Firmado: Felder Publicistas, lo que era la mejor presentación de lo que sabían hacer. “Somos muy amigos, si quieres te consigo una cita” le dijo Ostilio, y Santiago aceptó. A los pocos días Santiago se ponía sus mejores pilchas para ir a ver al famoso publicista. Era a las 4 de la tarde, en un gran edificio de la compañía, que estaba por el rumbo de La Ópera. No se podía equivocar, porque el último piso ostentaba un enorme anuncio luminoso: “Felder Publicistas”.

Felder lo recibió en su imponente escritorio del último piso, que tenía una fabulosa vista de París. Era un cincuentón flaco y elegante, muy ágil y despierto, que estaba en todas. “Me dice Ostilio que usted tiene mucha experiencia en publicidad” le espetó de entrada, “Hábleme de eso”. Durante los diez minutos siguientes Santiago le enumeró los puestos que había desempeñado en las tres agencias en que había trabajado: “Libretista de TV, redactor de comerciales y de story-boards, Jefe de Departamento.” Tuvo que explicarle a Felder que este último puesto se lo debía a que había seguido un seminario de “Producción y Dirección de Cine, Radio y TV” en la CMQ de Cuba, nada menos, y estaba entrenado en el lenguaje audiovisual. “¿Cuánto tiempo en total ha trabajado en Publicidad?” le preguntó Felder, y él le dijo que unos 4/5 años. “Pues mire, nuestra empresa prefiere tomar a jóvenes recién egresados de las escuelas de publicidad, para formarlos en la filosofía de la empresa, pero su experiencia me parece interesante, y vamos a hacer una excepción con usted”. Y acto seguido le propuso un puesto en el sector audiovisual de la agencia, ya se vería en cuál, “aquí estamos organizados de diferente manera”, y podía comenzar a partir del lunes. En cuanto al sueldo, él iba a comenzar con el mínimo de la agencia, que para Santiago era una suma fabulosa, y según su desempeño ya lo irían colocando en puestos de mayor responsabilidad.

Terminada la entrevista, ambos se pusieron de pie para despedirse, Santiago estaba radiante, y le daba ganas de abrazar al judío, pero en ese momento Felder le decía: “Por cierto, señor Figueroa, Ostilio me dice que usted escribe poesía” “Sí, claro” repuso Santiago “tengo un par de libros publicados…” “Quería decirle que la política de la agencia no le va a permitir seguir haciéndolo, pues para nosotros todo lo que es realizado dentro del trabajo pertenece a la agencia, y usted no puede publicarlo por su cuenta” dijo Felder mirándolo fijamente. “¿Quiere usted decirme que no voy a poder escribir poesía?” “No, no es eso exactamente, pero nosotros estamos pagando por todo su talento creativo, por eso lo pagamos bien, pero no queremos que lo use en cosas ajenas a la agencia”. “¿Pero si lo hago fuera de las horas de trabajo…?” “En sus vacaciones anuales más bien, ahí es libre de disponer de su tiempo como quiera” pronunció, implacable, Felder.

Santiago miró por la ventana el fabuloso paisaje parisino, se adelantó hacia ella sin decir palabra, y de pronto se volvió a Felder y le preguntó: “¿Cuántos pisos tiene su edificio, señor Felder?” El otro lo miró como diciéndose y eso qué tiene que ver, pero igual respondió: “22 pisos”. “¿Sabe usted lo que pasaría con su bello edificio si yo pongo todo mi talento aquí adentro, y nada afuera señor Felder? ¡Pues que explotaría en mil pedazos! ¡Y yo no quiero provocarle tal desastre financiero, señor Felder!” concluyó triunfalmente Santiago, dejando al publicista estupefacto. Le extendió la mano, que el otro le dio mecánicamente, y se fue.

A las pocas semanas, en una galería del Barrio Latino, donde inauguraba Botero, estaba Ostilio en su función de Agregado Cultural de Colombia, acompañado de Santiago. La galería estaba atiborrada y no cabía un alfiler, cuando de pronto Santiago vio, allá al fondo, a Jacques Felder enfundado en un abrigo de piel, abriéndose paso a codazos hacia ellos, mientras arrastraba a un linda chica envuelta en una boa naranja. “Mira quién viene!” llamó la atención de Ostilio, que no conocía los pormenores de la entrevista, y le sonrió a Felder animándolo a llegar. Apenas estuvo delante de ellos, acezante y agitado se dirigió a Santiago, señalándolo con el dedo, y le espetó: ¡“Nunca me habían hablado así! ¡Nunca!” repitió enfáticamente, mirándolos a los dos alternativamente. Y luego “Esta es Laura” dijo, como presentándoles a la chica de la boa naranja. “Por cierto, si todavía quiere usted el trabajo, podemos conversar” dijo dirigiéndose a Santiago. “No, gracias!” se disculpó éste, “Ya tengo uno”. (Por: Rodolfo Hinostroza)


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