ATALAYAECONÓMICA Por: MANUEL ROMERO CARO
Humala y los Empresarios
La cambiante relación entre el presidente Ollanta Humala y el empresariado podría ingresar a una nueva fase. Los reclamos de los gremios empresariales al gobierno están aumentando en número y en intensidad.
Y es que problemas no faltan: la cada vez más grave apreciación del tipo de cambio; las modificaciones en las normas laborales y tributarias; las discrepancias con la política comercial del gobierno (se han paralizado las negociaciones para lograr nuevos tratados de libre comercio a pesar de la buena disposición de países como la India); la inacción en materia de reformas estructurales claves; el deficiente manejo de los conflictos sociales, etc.
Y en otro campo los problemas son aún mayores: por ejemplo, la inseguridad ciudadana es cada vez mayor y las respuestas del gobierno decididamente no son convincentes. Esta problemática ya está atrayendo la atención de las agencias calificadoras de riesgo.
Igualmente frustrante es el considerable retraso de numerosos proyectos de inversión. Muchos ya venían retrasados por el periodo electoral y, en los primeros meses del actual gobierno, por el inicial recelo al candidato Humala de la Gran Transformación.
Despejada la incertidumbre, los proyectos confrontan protestas alentadas por movimientos ambientalistas, una burocracia ineficiente, nuevas restricciones legales e indecisiones de un gobierno que claramente no estaba preparado para afrontar los desafíos del Perú de hoy.
Las promesas gubernamentales sobre estos temas han quedado solo en palabras, dando paso a una preocupante inacción gubernamental. Por eso no sorprende la importante disminución de la inversión privada.
No es de extrañar que en el último sondeo a un grupo de empresarios, y que representan un importante porcentaje del PBI, el 52% calificara “deficiente” el rol del gobierno en el impulso de la inversión privada, cuando hace apenas seis meses solo el 23% de los ejecutivos eran tan críticos, según el servicio de asesoría empresarial de Apoyo.
Cada vez con mayor frecuencia y sarcasmo, el Presidente arremete contra todos, con excepción de su alma máter, el Ejército.
A veces pareciera que el gobierno pretende estar al margen de críticas porque mantuvo las líneas centrales del programa económico, lo cual sería un error estratégico.
Si el principal factor de la alta popularidad de Humala es el importante crecimiento económico, pero continuase sin dar soluciones efectivas a los problemas descritos, el gobierno podría desestabilizarse.
Cierto que el gobierno no tiene el monopolio de la culpabilidad. La reacción de algunos empresarios frente a los problemas ambientales ha dejado mucho que desear.
Y algunos empresarios aún no internalizan el cambio en la actitud del Ejecutivo hacia las inversiones. Del “perro del hortelano” de Alan García –y consecuentemente de todo el sector público– al “primero es el agua y luego el oro” de Humala hay una gran distancia.
Aquellos que no se percatan de este sustancial cambio, así como de otros (los gobiernos regionales y locales; los movimientos campesinos y los ambientales tienen mucho más fuerza que en el gobierno anterior) lo pagarán caro.
Ahora, las posibilidades de que el presidente Humala se aleje de las líneas maestras del programa económico son reducidas.
Sin embargo, las continuas vacilaciones del Presidente en ciertos temas como el referido al rol subsidiario del Estado, siembran dudas sobre cómo reaccionará cuando empiece a caer en las encuestas conforme avance su gobierno.
Hay quienes opinan que existen condiciones favorables para el populismo.
Se debe diferenciar entre aquellos jefes de Estado que llevan adelante un programa económico motivados por un convencimiento ideológico, de los “pragmáticos” que lo adoptan una vez conquistado el poder.
Cuando las papas queman, difícilmente los primeros cambiarán de rumbo, mientras que los segundos estarán más inclinados a flexibilizar el programa para administrar la crisis. Humala todavía no ha enfrentado esos desafíos.
La evolución de pirómano a bombero no es nada fácil. (Por: Manuel Romero Caro *)
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(*) Economista