Opinión Por: GREGORIO MARTÍNEZ
Animalidad y Humanidad
¿Con qué atribución, antropólogos y científicos de Colombia y de la Smithsonian Institution de Estados Unidos se permitieron sobrevolar en una avioneta, en medio de la selva amazónica, por encima de la vivienda colectiva de una ínfima tribu indígena que, supuestamente, nunca había tenido contacto con la civilización?
Debido a mi origen montés puedo asegurar el terror, y quizás una perturbación irreparable, que debe haber estremecido el ánimo de los tribeños, especialmente de los menores, al ver el rugiente aparato volador que los amenazaba. Dicho acto, empedrado de las mejores intenciones científicas, constituye un crimen. No digo de lesa cultura y menos de lesa humanidad. Sencillamente un crimen.
En una crónica publicada en la revista Smithsonian, marzo 2013, Joshua Hammer relata la hazaña que cumplió con los antropólogos colombianos Eliana Martínez y Roberto Franco: el descubrimiento de un grupo indígena “que rechaza el encuentro con la civilización y que vive en la edad de piedra”. Aunque vale recalcar que en la amazonía no hay piedra, excepto la piedra de la abstinencia y la imaginaria piedra filosofal, la ayahuasca, que don Hildebrando Ríos, en Pucallpa, le mostró al beatnik Allen Ginsberg, todavía en 1960.
Para cierta ciencia social, desde antes que Claude Levi-Strauss escribiera “Tristes trópicos”, un pueblo primitivo, sin rastro de cerámica ni agricultura, y menos destilería de algún tipo, significaba una entera biblioteca viviente para conocer los orígenes y el desarrollo de la humanidad.
Supuestamente ahí, en ese pueblo primitivo, estaba nuestro ancestro, la muestra actuante de cómo había sido la humanidad en sus inicios.
Lo que Smithsonian Institution y cierta ciencia social no pueden entender es que los pueblos primitivos que se retiraron a la profundidad de los bosques, a las selvas, a los hielos del Ártico, a lugares de apariencia inhabitable, son aquellos grupos que rechazaron el forzado camino de civilización, el obligado abandono de la animalidad, los que se negaron a aferrar el fémur como arma para descalabrar al prójimo, exactamente como se ve en la película de Stanley Kubrick, “2001 Odisea del espacio”, estrenada en 1968, cuando ardía París.
Durante años, tal vez centurias y milenios, los uros que habitan champas flotantes de totora en el Lago Titicaca han sostenido que ellos no son humanos. Nadie, nunca, ha querido creerles. Ni siquiera la antropología ni la lingüística. Bueno, peor la lingüística porque los especialistas dirán, salvo excepciones: si los uros hablan y manejan un idioma tienen que ser humanos. Como si los animales no hablaran. Como si el chaucato no nos avisara que hay una víbora, específicamente una víbora, cuando la divisa con sus ojos poderosos desde la rama de un guarango. En Chile, eso mismo hace, pero desde el suelo, pues detesta volar, el pájaro llamado tapaculo.
La teoría de cierta antropología pontifica que los uros han sido despreciados por los pueblos más civilizados y, axial, han internalizado ese desprecio hasta el extremo de afirmar que no son humanos. Mentira. Los uros saben perfectamente lo que dicen. Lo vienen repitiendo por centurias y aun milenios, desde el momento que consideraron que la manera como el homo sapiens quería salir de la animalidad era solo el ejercicio de la violencia y la dominación.
Por supuesto, para un ser humano, civil o militar, lego o científico, resulta correcto y normal sobrevolar en una avioneta por encima de una aldea de un pueblo primitivo que cree que el reino animal es uno solo, que no existe ningún indicio biológico ni cósmico que demuestre que el homo sapiens es distinto al lobo o a la sofisticadísima estrella de mar que ya no necesita cerebro ni estómago para vivir su existencia colorida y estelar mejor que Marilyn Monroe.
Benedicto Spinoza negó, con fórmulas matemático filosóficas, la existencia de una naturaleza humana. Después lo reiteró Jean-Paul Sartre en su voluminoso “El ser y la nada”. Filósofos y científicos actuales han vuelto sobre el punto.
Pero nadie, civil o militar, se atrevería a volar sin permiso sobre el aire de un país que no fuera el suyo. Los pueblos indígenas de la selva amazónica han vivido por siempre en el territorio que ocupan. Por tanto, ellos tienen que otorgar el consentimiento si alguien quiere contemplarlos desde la altura.
Solo a partir de la idea peregrina de que en el reino animal hay una prodigiosa singularidad, cierta ciencia social teoriza que los pueblos primitivos son los vestigios de los primeros escalones de la humanidad. Todo empezó cuando Aristóteles dividió la animalidad en racional e irracional. Bien dice César Calvo en “Las tres mitades de Ino Moxo”: mejor preferiría nacionalizarme culebra. (Por: Gregorio Martínez)