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Historia Dos sobrevivientes del Holocausto asentados en Lima recuerdan sus historias a 80 años de la apertura del primer campo de concentración nazi.

Tocando las Puertas del Infierno

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El 22 de marzo de 1933 se abrieron las puertas del infierno de Dachau, el primer campo de concentración nazi.

Dachau fue el prototipo y el modelo. Abrió sus puertas el 22 de marzo de 1933 en lo que quedaba de una fábrica de municiones abandonada, en la ciudad homónima al noroeste de Munich. En sus doce años de existencia –y según las cifras oficiales de los Juicios de Dachau– se recibieron a 206,206 prisioneros y se produjeron 31,951 muertes (sin contar los miles que fallecían en el camino). En la entrada a Dachau podía leerse la frase Arbeit macht frei (“El trabajo libera”). La misma que enmarcaría posteriormente otros campos nazis. Como Auschwitz-Birkenau, la versión perfeccionada de la muerte que acogió a Hirsz Litmanowicz.

EL ÁNGEL DE LA MUERTE

Hirsz Litmanowicz (1931) llegó al Perú en los cincuenta. Venía de Polonia, más precisamente de Będzin, un pequeño lugar cerca de Auschwitz. Vivió en La Victoria, se casó con una peruana, tuvo nuevamente una familia y se mudó, finalmente, a San Isidro, donde vive y sobrevive a sus pesadillas hasta el día de hoy. Pero muchos años atrás, en un tiempo del que ya casi nadie tiene un recuerdo fidedigno, Litmanowicz era el número 125424. Llegó a los once años al campo de concentración y exterminio de Auschwitz y allí conoció a Josef Mengele. “No podría decir que era un monstruo como los otros”, confiesa sentado en su sillón de la sala. El ángel de la muerte, vara en mano, lo obligó a hacerle los mandados durante dos meses. A través de sus ojos vio todo el proceso de selección. Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS, había dado las órdenes específicas. Los ancianos iban directo al crematorio. Los adultos debían ser revisados, a ver si servían como fuerza de trabajo. Los menores de edad despertaron el interés de Mengele. Sobre todo los gemelos.

Litmanowicz fue trasladado al campo de concentración de Sachsenhausen, en Alemania. Como parte de una serie de experimentos fue inoculado con la hepatitis B. Finalmente, cuando los Aliados estaban ya demasiado cerca, los prisioneros fueron arriados hacia Hamburgo en una caminata de catorce días, sin comer ni tomar alimento alguno. La marcha de la muerte quedó inconclusa y en el camino los niños fueron liberados por el ejército británico. Con el pasar de los meses se fue a vivir a París. Años después estudió carpintería. De eso vivió y aún vive.

LOS DOS TOTALITARISMOS

Era 1940 pero ella no lo sabía. Tenía en ese entonces solo dos años de edad y era aún inconsciente de su propio miedo. Afortunadamente para ella, su padre sí había visto el huevo de la serpiente. Por eso decidió enviarla lejos, junto a su madre. “Él sabía desde hace mucho lo que venía sucediendo en toda Europa”, explica Raquel Braverman (1938), hija de aquel sobreviviente del holocausto. Aquella memoria histórica ha sido resguardada del resto del mundo durante décadas en una pequeña casa de San Isidro.

Abram Braverman, técnico textil nacido en 1909, eligió quedarse en Iasi, cuidar la fábrica y esperar lo inminente. Su historia resume a la vez muchas otras historias. Fue partisano y prisionero durante la ocupación nazi. Sobrevivió en los infiernos de Polonia y Moldavia. Huyó hacia el este y fue capturado por los comunistas. “Los rusos, al igual que los alemanes, te quitaban todo”, recuerda de memoria Raquel Braverman, con los puños cerrados. Su padre también vio de cerca al otro totalitarismo y siguió el destino de todo rumano: girar las armas hacia Alemania y apoyar al Ejército Rojo. Junto a su reencontrada familia fue trasladado a lo que hoy se conoce como Uzbekistán, donde había muchos gusanos de seda. Había que aprovechar sus habilidades textiles para fabricar paracaídas. Luego se instalarían en Chernóbil, al norte de la República Socialista Soviética de Ucrania. Con el fin de la guerra llegó también el fin de los Korenfeld de Rumania. Los pocos Braverman restantes se esfumaron en el otro lado del mundo. Raquel Braverman llegó al Perú a los 11 años, de la mano de su padre. No sabía leer y tuvo que hacerse pasar por católica. Hoy escribe su historia. (Escribe: Carlos Cabanillas)


 


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