Justicia Sorteando policías encubiertos y periodistas, Eva Bracamonte y Liliana Castro lograron entregarse a la justicia y evitar ser capturadas.
Las Cartas de Eva VI
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“Teníamos que lograr esquivar todo el operativo de captura que había a nuestro alrededor y entregarnos voluntariamente...” |
Eva Bracamonte tenía 21 años cuando llegó a Palacio de Justicia para entregarse. Tan solo 24 horas antes era una estudiante de la Universidad Católica. Ahora, como cuenta en esta nueva entrega, enfrentaba al kafkiano sistema judicial peruano en medio del interés mediático que rondó su caso desde el día del asesinato de su madre Myriam Fefer tres años antes. (PC). Cuanto más se acercaba la hora, menos miedo sentía. Siempre he estado segurísima de que mi mamá no estuvo conmigo, sino EN MÍ en ese momento, porque cada minuto que pasaba me sentía más fuerte y cada vez tenía más actitud de soldado que va a la guerra y menos actitud de niña asustada.
Decidí que iba dormir temprano porque quería levantarme fuerte y que antes de dormir me comería la hamburguesa, así no tuviera hambre. Y cada vez reconocía más en mí ese enorme soldado que me apareció también cuando me fui a Israel, esa fuente de poder que todos tenemos, pero no todos tenemos la suerte de conocer. Ya no tenía miedo. Si la vida o quien sea me había puesto eso delante, entonces me tocaba ser valiente y nada más.
Llegó la noche y se fueron algunas personas. Más o menos a las nueve cada uno se fue al cuarto en el que iba a dormir.
No tenía más ropa que la que llevaba puesta, top, calzón, pantalón de buzo negro, bbd verde, polo de manga larga de rayitas y sweater verde; y tampoco podíamos ir a recoger nada a la casa, porque para ese momento la Policía ya nos estaba buscando por todos lados. Me bañé y me puse un pantalón de pijama de Tatiana. Lavé el calzón para ponérmelo al día siguiente otra vez, me puse el bbv verde y el sweater, y me fui a dormir.
De cuando en cuando se me caían las lágrimas un rato. Mi soldadito interno también estaba descansando. Sabía que esa era mi última noche “de ese lado del mundo”. Quizás también sería mi última noche en una cama.
A las seis de la mañana me despertó un olor nauseabundo: el gato se había hecho la pila en la cama y mi casaquita verde estaba húmeda. Opté por bañarme rápido, ponerme la misma ropa del día anterior y salir del cuarto. Me senté en el sillón de la sala y esperé a que pase el tiempo, que de pronto ya había pasado. Tocaron la puerta, era Ricardo.
Apenas vi que había llegado, desperté de un empujoncito al soldado que tenía que acompañarme y apareció de nuevo. Se me quitaron las ganas de llorar y se me quitó el miedo. Y es que, además de ser una injusticia espantosa, lo que estaba pasando también era una aventura de vida.
Una vez más mi vida terminaba y empezaba, y yo quería vivir eso segundo a segundo, sin perderme de nada. Quería sentir y ser consciente de todo lo que iba a sentir, sufrir, temer, extrañar, quería que no se me escapara nada, y una vez que la puerta del departamento se cerró detrás de nosotras, ya estaba lista.
Ricardo, su papá, Lily y yo salimos del departamento de Tatiana minutos antes de las siete de la mañana. Nos dirigimos al Poder Judicial en la misma camioneta del día anterior. Lily y yo, acurrucadas en la maletera y tapadas con una colcha, nos miramos fijamente durante todo el camino. El destello de sus ojos viajaba clavado en los míos. Solo el destello, porque la oscuridad dentro de la maletera y debajo de la colcha no permitía ver nada más. La única conversación que tuvimos fue esta:
“Esto fue lo que sintieron esos hombres y mujeres en los trenes que los llevaban a los campos de concentración en el Holocausto”. Lily: “Sí, Lo”.
Una cantidad incalculable de tiempo después llegamos al Centro de Lima. Debo admitir que cuando todo empezaba a indicar que estábamos llegando a nuestro destino no me aguanté y saqué la cabeza de debajo de la colcha para mirar la calle. Fueron solo unas pocas cuadras pero me bastó para advertir el ambiente de tensión que había en las calles cercanas al Poder Judicial.
Se notaba, se sentía en el aire, en las veredas y en las esquinas, que algo estaba pasando. Ricardo y su papá permanecían en silencio y muy concentrados, mirando la calle con visión panorámica, tratando de asegurarse de que nuestra llegada se mantenga en secreto hasta que estuviéramos dentro.
Era evidente que todos alrededor nos estaban buscando y en este momento pienso por primera vez –primera de las cientos que han venido luego– “no puedo creer que todo este movimiento sea por mí, insignificante ser de 159 centímetros y 45 kilos, increíble”).
Entramos a un estacionamiento muy cerca del edificio del Poder Judicial y nos cuadramos para esperar a Julio, que nos daría las instrucciones de lo que debíamos hacer. No tardó mucho, llegó y se sentó rápidamente en el asiento de atrás. Nosotras seguíamos en la maletera, pero ya nos habíamos soltado las manos. Julio nos explicó que todas las calles que rodeaban el PJ estaban llenas de policías y que íbamos a tener que hacerlo todo muy rápido.
Ricardo iba a estacionarse lo más cerca posible del edificio y entonces los tres bajaríamos rapidísimo y correríamos lo más rápido que pudiésemos hasta estar dentro, es decir, teníamos que lograr esquivar todo el operativo de captura que habría a nuestro alrededor y ENTREGARNOS, porque por más que suene como un detalle sin importancia, al parecer legalmente es mucha la diferencia entre una captura y una entrega por voluntad propia.
Después de esta explicación y al entender que debíamos cumplir con una meta inmediata sobre algo que, se suponía, era decisivo, inevitablemente la atmósfera se transformó de nuevo: dejó de ser tristeza miedo y horror y se convirtió en estrategia, en velocidad y en adrenalina. Esperamos los minutos que faltaba para que sean las ocho, hora en que abre el PJ, y cuando llegó el momento Ricardo manejó hasta el punto convenido, que de todas formas dejaba varios metros de distancia hasta la entrada del edificio.
Mientras, Lily y yo ya estábamos listas para saltar de la maletera a los asientos de atrás en cuanto Julio nos avisara. Para ese momento la adrenalina ya había despertado (por fin) a mi soldado interior. Después de fijarse bien que no haya nadie lo suficientemente cerca para atraparnos, Julio exclamó: “Ya, chicas! Vamos, rápido!” mientras abría la puerta de la camioneta.
Lily y yo saltamos hacia adelante y los tres bajamos del carro y empezamos a correr lo más rápido que pudimos hasta la puerta del PJ. Varios metros de pista, vereda, y luego escalones. Volamos hasta la entrada y gracias a Dios nos abrieron rapidísimo.
Entramos y apenas las puertas transparentes se cerraron detrás de nosotras, decenas de decenas de caras de policías y periodistas se estamparon contra las lunas, todas al mismo tiempo. (Felizmente no habíamos notado que nos seguían de tan cerca mientras corríamos, le tengo fobia a las persecuciones en las escaleras, por alguna película, creo.) En fin. Ya no importaba: estábamos dentro y nadie había podido “capturarnos”. Recuerdo el sonido de nuestras risas (sí, risas, a pesar de TODO), ahogadas y exhaustas, pero risas.
Bueno, fue gracioso durante dos segundos, hasta que, mientras caminábamos a la oficina del juez, la cara con la que nos miraban TODAS LAS PERSONAS que estaban dentro del PJ nos trajo de vuelta automáticamente a lo que estábamos viviendo. Caminamos por pasillos llenos de ojos asombrados, acusadores, compasivos, morbosos hasta que llegamos a la oficina del juez que había “considerado que éramos un peligro en las calles y que nos íbamos a escapar”. (Continuará).