Dueño de Nada Escribe: RAFO LEÓN
Un Nuevo Horizonte Político
Buena, Nelson Manrique, en tu columna publicada la semana pasada en un tabloide local (no entiendo por qué no puedo precisar que se trata de La República), lograste sintetizar en una frase de apenas cuatro palabras, lo que yo trato de ordenar en mi cabeza desde hace años. Tu virtuosa frase cierra un párrafo en el que analizas la corrupción como un fenómeno que ya forma parte de las reglas en la economía, la política y la vida social y no solo acá, acá y en España y en Rusia y en los Estados Unidos y en Alemania. Como bien señalas, la honradez que enarbola Susana Villarán no le reditúa a favor; en cambio, la ausencia de escrúpulos que caracteriza a las verdaderas cabezas de la revocación –García, Castañeda Lossio, el fujimorismo– alimentan el Sí con el mejor forraje.
Frente a este hecho objetivo, planteas la posibilidad de “un nuevo horizonte político”. He ahí la frase del año. Es que ya no es posible tratar de enfrentar fenómenos que para la ley vigente son ilegales y delincuenciales, con paradigmas punitivos que corresponden a una época que ya se fue, en la que el sector privado hacía lo suyo (a la manera hobbesiana, ciertamente, porque esa es su entraña), el Estado se encargaba de controlar sus desmanes y así se establecía una economía política casada con la legalidad y la democracia. Ese modelo, sin embargo, dejó de existir (si es que alguna vez existió).
El hecho de que haya economías paralelas que generan ganancias con las cuales no pueden competir ni las fortunas de los diez millonarios peruanos reconocidos por Forbes, demuestra que lo informal/ilegal será lo que triunfe sobre la clásica definición de capital y trabajo. Estas economías en el Perú de hoy están compuestas por el narcotráfico, el tráfico de personas, el comercio clandestino de armas, la minería ilegal, el comercio de maderas finas, el contrabando, etc. Sumemos al repertorio la corrupción enquistada en el aparato formal y oficial, y tendremos la radiografía de lo que no se ve, por ser lo más importante.
Para que este sistema se mantenga y crezca, como viene ocurriendo, debe contar con la participación de sectores sociales muy deprimidos, que ven así una salida a su situación de marginación (campesinos cocaleros, traqueteros, mochileros, señoras que transportan celulares bajo las polleras, taladores de sus propias chacras, jóvenes desempleados del campo que bajan a la mina, etc.). Pero también ha de soportarse en una trama de autoridades civiles, militares y policiales corruptas. El Estado de estas economías es la mafia que abalea, ajusta cuentas y saca del camino a cualquiera que obstaculice sus operaciones, y eso cala en la población más ignorante y desmembrada del país, con la misma normalidad con que justifica el sicariato a los quince años de edad. Y, además, con un agravante en el caso del narcotráfico: en alianza con el terrorismo.
El “nuevo horizonte político” de Manrique, como yo lo he entendido, implica un cambio de gran magnitud en los paradigmas legales tradicionales, pero también en lo productivo y en lo social. No me meto con la ética individual, el continente oscuro de la vida. Pero así como se debate desde hace décadas el tema de la legalización de las drogas como un remedio de mercado al problema del narcotráfico y el consumo, de la misma manera va a haber que crear fórmulas para que surjan áreas de interés común entre dos círculos que se cortan, el de los buenos y el de los malos. ¿Extracción de oro y de maderas en zonas que no sean de protección estricta? ¿Reducción de controles aduaneros para que el contrabandista pierda motivación? ¿Darle forma contractual al negocio del traslado de personas? Yo no lo sé, pero mientras las cosas se sigan manejando bajo un modelo esquizofrénico, donde lo legal pretende imponerse aún cuando ya no funciona, me hace sentir que estamos tratando de meter un marshmellow por la rendija de una alcancía. (Rafo León)