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Opinión Por RODOLFO HINOSTROZA

El Viaje Más Caro del Mundo

Cuando Santiago hubo terminado con ese adoquín en que se había convertido su libro de astrología encargado por Carlos Corrales, ya estaba a punto de mandarlo a Barcelona por la Western Union, cuando justamente Ostilio lo llamó para anunciarle que esta noche se iba a Barcelona, “no quieres que te lleve algo...” bien servicial el colombiano, que caía al pelo para llevarle el manuscrito. “¡Perfecto!” se dijo, “de la mano a la mano” y le dio el adoquín bien empaquetado, con cargo de entregárselo a Carlos en mano propia.

Pero las cosas no siempre salen como uno las planea. Ostilio estuvo leyendo el manuscrito en el avión y le encantó. Como esa noche tenía una comida en casa de su compadre García Márquez, con su agente literaria Montse Llompart, no tuvo empacho de llevarle el libro a la famosa agente, porque estaba seguro que iba a ser un best-seller, y que su editor lo iba a estafar sobre el tiraje, como ya había hecho con varios amigos suyos, entre ellos el propio Vargas Llosa. De modo que, despues de la comida, a la hora del cognac, se lo dio a la agente, que apenas lo hojeó exclamó: “¡Pero es que esto es un best-seller!”.

Decidieron pues llamar a Santiago a París, pero no contestaba, de modo que Ostilio dejó un mensaje en su respondedor diciendo que la agente lo había llamado, y que la llame a tal número, pero si no puede, lo va a volver a llamar a las 9 de la mañana... Santiago había salido a comer con Max, el hippie a quien tenía alojado en su casa, y regresaron juntos hacia la medianoche, y aunque Santiago recibió el recado, ya era un poco tarde para llamar a Barcelona.

Era una tibia noche de primavera, con una luna espléndida, y Max encontró que este era el momento ideal para tomarse una pastilla de LSD, y se lo comunicó a Santiago: “Si tú tomas, yo te cuido”, le dijo, muy seriecito, “Pero si tú no tomas, tú me cuidas” y le alargó una pastilla negra, alta y flaca. “Tu testigo tiene que tener experiencia”, le dijo, y lo convenció, “¡Ahora o nunca!”, exclamó heroicamente Santiago, y se despachó la demoníaca pastillita negra, con un vaso de agua, y esperó. Max miró su reloj: “La una y media. O sea que a las 9 y media ya estarás de regreso. Vas a tener sed. Voy a preparar un té mientras te hace efecto, unos 20 minutos más o menos. Échate en la alfombra, si quieres”.

Fue un tremendo viaje, si hay quien lo dude. En cosa de 40’ Santiago volaba sobre el Techo del Mundo, sentado sobre una alfombra mágica. Le parecía sentir el viento en la cara, el zumbido en las orejas... En cualquier momento se iba a aparecer el traidor Jaffar, montado sobre un caballo volador... pero el príncipe Sabú le iba a tirar un solo flechazo allí, en la frente, y el traidor iba a caer descuartizado... Le parecía también que la alfombra podía deslizarse sobre las paredes, sobre cada muro, cada columna... O que él era ese muro, esa columna... El único momento de angustia que hubo en ese vuelo es cuando se produjo la alternancia sujeto-objeto: Santiago era un sujeto que miraba una copa, pero de pronto era una copa que estaba mirando a un sujeto, y otra vez un sujeto que miraba una copa, y de nuevo un objeto, y cada vez más rápido más rápido, y de pronto otra vez Santiago estaba mirando fíjamente una copa, y se reía a carcajadas...

Al cabo de 8 horas de viaje ya estaba aterrizando, y tenía mucha sed. Max le sirvió un gran vaso de té frío, con limón, y Santiago se arrebujó en su cama para disfrutar la última parte del vuelo, que era la más sensual y más bonita: todo se veía bello, luminoso, todo irradiaba amor, paz, calma, se acababan las penas, uno sonreía beatamente arrullado por las huríes, que giraban y giraban en ese paraíso que parecía hasta mahometano, cuando el teléfono sonó, estridente, desfasado. Santiago no quiso responder, y lo dejó sonar, pero siguió sonando insistentemente, y al final no le quedó más remedio que responder... “¿Santiago Figueroa?” “El mismo”, repuso, “Con Montse Llompart, de la agencia literaria Barcelona”, Santiago se desperezó y dijo: “Sí, anoche encontré su mensaje, pero ya era tarde para llamarla... En qué la puedo servir”, se oyó decir, con una boca medio estropajosa, que no controlaba bien. “Mira, Ostilio me ha mostrado tu manuscrito y yo quisiera que me lo des, sé que está destinado al editor, pero hay una buena razón para esta intercepción que estoy realizando con tu manuscrito, porque esto es un best-seller, ¡mínimo 100,000 ejemplares!...” Y se fue exaltando mientras hablaba, y procedió a contarle el negro historial de su editor catalán, y a decirle que de modo alguno se podía confiar en ese señor... lo mejor era pues que ella hiciera de intermediaria entre autor y editor, que ella tenía otras formas de controlarlo, pero que necesitaba un contrato escrito. “¿Para qué?”, repuso Santiago, medio mareado por la explicación, “Yo le he dado mi palabra a Carlos”, explicó a la agente. “Y tengo que cumplir con él”. ¿“Te ha dado un adelanto?”, le preguntó la agente. “De cuánto”. “100,000 pelas” repuso Santiago. “Yo se lo devuelvo, de mi bolsillo”, le dijo ella, perentoria. “Pero yo no puedo hacerle eso a Carlos, es mi amigo!”, se lamentó Santiago. ¡Él me lo pidió! Si no me lo hubiera pedido, no lo habría hecho!”. “Piénsalo, Santiago... ¿Te pasa algo?”, le dijo ella medio extrañada... “No, nada, sino que yo no puedo hacerle esto a Carlos. ¡El mundo es amor!” exclamó Santiago volviéndose a tirar en su cama, regresando a su paraíso de huríes... “Todavía no lo han comprendido”, se dijo, extrañado. “El mundo es amor”.

Una hora más tarde entró otra llamada, era Mario Vargas Llosa que lo llamaba para confirmarle lo que le dijo la agente: “A mí mismo me estafó, a mí no me lo contaron, sino yo lo comprobé, y por eso ya no estoy con él, sino con Montse!”, le explicó. “No, es que yo le di mi palabra a Carlos... Todo lo ven plata...”, se quejó. “Descansa, hombre”, le dijo Mario, y le colgó. A mediodía Ostilio lo llamó y le dijo que, según sus instrucciones, había entregado el manuscrito al editor. “Gracias, hermano” le dijo Santiago, y colgó para seguir durmiendo.

El libro fue efectivamente un éxito, como todo el mundo lo había pronosticado, y Carlos le liquidó sobre los 18,000 ejemplares de la primera edición, y eso fue todo lo que Santiago recibió. Unos años más tarde, cuando ya había muerto Carlos y quebrado su editorial, el distribuidor de su libro le confesó que se habían vendido más de 100,000 ejemplares, por los que debieron pagarle unos 30,000 dólares, suma más que suficiente para darse la vuelta al mundo en un verdadero viaje... (Por: Rodolfo Hinostroza)


 


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