Justicia El relato de cuando Eva Bracamonte deja el juzgado para ingresar a los lúgubres ambientes de la carceleta.
Las Cartas de Eva VII
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“Solo llegaba hasta mí el rugido feroz de la gente. Sonaba a un animal gigante muriendo debajo del agua”. |
Había pasado ya un día desde que Eva Bracamonte, otrora estudiante del prestigioso colegio León Pinelo, había dejado atrás su despreocupada vida de estudiante universitaria para enfrentar a la justicia. A sus 21 años, nunca había escuchado hablar de la carceleta ni sabía qué significaba la palabra “marrocas”. Su entrega no solo significó el fin de sus estudios y su vida tal y como la conocía, sino el inicio de un periplo carcelario que duraría cuatro años (PC).Entramos a un lugar lleno de muebles apolillados y cerros de papeles que no dejaban caminar dos pasos en línea recta, esa oficina llena de polvo con pedazos de calendarios rotos en las paredes era la sucursal de justicia que nos había tocado.
Había un solo escritorio, así que mientras una señora mayor nos tomaba las “generales de ley” el juez esperaba parado. Y había una sola silla del otro lado, así que mientras Lily respondía las preguntas típicas (nombre, padres, edad, dirección, tatuajes, enfermedades, etc.) y se llenaba los dedos de tinta, yo esperaba parada. Y después al revés.
Una vez que terminamos el juez o la señora, no recuerdo, salió un momento y nos pidió que esperásemos. Esperamos y esperamos hasta que se abrió la puerta y entraron alrededor de diez “efectivos policiales”. Habían llegado a recogernos.
Se dividieron en dos grupos, cinco para Lily y cinco (los más grandes, por ser yo más pequeña), para mí. Nos explicaron que en la calle había un mar de gente y nos dijeron que no hagamos nada, que solo caminemos mirando para abajo y que si queríamos nos prestaban una frazada para taparnos las caras.
Yo había tenido suficiente de ir tapada con sacos y frazadas, por lo menos hasta el siguiente año y aparte no me parecía que había ningún motivo para querer taparme la cara. Sentía muchas cosas en ese momento, pero ¿por qué tendría que haber sentido vergüenza?
Entonces nos esposaron por primera vez.
Los policías se acomodaron para salir, adelante iría Lily, que estaba parada en el centro, con dos policías adelante, uno a cada lado y uno atrás. Y detrás iría yo, con los policías ubicados de la misma manera.
Como Lily es alta, lograba ver un poco, pero yo lo único que veía era uniformes negros a cada lado. Le dije a un policía: “señor, no veo nada” y me respondió que no necesitaba ver, que ellos me iban a guiar. Nos despedimos de Julio de lejitos y empezamos a caminar.
Al primer paso me di cuenta de que los policías caminaban todos demasiado pegados entre ellos, o sea que yo tenía poco, o mejor dicho ningún espacio para moverme. Traté de abrirme espacio con los brazos (que en realidad era como un solo brazo, por las esposas) pero no sirvió de nada.
Empezamos a caminar por los pasillos y yo no veía absolutamente nada, ni siquiera a los policías de Lily. Estaba como sumergida entre esos señores uniformados que parecían muros de contención, tan apretada que incluso me costaba respirar.
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De puño y letra de la autora, el antes y después de un año en la cárcel. |
Llegamos a la salida del Poder Judicial y alcancé a ver (gracias al desnivel que me colocaba a más altura que la calle) que afuera había cientos de personas, pero hasta ese momento no había entendido realmente lo conocidas que nos habíamos vuelto Lily y yo, así que tardé en entender que estaban ahí para ver cómo nos llevaban a la cárcel o para despedirse y darnos fuerzas o para gritarnos asesinas.
Cuando abrieron las puertas de vidrio, un bramido de voces y gritos lo inundó todo. El ruido era ensordecedor, no lograba entender nada de lo que decía la gente, solo llegaba hasta mí el rugido feroz de los que estaban afuera.
Era como el rugido de un animal gigante muriendo debajo del agua. Todo el odio detrás de esos gritos, todo el dolor, todo el sufrimiento desbocado y también el cariño que escondían los gritos de esa gente, los convirtió en alaridos de mi propia vida despidiéndose de mi.
Cuando empezamos a avanzar fue que comprendí algo que hoy guardo como un tesoro chiquito y que algún día contaré como se merece: no iba a tocar el piso en todo el camino. Empezamos a avanzar pero la presión que hacían los policías con sus cuerpos para protegerme, me levantaba literalmente del suelo.
Dimos solo unos pocos pasos hacia adelante, porque de pronto doblamos a la derecha y vi unas escaleras hacia abajo que en ese momento me parecieron terroríficas. Gracias a los gritos y a los movimientos bruscos no pude concentrarme en el nuevo terror.
Bajamos las escaleras como escupidos con fuerza desde otro lugar. Seguí sin tocar el suelo, y es eso a lo que me gusta llamar un tesoro, un tesoro de cosita vivida.
La carceleta es un lugar subterráneo, cerrado, oscuro y feo. Ahí es normal ver las siguientes cosas: ratas, hombres sin ropa parados en fila siendo “bañados” con una manguera, hombres en fila enmarrocados unos a otros de pies y manos, chicas asustadas recién detenidas durmiendo en colchones asquerosos, cucarachas, miles de mensajes escritos en las paredes, presos reincidentes reencontrándose con sus amigos, etc.
Y se hacen las siguientes cosas: se va a donde un médico, doctor o doctora, que te hace desvestirte, te revisa y te pregunta las mismas cosas que ya te han preguntado en el PJ, y se va donde una persona, (siempre de mal humor) que te pregunta otras cosas que también te habían preguntado arriba y luego te hace poner más huellas que nunca en tu vida, huellas de cada dedo, de cuatro dedos, de palma, de dedos y palma, de ambas manos juntas.
En este mismo lugar es que te toman las famosísimas fotos, de frente y de perfil, con el cartelito y el número, y aunque suene ridículo, en ese momento algunos se sorprenden a sí mismos haciendo el ademán de “sonreír para la foto”.
El trabajo de esta persona que te toma las huellas y fotos es avisarle al resto del mundo que eres un sujeto peligroso y que hay que tener cuidado contigo.
Después de pasar por todo esto uno espera en una celda grande en la que hay un par de camarotes a que lo llamen para la entrevista de la que dependerá a qué penal será trasladado.
Mientras Lily y yo esperábamos ahí, conocimos a una chica que había venido de provincia a su diligencia de beneficios, y nos pusimos a conversar con ella. Le hicimos mil preguntas sobre los diferentes penales de mujeres mientras nos íbamos enterando de que había más de uno y, conforme nos iba contando cómo era, nuestra idea del túnel redondo se iba desvaneciendo y se iba convirtiendo en curiosidad.
Las horas que estuvimos ahí las pasamos como jugando “mar y tierra”: pasando de la curiosidad hacia lo que estábamos viviendo y por vivir a la nostalgia gigantesca de todo lo que dejábamos atrás, con el miedo como telón de fondo, como siempre.
Un par de horas después llegó a visitarnos alguien de la Defensoría del Pueblo, y luego Julio. Les dijimos que estaba todo bien (claro, dentro de lo horroroso que nos estaba pasando todo estaba siendo “correctamente horroroso”), y otro par de horas después por fin nos llamaron a la entrevista.
Nos indicaron que vayamos a esperar a otro lugar, como un patio pequeño afuerita de una oficina. El lugar era un poco tétrico a pesar de tener cielo en vez de techo.
Nos sentamos a esperar en un banquito y empezamos a mirar para arriba, intimidadas por todos esos metros que nos alejaban de las oficinas, de la calle y de toda la gente “normal” (así pensábamos), y entonces vimos que por las rendijas de tres o cuatro ventanas diferentes salían manos con cámaras que apuntaban hacia nosotras.
Dejamos de mirar resignadas, agotadas y hartas, y he aquí una “curiosidad”: en ese momento, mientras esperábamos, Lily me preguntó: “tienes un colet?” y yo le dije: “sí, toma” y le di el que tenía en la muñeca. Al día siguiente salió esto: “Eva y Liliana intercambian alianzas y se juran amor eterno en la carceleta del Poder Judicial”. De esas “curiosidades” tengo demasiadas.
Bueno, pasamos la entrevista una por una. Consistía en responder preguntas de este tipo: “¿sabes por qué estás acá?” y “¿qué opinas de eso?”.
Cuando ambas terminamos volvimos a la celda en la que estaba nuestra nueva amiga y esperamos unas horas más con ella hasta que nos avisaron que ya nos íbamos. En ese momento otra vez un vuelco del corazón, otra vez paniquito mezclado con vértigo, otra vez pájaros enormes golpeándonos el pecho, saliéndose por la garganta como un lamento profundo y silencioso.
Nos levantamos del suelo y fuimos hasta el final de la escalera. Volvimos a ver a nuestros policías, nos volvieron a esposar con cuidado y nos volvieron a dar la misma indicación: “No hagas nada, yo te llevo. No necesitas mirar, yo te llevo”.
La calle ahora estaba más oscura, pero seguía llena de gente y había una camioneta del INPE esperándonos. Después de mirar bien el panorama (ellos, yo no veía nada), continuamos más rápido, y otra vez mis pies dejaron de tocar el suelo. Unos segundos después estábamos dentro de una camioneta tipo ambulancia, oscura, sin ventilación y sin policías.
Mientras arrancábamos escuchábamos como la gente golpeaba la camioneta y nos asustábamos. También se escuchaban los gritos de cariño y de odio de la gente que estaba afuera. Lily y yo estábamos conmocionadas, nos mirábamos con los ojos desorbitados sin hablar. Hasta que arrancamos. (Escribe: Eva Bracamonte)