Dueño de Nada Escribe: RAFO LEÓN
Omnis Immundus Spiritus
Lima, 22 de marzo de 2013
Hoy, mientras usted lee esta columna, de pronto yo y todo mi equipo de trabajo, estamos semiinconscientes, echando espuma por la boca y maldiciendo el momento en el que se nos ocurrió acampar en el olivar de Yauca. Pero no nos podríamos quejar entre las babas y la espuma, pues fuimos a Yauca precisamente a buscar lo que encontramos.
Pocas especies vegetales tienen tanta mitología alrededor como el olivo, quizás por su antigüedad, pues se encuentra en los lugares donde germinaron culturas orientales originarias y en el Mediterráneo, punto de nacimiento del portento helenístico: Zeus debe elegir entre uno de sus hijos, Poseidón y Atenea. El padre, carente de discernimiento, desafía a los hijos a que le entreguen algo que beneficie a la humanidad y la mejor ofrenda será la que defina la elección. Poseidón hace brotar una fuente en la Acrópolis, de la que salió un animal bellísimo y desconocido, un caballo. Su hermana donó a la ciudad un árbol de ramas retorcidas, de un color indefinible, dador de un fruto que polariza a la gente, pues a la aceituna se la adora o se la odia. Atenea se ganó el afecto del padre para siempre.
Noé vio la paz en la rama de olivo que le traía un cuervo, y Jesús meditó en el huerto de los olivos, y allí dialogó con el diablo, aunque ningún evangelista se atrevió a especular sobre el contenido de la que puede haber sido la conversación más importante de la historia. El olivo, en la mitología antigua y en Yauca, oscila entre ser fruto de dios o del demonio.
Yauca se abre en medio del desierto, en el km 556 de la Panamericana Sur, cuatro mil hectáreas de olivar que producen al año unos tres millones de toneladas de aceitunas arequipeñas. El conjunto de chacras data de fines del siglo XVI y parece que de allí salió el primer plantón para su similar de San Isidro, en Lima. Lo cierto es que ese parche verde es un purgatorio de viejísimos árboles que imploran con sus ramas a un cielo aborregado, y al fondo, el playón.
Recuerdo una vez que en una crónica periodística recomendé acampar en Yauca para ver el amanecer entre esos verdes. Al poco tiempo me escribió un muchacho a pedirme que no diera tal consejo, y me contó que una noche él y su padre iban en auto camino a Arequipa, y de pronto el motor se apagó en la mitad del olivar. Ambos se bajaron para abrir el capó. Estaban en eso cuando vieron que se acercaba a pasos de gigante, un hombre enorme, vestido de negro, con cachos, los ojos como brasas y un largo rabo de saurio. Apenas les dio tiempo a padre e hijo de correr hasta la primera casa donde una señora los hizo entrar, “no se camina por el bosque de noche, este es el territorio del diablo”.
He hecho mil viajes en mi vida, a buscar de todo, pero nunca al diablo. Hoy, domingo, me voy a eso. Gente que conoce de mitología me aconseja que no lo haga, pero lo voy a hacer porque al diablo solo lo he conocido dentro de mí, no en su identidad autónoma. Y bueno, si sobrevivo a los espumarajos de pánico, les contaré qué fue lo que pasó en esa noche que vendrá en cuatro días. Mientras, les cuento cuál es mi fantasía. Se nos va a aparecer un ser mitad Alan García, mitad Vladimiro Montesinos, omnis immundus spiritus. (Escribe: Rafo León)