Justicia Eva Bracamonte narra su llegada al penal y reflexiona sobre su destino en prisión.
Cartas de Eva VIII: El Caso Soy Yo
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“A veces no puedo ni quiero escribir sobre mí. Plasmar continuaciones de una historia que no es la mía…” |
Una exhausta Eva Bracamonte llega al penal de Santa Mónica. Quedaría atrás su vida de despreocupada adolescente y se iniciaría un periplo marcado por la impotencia y por una sensación de estar viviendo una historia que no le pertenece. Las referencias a Lisbeth Salander, personaje de ficción del novelista sueco Stieg Larsson, son un claro ejemplo de la desazón que Bracamonte siente ante un presente y un futuro que no eligió y que le fue impuesto por una cadena de eventos que apuntaron en su contra. Es el drama, pues, de una joven que ha pasado casi cuatro años de prisión pagando por un crimen que asegura jamás cometió. (PC).La ambulancia se movía mucho, y era muy difícil agarrarnos de algo estando esposadas, así que solo rebotábamos contra las paredes de lata según el movimiento del carro. A Lily le dieron ganas de vomitar pero se aguantó.
Escuchábamos la sirena de la ambulancia y otros ruidos de la calle, esta vez teniendo muy claro que ya no era solo una línea lo que nos separaba del resto de carros. El sufrimiento hacía que solo esperáramos llegar pronto, Lily para no vomitar y yo porque no podía más del cansancio y me estaba quedando sin fuerzas.
Mucho rato después, llegamos aquí. Lo primero que escuché aparte de los gritos de la gente y los golpes a la camioneta mientras entrábamos al penal, fue el ruido de una tele a lo lejos: “...en este momento Eva Bracamonte y Liliana Castro están ingresando al penal de Santa Monica...” (corrección: este es el penal Anexo Chorrillos 2).
Yo aún tenía puesta la misma ropa que me puse una mañana antes para ir a la universidad y lo único que quería era bañarme y dormir.
Nos condujeron a nuestras celdas en prevención y conocimos a Pilar, una española que hacía los mejores cafés del mundo. Nos tomamos un café en su mesita de plástico y al instante me quedé dormida profundamente, pero al día siguiente todos los medios hablaban de una supuesta crisis en la que había entrado al llegar a mi celda en prevención.
Me quejo: Esta vida no es mía y Lisbeth Salander
A veces no puedo ni quiero escribir sobre mí. Plasmar continuaciones y continuaciones de una historia que es la mía, pero en realidad no es mía –porque ni tengo voz ni tengo voto en nada de lo que me pasa– a veces no tiene ningún sentido y me parece que es pretender ponerle mi sello a hechos de los cuales no soy responsable sino tan testigo como tú, pero de los cuales por cosas de “la vida”, “el destino” u otros cielos también soy protagonista.
Algunas veces escribir “mi” historia me hace bien, pero otras siento que es ridículo, justamente por eso, porque no tiene nada de mía, y me parece que no tengo derecho a llevarme el crédito de esta secuencia de “eventos desafortunados” que yo NO he elegido, planeado ni inventado.
¿Y cuándo tiene uno derecho a escribir sobre su vida? Cuando la vida en cuestión efectivamente, le pertenece.
Está claro que cada historia tiene una buena dosis de cielo, de azar, de manos y bocas ajenas, pero existe también (o suele existir) una línea guía que funciona como la cola de un pez, que va dirigiendo los hechos y acciones hacia el lugar que ha elegido el dueño de la vida; y por lo general el azar, los otros y el cielo no logran desviar TANTO la vida del sujeto del punto elegido (mucho menos completamente, como en mi caso).
Entonces, cuando uno es de verdad dueño, señor y responsable de por lo menos la mitad de cosas (para no ser tan exigente) que le “suceden” –en realidad no es que le sucedan sino que son reacciones directas o indirectas de sus propias acciones, son la consecuencia lógica de sus elecciones–, uno tiene todo el derecho de proclamar y gritar a los cuatro vientos la pertenencia de la vida que le ha tocado, uno saca la tarjeta de propiedad que se ha fabricado a pulso y escribe páginas y páginas al respecto si quiere, con todas las de la ley.
En esta historia que me ha cogido de protagonista (aunque el real protagonista es el CAOS), definitivamente no hay nada que envidiarme ni que festejarme: lo poco bueno que habita este laberinto no lo he hecho yo.
Y para reprocharme o perdonarme tampoco hay mucho. Los errores que he cometido no han dañado a nadie más que a mi, y de todas formas he descubierto que no han tenido mayor injerencia en la historia en sí.
En pocas palabras, tengo la sensación de que en esta vida que estoy viviendo yo no he hecho ni deshecho mayor cosa, y ponerme a relatar hechos a los que –hasta cierto punto– me siento ajena solo porque es “amusing for the audience” (entretenido para la audiencia) me parece un poco fuera de lugar.
Hace años leí la trilogía Millenium y desde el principio me sentí muy identificada con Lisbeth Salander, pero al llegar a la tercera parte –quienes la han leído sabrán a lo que me refiero– me sorprendió el inmenso parecido entre “su” historia y la “mía”, incluso el título podría ser mío –“La reina en el palacio de las corrientes de aire”–, pero no es de eso de lo que quiero hablar.
En un momento de esta tercera parte, mientras Lisbeth está a punto de ser juzgada por un asesinato que no cometió, su abogada, desesperada, le pregunta por qué no se defiende, y Lisbeth le responde así:
L: ...tergiversarán todo lo que yo diga y lo usarán en mi contra.
Abogada: Pero si no explicas nada, te condenarán.
L: Bueno, pues que lo hagan. No soy yo la que ha armado todo este lío. Si quieren condenarme no es mi problema.
Esto es exactamente lo que yo sentía hasta hace no mucho tiempo, lo que siento de vez en cuando hasta ahora y lo que hace que a veces no tolere que la gente se refiera a TODO ESTO como “mi caso”.
Cuando me preguntan “Oye, Eva, ¿cómo va tu caso?” me provoca responder “¿QUÉ CASO?” y agregar las dos frases de Lisbeth Salander. Por épocas (sí, solo por épocas) eso me pasa tanto que me provocaría mandar a imprimir tarjetitas explicando esto para repartirlas cada vez que me pregunten. “Este caso NO-ES-MÍO. Ni es mío ni lo he construido yo. Es más, pensándolo bien, YO SOY DEL CASO. Soy el daño colateral”.
El CASO me ha tomado y ha tomado mi vida y se la ha comido, así que tendrían que preguntarme “Oye, Eva, ¿cómo va el caso al que LE perteneces?” pero claro, cómo lograr eso. De todas formas me molesta esa seguridad con la que afirman y dan por sentado que un lío de esta magnitud “ES MÍO”. No, pues, no se pasen.
Todo esto que siento un día aislado como hoy antes lo sentía permanentemente, y creo que se notaba. Cuando aparecía frente a tu cara en una pantalla y parecía una adolescente loca a la que no le importaba nada, lo que tenía en mente era ESO (“hagan lo que quieran, todo esto no lo he creado yo”) pero claro, lo decía con ese apasionamiento vacío tan característico de la edad que tenía en ese momento.
Reconozco que la poca o ninguna autoestima que me quedó después de la muerte de mi madre tiene todo que ver con este sentimiento de tirar la toalla incluso antes de tomarla, con pensar que si las consecuencias se llevan mi vida entera para siempre, no importa. Eso es no quererse.
Hoy en día no pienso así. Muy de vez en cuando –como ahora– me vuelvo a rebelar contra la idea instaurada de que este caso me pertenece, que soy responsable de él, y entonces una cosa lleva a la otra y vuelvo a entender tanto a Lisbeth Salander que vuelvo a sentir el mismo dolor y la misma impotencia de esa época.
Pero en el fondo he comprendido que sí, que todo importa, que no me puede dar igual.
Este aprendizaje no pasa por haber recuperado mi autoestima, que es irrecuperable (yo, sin mi mamá, no me quiero), sino por haber entendido que a veces luchar (no ganar, no lograr nada necesariamente, solo luchar) es un mejor estilo de vida de correr y esconderse (aun sin correr y sin esconderse de verdad) y que puede ser una forma de salvarse de algunos huecos hondos y profundos como el encierro, a pesar de seguir encerrada. (Escribe: Eva Bracamonte)