Opinión Por RODOLFO HINOSTROZA
La Guggenheim
Cierta vez que salíamos de la conocida cafetería parisina “Les Deux Magots”, Octavio Paz, su mujer Marie-Jo y yo, y bajábamos el Boulevard Saint-Germain-des-Prés hacia Saint-Michel, de pronto Octavio se detuvo emocionado, porque había reconocido a alguien en la calle.
“Max!” exclamó,
“Peggy!” y se aproximó a una pareja de viejitos que venían en sentido contrario. Ellos lo miraron con sorpresa, y en seguida lo reconocieron:
“Octavio!” y se dieron grandes abrazos. Marie-Jo y yo, que nos habíamos quedado unos pasos detrás, nos acercamos, y Octavio nos presentó:
“Marie-Jo, este es Max, del que tanto te he hablado, y esta es Peggy, su mujer”, dijo, “Un amigo” agregó por cortesía refiriéndose a mí, y ellos nos estiraron unas manos envejecidas y temblorosas, para un muy leve apretón. Ambos andarían por los 80 años: ella era una gringa encorvada y con el rostro muy marcado por la vejez, y él era menudo, con un perfil aguileño y unos ojos claros y alertas, y debía haber sido muy guapo en sus años jóvenes. Hablaron unos minutos de cosas que no logré entender, y para no importunar en ese encuentro de viejos amigos, me despedí cortésmente. Pero la cara de Max me resultaba muy conocida, y mientras seguía mi camino por el boulevard, estuve tratando de recordarla, ¿dónde había visto yo esa cara? De pronto me vino a la memoria una escena de la película “Por quién doblan las campanas”, en la que aparecía ese mismo personaje, solo que muchísimo más joven y más guapo, en una especie de cueva, flanqueado por Gary Cooper, Ingrid Bergman y Katina Paxinou, y me di cuenta que se trataba, nada menos que del legendario pintor surrealista Max Ernst, que también había actuado en algunas películas en los años 30/40. Y ella tenía que ser, naturalmente, la rica heredera Peggy Guggenheim, casada con el pintor desde aquellos tiempos… Recordé que ella había invertido muy bien su dinero, porque, aconsejada por Max, había comprado una gran cantidad de piezas de sus amigos surrealistas, y no solamente de ellos, sino de dadaístas como Marcel Duchamp, de escultores como Giacometti y Brancusi, pintores como Kandinsky y Chagall, que a la sazón habitaban París. Había formado una extraordinaria colección de pintura moderna, que yo creía alojada en el Museo Guggenheim, en Nueva York, pero no era así.
Muchos años más tarde, en uno de mis viajes a Estados Unidos, me alojé en casa de mi vieja amiga Alita, que se había mudado de Nueva York a Filadelfia, y me contó que en esa ciudad había un magnífico museo de arte moderno, que albergaba la más completa colección de esculturas del rumano Constantin Brancusi, y muchas maravillas más. Una tarde pues, a eso de las 2 p.m., bajo el sol abrasador del verano americano, trepé las escaleras que conducían a esa mole neoclásica que era el famoso museo, donde no había ni un alma. Y al toque me di cuenta que no solamente tenían a Brancusi, sino la mayor parte de la obra de Marcel Duchamp, incluido “Le Grand Verre”, que así llamaban familiarmente a su enorme pintura sobre vidrio “La mariée mise à nu par ses célibataires, même”, ya legendaria, que se había astillado cuando la instalaban, y eso le había dado el toque final, muy Dadá por cierto. Y de pronto se me hizo evidente que esa era la colección de Peggy Guggenheim, la más fantástica que jamás había visto, seleccionada por Max Ernst, aquel viejito cuya mano había yo estrechado una mañana en París, y esa encantadora viejita era la mecenas más iluminada del mundo.
En efecto, había puras maravillas, como una colección de estupendos Kandisnky que no había visto en museo alguno y por quien siempre tuve debilidad, y de pronto me topé con uno, precioso, que tenía como motivo central un círculo rojo pintado de un solo brochazo, y mi emoción fue tan grande, que me puse a bailar, girando con los brazos abiertos, como apresando el mundo, y me puse a girar, girar, girar, hasta que de pronto me di cuenta, con el rabillo del ojo, que no estaba solo en ese museo solitario: una gringa me miraba, estupefacta y temerosa, y me detuve inmediatamente, un poco avergonzado.
Ella parecía una maestra de escuela, con su vestido sastre gris claro y pañuelito en el cuello, lentes, y no más de 30 años. Le hice una pequeña venia amistosa, y continué mi recorrido. A poco me encontré con unas piezas de Duchamp llamadas “Mensurations”: parecían unos metros de sastre, pero en madera flexible, que parecían colgados de arriba y apoyados abajo en el bastidor, con lo que se doblaban en curvas diversas y ya no medían un metro. Cada uno tenía una descripción que era un juego de palabras, en francés, absolutamente hilarante, de modo que me puse a reír de buena gana. Pero la señora, que venía unos pasos detrás de mí comenzó a mirarme otra vez raro, y entonces traté de explicarle de qué me reía, pero tenía que traducirle las leyendas al inglés, y ya no daba risa, y yo trataba desesperadamente de hacerla reír, de modo que se empeoró la situación; la señora comenzó a retroceder, a retroceder, buscando con los ojos al guardián, convencida de que se había topado con un loco, y antes de que me saquen del museo en camisa de fuerza, emprendí la retirada, y me largué a toda prisa sin mirar atrás, dejando de ver las restantes piezas que tenía ese museo…
De regreso a París me encontré que en la galería Yvon Lambert, que era muy amigo mío y de mi mujer, había una exposición de Sensu Arakawa, un pintor japonés de vanguardia que había sido protegido de Marcel Duchamp, y después del vernissage, al que asistieron los habituales cuatro gatos, lo invitamos a comer en casa con su mujer americana. Yo cociné algo como un curry, que me salía muy bien, y les estuve contando mi visita al museo de Filadelfia, y los cuadros de Duchamp que me habían impresionado, cuando Arakawa me dijo: “Qué te pareció “Etant donnés…” y yo me quedé paralizado. ¿“Qué? ¿‘Etant donnés’ está en ese museo?” ¿“No lo viste?” me dijo el sádico japonés, ¿¡No! ¿Dónde está?” “Debajo de la escalera…” me aplastó el Hijo del Celeste Imperio. Y es que “Etant donnés le bec à gaz et la chute d’eau..” era el trabajo más mítico de Duchamp, que le había tomado más de 20 años y se mantuvo en total secreto hasta su muerte, pues oficialmente ya había dejado de pintar, y había desarrollado esta especie de instalación ocultándola de todo el mundo. “¡No puede ser!” exclamé, “¡No puede ser!” grité, “¡No puede ser!” casi me jalé los pelos… me sentía humillado, ninguneado, ignorante, un palurdo en suma que no sabe en lo que se ha metido…
A la primera ocasión que se me presentó, pocos meses después, regresé de París a Filadelfia, subí la larga escalinata hasta la mole neoclásica del museo, entré y me dirigí rectamente hacia esa escalera que ya tenía ubicada, y la encontré. Debajo de ella había una puerta de madera, normal, barnizada de marrón, que se confundía con cualquier puerta del mundo, pero si uno se acercaba lo bastante, descubría dos pequeños huequitos, uno muy cerca del otro: uno era redondo y el otro ligeramente alargado. Al atisbar por el primero se veía una escena en tercera dimensión, una instalación se diría ahora, que era una mujer desnuda, muy realista, un maniquí tamaño natural, con la piel sonrosada, que sostenía en una mano, muy incongruentemente, un mechero Bunsen, a gas, como de laboratorio, permanentemente encendido. Al fondo de la escena se divisaba una especie de pequeña cascada de la que caía un chorro de agua con su ruido característico, que también estaba brotando continuamente. Desde el agujerito aledaño se veía la misma escena, pero desde una perspectiva mínimamente diferente… Estuve unos interminables minutos mirándola, y cuando salí de ese museo, suspiré profundamente, y me dije que ver esa pieza bien había valido el viaje París-Filadelfia. (Por: Rodolfo Hinostroza)