Opinión Por GREGORIO MARTÍNEZ
La Palomita de Montaigne
A Michel de Montaigne, que incluso se cambió su propio apellido, Eyquem, de origen portugués, nunca le satisfizo el nombre “ensayo”, o sea “essai” en francés, para los textos que empezó a escribir cuando, a los 38 años, renunció a su puesto de juez y se encerró en su biblioteca. En la escalera que conducía a su guarida mandó grabar la frase: “Para su libertad, tranquilidad y placer”.
Montaigne había dicho, imitado después por Napoleón Bonaparte: “Me retiro para dedicarle mayor tiempo a mi biblioteca”. Solo que Napoleón dijo: “Para dedicarle más tiempo a mi familia”; es decir, a Josefina y al salto del tigre. Declaración, la del corso, que luego será repetida por cada gobernante en desgracia y arrinconado a la renuncia.
Aunque estaba casado con la hermosa y rica Francoise de la Chassaigne, el juez escritor siempre le dio prioridad a su biblioteca. Fiel a su mentalidad señorial, el inventor del ensayo estaba convencido, como creían los aristócratas, que en un matrimonio nada tenían que ver el amor y el erotismo, ardores propios del vulgo, que lo único que contaba en el contrato nupcial eran los intereses existentes.
Pero en verdad, y Michel de Montaigne lo confiesa sin ambages, en su caso había un motivo más determinante que los intereses sociales y económicos. El asunto era que su atributo apenas llegaba a la dimensión de un maní chinchano. Siempre se ha sabido que el tamaño resulta lo de menos a la hora de la hora; sin embargo, la creencia y el mito pueden hacer mella aun en mentes preclaras como la de Montaigne. El no hizo el cotejo estricto con el maní y menos con el olluco porque no los conocía, mas dejó bien en claro que su paloma era diminuta.
Esto lo señala Montaigne en el último tramo de su obra, en el ensayo “Sobre algunos versos de Virgilio”, compilado en el tercer volumen. Por supuesto, desde el inicio, debido al carácter íntimo de su escritura, Montaigne había bordeado los temas porno; excepto que en el susodicho ensayo fue explícito, soltó el gallo que siempre lo había angustiado, tenerla como el Apolo de Praxíteles, chiquitita y hasta con capuchón de infante.
En otro acápite del mismo ensayo afirma algo que luego se convirtió en vox pópuli, que quienes sufrían de algún defecto en las piernas poseían gran envergadura y eran formidables en el combate cuerpo a cuerpo. En este terreno del prejuicio, Montaigne suelta otra perla que equivale a nuestro infame: la misma chola con distinto calzón. El creador del ensayo dice: la misma carne con distinta salsa.
Entonces, inmediatamente la Santa Inquisición le cayó encima. Montaigne salvó el pellejo, no lo llevaron al palo del quemadero, pero su obra fue enlistada en el Index Librorum Prohibitorum y permaneció allí por dos centurias.
Con respecto al nombre “ensayo”, Michel de Montaigne tanteó primero otras denominaciones. Estuvo a punto de ponerle “pieza”, solo que pronto advirtió que dicha palabra estaba cargada de intenciones, no únicamente en francés sino en cada lengua romance. Finalmente, al percibir que “ensayo” provenía del latín “exagium”, que significaba sopesar, Michel de Montaigne resolvió que esa podía ser la denominación de sus textos que entonces no tenían género ni casillero literario.
Eso sí, Montaigne dejó en claro para el profesor Ciruela, que tenía escuela mas no sabía leer entre líneas, que con “ensayo” no se refería a ninguna insondable significación. Únicamente apuntaba a lo obvio: prueba, intento, cala, un ver, búsqueda, ojito. (Por: Gregorio Martínez)