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Justicia En donde autora explora los límites de la esperanza bajo encierro.

Las Cartas de Eva IX

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“Ya no pienso en estudiar nada. No pienso en si quiero o no tener hijos. No pienso en viajar a ningún lado...”.

Muchos dicen que la esperanza es lo último que se pierde. En este lugar eso no es cierto, felizmente.

Cuando uno llega aquí, llega con miedo, pero también con la esperanza intacta, convencido de que este mal rato no durará más que unos pocos meses; y con una necesidad muy grande de demostrar su inocencia (quienes somos inocentes) o de explicar los hechos y demostrar que su responsabilidad en el delito en cuestión es “relativa”. Uno llega con miedo, pero también con fuerza y con fe.

Esperamos encerrados durante meses o años (en mi caso, tres) a que alguien por fin decida que nuestro juicio oral debe empezar. Cuando ese momento llega, uno ya no tiene las esperanzas tan intactas: generalmente ya le negaron la comparecencia una o dos veces, pero además de eso, porque ya vivió un infierno durante ese eterno “periodo de investigación”.

Por ejemplo, yo tuve muy mala suerte, y durante esos tres años pasé casi de todo: mil veces tuve que escuchar las risas sarcásticas en plena audiencia de una jueza homofóbica y convencida, desde antes de verme la cara, de mi culpabilidad. Tuve que responder a un “psiquiatra” del Ministerio Público con cara de pervertido cientos de preguntas sobre mi “comportamiento sexual”, para que así la jueza “midiera” mi “proclividad a cometer delitos”.

Esos tres años de encierro y abusos constantes siempre hacían que desee con todas mis fuerzas que empiece el juicio. Este no es solo mi caso, la situación, lamentablemente, se repite en la mayoría de casos, y casi todos en ese momento piensan como pensaba yo: “No importa. Pronto va a empezar el juicio y ahí todo es diferente, voy a poder defenderme, conocer a los magistrados, verlos a la cara y explicarles todo”.

En fin. Volviendo a líneas generales, uno espera el juicio aguantando como puede y se guarda sus esperancitas en el bolsillo para después, para cuando se supone que sí vale la pena. Los años pasan llenos de impotencia y desesperación y un buen día por fin empieza el juicio.

Rápidamente uno se da cuenta de que no era como creía, que tampoco esa instancia funciona bien, que puedes gritar pero igual nadie te está escuchando; y entonces las esperanzas, ya un poco marchitas pero tratando de sobrevivir, se mezclan con una amarga y atormentada decepción.

Cada audiencia es una batalla campal y una lucha de todos contra uno, no importa nada de lo que expliques, todo lo que digas no podrá, sino que SERÁ USADO EN TU CONTRA, no importa la respuesta que des, siempre va a servir para comprobar que eres culpable.

Después de un par de meses de juicio la persona está agotada, la esperanza va empezando a marchitarse, nada es claro, ves a los jueces a la cara pero ellos no te ven, te oyen pero no te escuchan, tus explicaciones no sirven. A pesar del cansancio y del desaliento, uno piensa “no he llegado hasta acá para tirar la toalla a estas alturas”, y se convence de que hay que seguir luchando, y lucha con vehemencia.

Así pasa más tiempo, entre audiencias, dolores de barriga, llamadas al abogado, documentos, dolores de cabeza y nerviosismo. Con los días, la esperanza deja de estar en primer plano y le abre paso al miedo y a una sensación de “¿QUÉ ESTÁ PASANDO?».

Este momento de incertidumbre, de no entender cómo funciona esto de la «justicia», de darse cuenta de que las expectativas en el «gran juicio oral» no tenían sentido, es el peor. La esperanza se esconde, se paraliza de miedo.

Y entonces, luego de un tiempo, sucede algo muy difícil de entender para quienes no lo han vivido. Es tan común que debería tener nombre propio, tipo «síndrome algo»; y es que la persona, CULPABLE O INOCENTE, piensa: «Ya no más. No importa, condénenme, pero no más de esto».

Me imagino que es muy difícil para la gente que no lo ha vivido siquiera imaginarse el desgaste psicológico, emocional y físico de un juicio, créanme, ni siquiera se me ocurre a qué compararlo. Uno está simplemente anulado, deshecho, destruido, derrotado. Dejas de rezar para salir de aquí y empiezas a rezar para que pase algo, lo que sea, pero que se acabe.

Cuando comenté eso con una amiga hace mucho tiempo, le pareció extrañísimo. Me decía: «¿Cómo vas a decir eso? ¡Si eres inocente! Tienes que luchar hasta estar fuera de aquí!». No podía ni concebir lo que le estaba diciendo. Unos cuantos meses después de vivir muy de cerca el juicio conmigo, entendió.

En fin. En este momento no es que uno ya no tenga esperanzas, es que las esperanzas ya no son tan importantes, porque estás deshecho, sin fuerzas para nada, ni siquiera para querer salir de aquí. No mucho después empiezan a llegar las malas noticias una después de otra, y al fin, la condena, que la mayoría de veces cuenta de paso con el trauma del factor sorpresa. ¿Uno sufre? Sí, claro, se sufre mucho. Es como morirse sin morirse, te quitan la vida sin matarte.

Pero en el fondo también se siente alivio, y agradeces no tener que ver de nuevo las caras de esos respetables magistrados que simple y llanamente no escucharon absolutamente nada de lo que dijiste, porque eres solo un número más, un caso más porque no eres nada y el mundo no se va a detener por ti, ni las cosas van a cambiar y tampoco tienes derecho a quejarte.

En mi caso fue aun peor, porque cuando vi a Aissa Mendoza tomar mi caso, de verdad le agradecí a Dios haber puesto en mi camino a un ser humano que de hecho parezca humano, ecuánime, y justo.

Las primeras pequeñas decisiones que tomó en el juicio me hicieron creer en ella, creer que iba a ver más allá de los medios, más allá de mi hermano que iba a ser incorruptible, que iba a tomar una decisión basándose en nada más que las pruebas o falta de ellas. Verla me hizo desenvolver de nuevo mis esperanzas, creer de nuevo que quizás al final si iba a tener un juicio justo. En fin. Hoy por hoy, y desde hace casi 6 meses, la esperanza me aterra y la quiero lejos, lo más lejos posible de mí, de mi vida y de mi rutina. No quiero sentir nada que se le parezca y prefiero vivir sumida en la resignación, prefiero no creer en nada ni en nadie, igual que la mayoría de gente aquí. Lo único en lo que creo es mi realidad, que es una condena injusta de 30 años. Lo único que quiero creer es que voy a salir a los 50.

Estoy convencida de que no puedo aspirar a nada. Ya no pienso en estudiar nada. No pienso en si quiero o no tener hijos. No pienso en viajar a ningún lado. No pienso en casarme. No pienso en volver a ver a Lola o a Cocó. No pienso en vivir alguna vez con mi papá. ( Escribe: Eva Bracamonte)

Estar más de tres años de prisión le está pasando factura a Eva Bracamonte Fefer. Luego de ocho entregas de Las Cartas de Eva, la joven decidió hacer una pausa debido a que la depresión, que la aqueja desde que ingresó a prisión, recrudeció. Ahora vuelve a plasmar, en palabras, la incertidumbre sobre la vida que la espera, las esperanzas que parecen abandonarla y la frustración ante una justicia que le parece ser esquiva. (PC).


 


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