Justicia Eva Bracamonte, entre la esperanza de la libertad y la dolorosa resignación de un sombrío futuro en prisión.
Las Cartas de Eva X
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“No concibo una vida para mí sin ella. No solo sin ella, sino con su ausencia presente en todas partes”. |
En las últimas semanas, Eva Bracamonte Fefer le ha pedido a las personas de su entorno que dejen de visitarla. Según les ha dicho, todo lo que tiene que ver con el mundo fuera de la cárcel, le duele. Su padre, Marco Bracamonte, Liliana Castro Mannarelli y un par de personas más han desoído su pedido y continúan visitándola para darle fuerzas. Pero ella ya no muestra el entusiasmo de antes, dicen quienes la ven. Poco a poco, como lo relata en esta entrega, va perdiendo su luz interior. Aunque alberga algunas esperanzas de salir, sostiene que el mundo exterior, sin su madre, ya no tiene mucho que ofrecerle. (PC).Hoy puedo decir que sé que me voy a quedar aquí un huevo de años por algo que no hice, y no trato de huir de esa verdad. Ya la asumí. Tengo muy claro que me voy a quedar con lo que viví hasta antes de todo esto. Tengo muy claro que todo es NO para mí. Sé que a los 50 años voy a ser otra persona, y estoy segura de que el reencuentro de esa persona con el mundo que yo dejé no va a ser bonito, y que ese mundo no va a tener ya nada que ofrecerme.
Aun con todo esto, hay días raros, en los que la luz agonizante que aún queda en mí trata de salvarse, y entonces me descubro rogándole a Dios que algo pase. Le pido a mi mamá a gritos que me saque de aquí, por favor, que ya fue suficiente, que lo que haya tenido que aprender, ya lo aprendí.
También le reclamo haberse ido y ahora no estar por ningún lado. Hasta digo cosas como: “si estás escuchándome ¡haz que se caiga algo!”, pero nunca se cae nada. Sí, ese es el nivel de desesperación al que llego algunas veces. Después de que no se cae nada, pienso que ni siquiera vale la pena estar molesta con ella, porque no está, pero muy en el fondo sé que aunque no apague luces o tire cosas, está...claro que está.
Me he escuchado a mí misma suplicarle muchas veces al universo, a Dios y a mi mamá que me saquen de aquí, o que al menos pase ALGO, lo que sea, que no me dejen atrapada en el tiempo. He rogado y suplicado morirme y llegar a donde sea que ella esté, pero eso tampoco ha funcionado.
No me avergüenza llorar, al contrario, el llanto me parece tan básico, necesario y natural como la risa. Me da vergüenza quejarme, porque sé que hay gente que la pasa peor que yo, y porque si algo me enseñó Ma, es a ser fuerte.
Primero empieza muy sutilmente a dolerme levemente el tiempo, es un dolor como hincón... los años, darme cuenta que no parece y han pasado casi cuatro. Saber que un día no parecerá pero habrán pasado quince... y el hincón se hace más profundo. Luego pienso en mí y me duelo yo, me duele toda mi vida, desde el principio.
No pregunto “¿por qué a mí?”, pregunto “¿por qué a alguien?” ¿Cómo es que todo esto puede pasarle a alguien? No odio que me haya pasado a mí, odio que haya podido pasar, que pueda pasar, que exista. Odio que haya pasado en el mundo en el que yo vivo.
¿Por qué mi mamá? Inmediatamente el problema ya no es la cárcel, ni el encierro, ni el tiempo, ni morirme... el problema es que ella no está, es que no concibo una vida para mí sin ella. No solo sin ella, sino con su ausencia presente en todas partes. Este dolor es vacío, es helado, hondo como un pozo de agua sin agua, sin nada; como si te arrancaran la piel despacito y luego todo lo de adentro, y te dejaran para siempre vacía y en carne viva.
Cuando el dolor llega aquí, obviamente otra vez me deja de importar salir de la cárcel. Ni quiero ni me interesa salir a ese mundo que también le pertenece a ella, en el que ella también debería estar, a esa mesa en la que aún está su espacio vacío. No quiero hacer ninguna de las cosas que hacía o haría con ella, y cuando lo pienso, o más bien lo siento, eso incluye todo.
Cuando hablan de “Justicia para Eva” (y que esto no desdibuje el agradecimiento enorme que siento hacia todas las personas que están pendientes de mí), ¿qué es exactamente lo que quieren decir? ¿De qué justicia hablan? ¿De salir de aquí? Justicia para Eva sería que le devuelvan a su mamá. Sería que salga de la cárcel y su mamá venga a recogerla.
¿Qué mundo me espera después de todo? ¿Qué se supone que debería hacer ahora si saliera, casi cuatro años después? ¿”Recuperar mi vida”? ¿Cuál de las cosas que he perdido o se me han quedado en el camino se puede recuperar? ¿A mi mamá? ¿Mi autoestima pulverizada? ¿La chica que era antes de haber visto todo lo que he visto aquí? ¿La posibilidad de ser una persona normal y desconocida, caminando por la calle?
Cuando me pongo a pensar en “práctica” y dejo un rato de lado el tema de la esperanza o falta de ella, mi resignación y lo demás, acepto la realidad, y es que pronto habrá una audiencia más del caso y que, más allá de que yo crea o no crea, hay dos posibilidades: que salga y que me quede. Por más extraño que te parezca, ninguna de las dos me parece fácil, bonita ni atractiva.
Quedarme sería probablemente la puñalada final, terminar de morir, que al fin vayan desapareciendo los pocos vestigios de luz que me quedan para empezar a descomponerme, hasta que en mi lugar solo quede un ser inerte, que no sea nada, que solo este.
Después de que termine el proceso de desaparición de la luz y de la vida ya no importaría nada, porque no habría ya nada que salvar ni rescatar, solo quedaría el recuerdo y la nostalgia de lo que pudo ser.
Si salgo, va a ser empezar de cero OTRA VEZ (primero Israel, después la muerte de mi mamá, después la cárcel, después salir de la cárcel, después la cárcel otra vez.
Salir sería dos cosas contrarias a la vez: primero, sería como un soldado que regresa a su casa después de cuatro años. Su casa ya no es su hogar, y está lleno de magulladuras en el cuerpo y en el alma. Quizás loco también, ha visto más de lo que cualquiera debería ver y ha traspasado muchas veces el umbral del dolor físico y espiritual. En resumen, una desgracia de persona.
Segundo, sería como IR A LA GUERRA. La cárcel hasta cierto punto te “protege”. Te enseña a lidiar con muchas cosas, pero te ahorra lidiar con otras. Hay quienes dicen que, aparte de una desgracia, es unas vacaciones. Entonces salir de aquí sería como el abrupto final de unas vacaciones, pero de unas vacaciones no consentidas, y que por lo tanto han hecho que todo lo que se quedó detenido crezca como mala hierba y se deforme hasta el punto de ser un mundo diferente del que se dejó, lo cual haría que la reinsertación de mi cuerpecillo a ese jardín lleno de maleza sea nada más y nada menos que una guerra.
En resumen, salir sería ir a la guerra sin armas, sin ropa y sin nada, pero intentando confiar en las cosas que aún soy, en lo que aún no he perdido y en lo que he ido ganando... y agarrándome bien fuerte de mi papá. Sería como nacer de nuevo a los 25. Qué flojera y qué miedo (y, seis metros bajo tierra, qué ganas). (Escribe: Eva Bracamonte)