Opinión Por GREGORIO MARTÍNEZ
Alaridos
Al principio, cuando Dios dijo: “hágase la luz” y esta se hizo de un chispazo, en lo oscurito todo había sido solo quejidos y pujidos; eso sí, auténticos, de dolor o de placer, a veces ambas sensaciones cabeceadas, porque de la combinación brotaba el gusto, según lo aseguraba Mallanaga Vatsiayana, el autor de Kamasutra.
Todo fue así en la ardorosa batalla, quejidos y pujidos, hasta que llegó a París la criolla cubana Anaïs Nin que se hacía pasar por danesa de ascendencia francesa y de nacionalidad US. Ardidosa congénita, Anaïs Nin inventó el alarido a la hora de subir al ring de las cuatro perillas. Sobre todo cuando la acompañaba su engreído Rango, que no era otro que el peruano de Puno Gonzalo More, varado en la Ciudad Luz, hermano mayor de Federico y de Ernesto, tío de la artista gráfica limeña Charo Velásquez.
Tal sibilina ocurrencia de Anaïs Nin, que abría brechas en el prístino cielo de París cuando aún no habia aviones jet, causó sensación en la peluquería de entonces, en todo el mundo. Soltar alaridos a la primera de bastos, en el momento de entrar en clinch, constituía lo máximo. Eso de quejidos y pujidos quedó rezagado para la chusma y los perdedores.
Nadie asimiló mejor la lección que Peggy Guggenheim quien, a la par con William Burroughs, se aprovechaba del apellido para darse ínfulas de millonaria, cuando en verdad era misia y apenas recibía, en Europa, una modestísima mesada que le enviaba su famlia de media mampara desde Estados Unidos.
Meyer Guggenheim, el rey de la metalurgia, tuvo siete hijos pero ninguno fue el padre de la poco agraciada, aunque célebre, Peggy Guggenheim. La fundación que otorga la famosa beca fue establecida por Simón Guggenheim y su esposa. El museo es otro cantar de gesta, obra de Salomón Guggenheim. Sin embargo, incautos intelectuales y artistas, en París y en Roma, incluso Samuel Beckett, creían que la fea Peggy Guggenheim era fabulosamente rica y hacían cola para motivar sus alaridos.
Dicen que la pasión amorosa la inventaron los trovadores medievales en provenza. Que antes nunca los amantes se besaban tan ardorosamente a través de las rejas de una ventana. Quizás los quejidos y pujidos también constituyen solo un simulacro. Mallanaga Vatsiayana sostiene que las artes del amor carnal no son otra cosa que “el teatro del placer”.
Lo que yo recuerdo bien claro es que el pujido neto era propio de los hacheros. Un hachero de monte que tumbaba guarangos centenarios soltaba un rotundo pujido con cada golpe de hacha. De repente, esa artimaña la copiaron exacta los tenistas. Aun las mujeres. La guapísima Gabriela Sabatini ya soltaba un pujido con cada golpe de raqueta en la década de 1980.
En 1959 vi jugar a Alejandro Olmedo en el Estadio Nacional de Lima, después que ganó el campeonato de Wimbleton, pero no estoy seguro si daba un pujido con cada raquetazo. Olmedo llegó al Perú, desde Estados Unidos, especialmente para ese partido de exhibición.
El dramaturgo Carlos Meneses, que vive en Palma de Mallorca, fue un bien documentado periodista deportivo en su juventud, en la década de 1950. Me dice que no recuerda que los practicantes del Lawn Tennis, en Lima, pujaran con cada tiro.
Alojarse para una fugaz aventura en el Hotel Comercio, al lado de Palacio de Gobierno, donde se había hospedado Allen Ginsberg en 1960 (William Burroughs lo había hecho el año anterior) era asistir a un terrible concierto de quejidos, pujidos y rechinidos de catre que traspasaban las cuatro paredes del cuarto. Mi amiga pituca soltó un alarido que en el acto sembró un silencio sepulcral. (Por: Gregorio Martínez)