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Actualidad Tremenda reacción por intención estatal de “acceder a los libros de Repsol” y la factura que la oposición le gira a Humala.

Equilibrio en la Cornisa

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Gesto atribulado luego de ceremonia de firma de convenios de financiamiento con autoridades regionales, en Palacio.

Ollanta Humala perdió varios amigos esta semana.

La entrevista transmitida el domingo 28 en inusual cadena simultánea por Frecuencia Latina y el canal del Estado parecía pensada para desarrollar la letra pequeña de los conceptos enunciados cuatro días antes en su discurso de la plenaria de apertura del Foro Económico Mundial para América Latina 2013, celebrado en Lima.

Aunque apareció singularmente articulado, seguro que alentado por las encuestas, la entrevista tuvo el efecto contrario de un barril de petróleo que tiñó titulares.

Ya la mecha venía prendida por el interés que expresó el Estado en los activos de Repsol (CARETAS 2280).

El Presidente había dicho en la versión local del llamado Foro de Davos que “Perú, como la mayor parte de países de América Latina, vivió las influencias de las diferentes corrientes mundiales en torno al desarrollo. Es así que, de una experiencia fuertemente pública en la actividad económica en la década del 70, pasamos al otro extremo, al de reducir al Estado a su mínima expresión”.

Aseguró que “hoy venimos construyendo una actitud más equilibrada, aprendiendo de ambas experiencias, venimos trabajando para que nuestro país se encuentre consigo mismo”.

No se sabe si esa búsqueda también expresaba subconscientemente un viaje interior.

Pero los efectos de la intervención y la posterior entrevista sí ofrecen ejemplos para elaborar un estudio de la psicología política nacional.

Tomemos el caso de Alfonso García Miró, titular de la CONFIEP que comenzó su gestión apenas el mes pasado.

Preguntado por el discurso inicial, respondió que Humala está haciendo “un gobierno sensato y pragmático” que compatibiliza la inclusión social con el crecimiento macroeconómico. “Este es el mejor legado del presidente Humala y estamos seguros de que hará todo lo posible para que esto se mantenga, todos sabemos muy bien que sería iluso poder quebrar esa tendencia de tener una tasa de crecimiento económico”.

Ni Omar Chehade lo hubiera dicho mejor.

Pero el sábado se publicó el reglamento de Petroperú (ver nota aparte) y Humala dijo al día siguiente que “lo que tenemos es una empresa española, Repsol, que está explorando el mercado, ha señalado su intención de vender la refinería, la producción y distribución del GLP y la cadena de grifos que tiene, pero todavía no ha tomado una decisión oficial y pública, porque tiene su directorio y eso tendrá su proceso, o sea no hay todavía un ofrecimiento de venta. El Perú lo que ha hecho es una demostración de interés para qué, para poder tener acceso a los libros de Repsol y ver realmente de qué se trata, pero de allí no hay más”.

Como se adelantó en la edición pasada de CARETAS, el mandatario aclaró que, de embarcarse en el negocio, “los requerimientos que nosotros pondremos es que primero Petroperú no puede ir solo, tiene que ir acompañado de inversión privada y como accionista minoritario”.

Después de esto, García Miró declaró la guerra frontal y consideró en El Comercio que “hemos salido de la hoja de ruta, es una vergüenza”.

También calificó de “explícita la intención del gobierno de nacionalizar un sector competitivo y es la primera gran señal de que el gobierno va contra el desarrollo de la economía del Perú”.

A Perú 21 le dijo que “este es el inicio de La Gran Transformación, de la corrupción” y auguró que el titular de Economía, Luis Miguel Castilla, “va a durar hasta que se materialice este cambio hacia el modelo chavista”.

La ofensiva continuaría el jueves 2, con una conferencia de prensa en la que se anunció que condenarían los supuestos planes la mayoría de gremios empresariales.

Cabe preguntarse por el efecto de esta feroz reacción en medio de una economía que comienza a mostrar algunas señales inquietantes influidas por el contexto internacional (CARETAS 2280).

Buena parte del establecimiento político fue similarmente crítico, lo que también reflejó los frentes abiertos por el gobierno con el acorralamiento de la “Megacomisión” y las evasivas del indulto a Alberto Fujimori.

Alan García calificó el reglamento de Petroperú como “chavismo puro”.

Lourdes Flores Nano añadió al respecto en el programa de Jaime de Althaus que “Humala ganó terreno cuando dejó de lado un proyecto ideológicamente equivocado y se puso al centro, en una posición sensata de tratar de hacer un equilibrio, pero eso lo ha perdido”.

De similar opinión a la de García Miró, Keiko Fujimori terció en Cuarto Poder que “es un giro hacia La Gran Transformación pero con el objetivo de quedarse en el poder. ¿Y cómo se quedarán en el poder? Pues manejando los precios de los grifos para que la aprobación de la pareja presidencial suba”.

Desde Washington, Álvaro Vargas Llosa prometió que “no vamos a defender lo indefendible” y que “nuestro apoyo (el suyo y el de Mario) no es incondicional”.

La verdad es que en las casi 200 páginas del plan original de gobierno de La Gran Transformación no hay ninguna referencia al control de precios de combustibles o la participación del Estado en el refinamiento de petróleo.

Sí se lamenta en el programa coordinado por Félix Jiménez, hoy tan alejado del gobierno como La Gran Transformación, que “las empresas del Estado han sido desvalorizadas en nuestro país, a pesar de la existencia en Latinoamérica de una tendencia a su repotenciación, como es el caso de los sectores prioritarios en Brasil (Petrobras, Electrobras, BANDES), Colombia (Ecopetrol, ISA), Chile (ENAP, Codelco, Banco del Estado), solo para citar algunos ejemplos de la participación del Estado como agente productivo en cada uno de sus países”.

En medio de un debate cargado de adjetivos como los que podrían escucharse en la Convención Republicana en Oklahoma –y de exhumación velasquista por el lado de los medios que sueñan con un próximo gabinete de Ciudadanos por el Cambio– apareció la sonrisa televisada de Nadine Heredia.

Con su polo fucsia del Concurso Gamarra Produce y las manos entrelazadas que parecen proteger el misterio de su 60% de popularidad, Heredia respondió en menos de 10 segundos que:

“Es un interés que ha demostrado el gobierno del Perú pero si no se puede demostrar con los números que es beneficioso para el país, simplemente no va”.

Humala y su mujer no han mostrado igual capacidad de síntesis para despejar las dudas sobre las intenciones de presentar la candidatura presidencial de ella en el 2016.

“Que sufran”, retó con cachita el Presidente.

Excesos ideológicos aparte, es evidente que este furioso despertar de la oposición vincula el “Circo de Repsol” de la carátula al fantasma reeleccionista que ronda por Palacio.

¿Van a optar sus inquilinos por cuestionar la ley orgánica de elecciones a la que remite explícitamente la Constitución y que impide la candidatura de la primera dama?

¿Va Nadine Heredia a jugar a ser Evita –o Cristina K– cuando se supone que en el ADN del Partido Nacionalista hay un genoma que pelea por la alternancia en el poder?

Podría emular incluso a Sandra Torres, que en el 2011 se divorció del presidente de Guatemala, Álvaro Colom, para ser candidata presidencial, a lo que se negó finalmente la Corte Constitucional.

De hecho, el interés del gobierno por eliminar del partidor a Alan García parecería explicarse en un plan de continuidad.

También es posible, como ya trascendió, que Heredia no se lance y la intriga que se permite la pareja busque mantener la esperanza viva en un partido –y una bancada– sin más figuras de recambio.

El equilibrio, pues, no camina en una sola cuerda.

Pero seguro que en esta salida Humala no esperaba tantas pifias de las butacas Platinum y VIP.


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