Opinión Por RODOLFO HINOSTROZA
Una Historia Ejemplar
Un día una colaboradora de mi suplemento gastronómico “Pachamanka”, que sacaba con “Caretas” nos llevó al restaurante de un amigo suyo, que se moría porque le hiciéramos una nota. Estaba medio perdido en Surquillo, practicaba la cocina moderna limeña de pescados y mariscos, y se desenvolvía bastante bien, sin llegar a los grandes niveles de éxtasis y satori, pero razonablemente bien, de manera que pensé que no me sería difícil llenarlo con una nota mía, que para eso es que me habían invitado… El dueño nos acompañó en la degustación a la que fui con mi mujer Ingrid, y los cuatro pasamos una tarde agradable. No había llevado a mi fotógrafo, que por entonces era Fátima López, una muchacha negra muy linda, de carácter fuerte y con mucha clase, y al irnos le prometí al dueño que mañana mismo se la mandaba hacia mediodía, porque el cierre de la revista era inminente y yo quería sacar la nota el jueves mismo.
Al día siguiente, a eso de las 5 de la tarde, Fátima me llamó, furiosa: resulta que había ido al restaurante a la una de la tarde, como habíamos convenido, pero el dueño no estaba y el administrador no le había permitido sacar ninguna foto, alegando que eso podía incomodar a los comensales que entonces se hallaban. Le pidió pues que regresara a eso de las 4 pm, para sacar las fotos cuando ya no hubiera clientela, y cuando ella regresó tampoco le permitió sacar las fotos, y la trató de mala manera. “Es un racista” me dijo Fátima, con rabia. Yo inmediatamente la mandé a un restaurante de un amigo, del que ya conocía muy bien la carta, para que hiciera en él las fotos, pues la cosa era urgente, tenía ya que entregar mi material, y no podía depender de las patanerías de un administrador racista. Hice pues otro artículo, Fátima vino a tiempo con las fotos y el jueves el artículo salió, pero naturalmente era sobre el otro restaurante.
De inmediato me llamó el dueño del primero, para indagar por qué no había salido el artículo que yo le había prometido. Le expliqué lo que había pasado, le recomendé que se deshiciera de ese administrador estúpido y racista, y ante sus disculpas y ruegos le dije que de cualquier modo mi fotógrafa había jurado no volver a poner los pies en su restaurante, y que ya sería para alguna otra ocasión. Colgó, evidentemente fastidiado.
A los dos o tres meses de este incidente, el mismo compadre me llamó a la revista para contarme que había tomado un socio de mucha plata, y que había trasladado su restaurante a otro local, mucho mejor, que estaba en pleno malecón de Miraflores, y lo estaba relanzando. Tenía un nuevo decorado, una carta renovada, una cava con buenos vinos y licores, y estaba listo para barrer con la competencia… Me invitó pues a pasar a la hora del almuerzo, para ver si esta vez sí hacía aquel artículo con sus fotos respectivas, y quedé en ir a su restaurante unos días más tarde.
Esta vez tampoco llevé a mi fotógrafa, para ver yo primero si era verdad tanta belleza, y más bien me hice acompañar por mi viejo amigo el poeta Toño Cisneros, por cierto un gran aficionado a la gastronomía, esperando ser gratamente sorprendidos.
En efecto, el nuevo restaurante estaba bien puesto, y aún mejor ubicado, en una esquina del malecón, con una espléndida vista al mar miraflorino. Y apenas llegamos, el dueño nos dio la bienvenida, nos presentó a su socio, que era un muchacho blancón y desconfiado, nos hizo sentar en una pequeña salita de espera, pese a que no había manifiestamente ni la sombra de un comensal, nos invitó una cerveza a cada uno, y en vez de acompañarnos, se excusó y se fue a conversar largamente con su socio en la barra del bar, desde donde de vez en cuando ambos nos echaban unas miradas furtivas.
Toño y yo terminamos nuestras cervezas, y puesto que el hombre no se manifestaba, llamamos al mozo y le pedimos otras dos, mientras que esperábamos a ver qué nota. Ya era más de las 2 de la tarde, comenzábamos a tener hambre, y Toño daba muestras de impaciencia, de modo que le hice una seña a nuestro anfitrión para que se acercase, y diese orden de que procediéramos a la degustación. El hombre vino, un poco incómodo, y sin el socio, y cuando le pregunté si ya podíamos pasar a la mesa, me dijo: “Santiago, pero tú ya comiste..” “No”, le dije temiendo lo peor, “estoy muerto de hambre…” “Y yo también” abundó Toño, “Es que la vez pasada ya comiste… No te acuerdas? Me debes un artículo…” me soltó el pata de golpe. O sea que este fulano no nos iba a servir ni un plato de comida? Ni Toño ni yo podíamos creerlo. “Ah, y me has invitado a mediodía a tu nuevo restaurante, solo para recordarme que ya había comido en el antiguo?”, repuse. Y sin pensarlo dos veces saqué mi tarjeta de la revista y se la di al fulano: “Mira”, le dije “Presenta tu factura por el pasado almuerzo a la revista, y te la pagan en un par de semanas, que tengo un fondo especial para patanerías como esta. Y te voy a dar un consejo, gratis: este no es negocio para gente mezquina como tú, sino para gente generosa, que le gusta compartir. Y además puedes estar seguro de que ni ahora, ni nunca, voy a escribir una sola línea sobre tu restaurante. Vamos, Toño!”.
Y nos fuimos al local de un amigo que también queda por ahí, y en el que tenía canje, porque ambos en verdad nos moríamos de hambre. Esa noche me llamó mi amigo Willy para pedirme disculpas en nombre de ese patán, que era un amigo de su familia según me dijo, y estaba amargamente arrepentido de no haberme atendido, por la mala influencia del socio. Decía que no iba a presentar la factura a “Caretas”, y me rogaba que fuera mañana al restaurante, con Toño, donde iba a desagraviarnos como lo merecíamos. Yo me negué de plano, y le dije a Willy que no gastase saliva en defender la causa de un patán semejante, porque yo nunca más iba a pisar su pinche restaurante, aunque me ofreciera todo el oro de Atahualpa. Pero la cosa no terminó allí, porque al día siguiente Willy volvió a la carga, alegando que era casi un asunto de familia, y ofreciéndose a venir con nosotros al restaurante para sellar la paz, pero a mí todo este asunto me olía cada vez peor, y con un rotundo ¡no! en el auricular me libré para siempre del asedio de Willy y de ese infumable compadre.
A pocos meses del incidente me enteré que el restaurante de marras había quebrado, y que su vistoso local había sido tomado por un amigo mío… Ahora es una sucursal de su exitosa cebichería, que a veces visito, porque tiene una estupenda vista al mar. (Por: Rodolfo Hinostroza)