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Dueño de Nada “Si bien en los papeles es pobrísima, Huancavelica es apacible, alegre, amistosa, ajena a robos y secuestros…”.

La Teoría de la Relatividad

LIMA, 5 DE MAYO DE 2013

Subido en el torreón del puente colonial de Izcuchaca vuelvo a sentir que en el Perú se puede vivir a la vez en varias tajadas de la historia. El mundo desarrollado habita sobre una sola forma plana, predecible, que corresponde toda al mismo tiempo, donde los comportamientos están determinados por los pactos estrictos entre el Estado y la sociedad, entre las empresas y sus trabajadores, entre los vecinos. De ahí que la migración, sobre todo la subsahariana a Europa, desde que comenzara, trajo la sensación no solamente de que una raza extraña e inferior de infrahumanos venía a quitarles territorio sino que el pasado amenazaba con invadir para instalarse. Y si no, pregúntenle a Cecile Kyenge, ministra de Integración de Italia, recién designada, congoleña de nacimiento, y que viene recibiendo por una buena parte de la población italiana blanca calificativos de mona fea para abajo.

Como es costumbre en Huancavelica, en una esquina de la Plaza de Izcuchaca lucía su parafernalia de panes una hermosa mujer que me invitó un biscochito de yemas y me comenzó a explicar cada una de las masas horneadas que vende allí. Mientras tanto una pareja de jóvenes holandeses descansaba junto a sus bicicletas, devorando, dichosos, naranjas ¡naturales! y preparándose para continuar un viaje que empezó en Patagonia y terminará en México. ¿Su comentario ante mi cámara de TV? “En el Perú no nos ha pasado nada malo”.

No volvía a Huancavelica desde hace una década. El recuerdo que guardaba era el de una región de orografía dificilísima, en la que construir carreteras más que una tarea de ingenieros, lo era de magos. La tierra que encabezaba –y sigue estando ahí– la lista peruana en pobreza crítica. ¿La razón? El campesinado huancavelicano vive en áreas muy dispersas y no hay manera de que se incorpore al mercado ni de que reciba regularmente los beneficios de los programas sociales del Estado. Me dice mi cicerone: “Huancavelica le da a gran parte del Perú energía eléctrica por la Central del Mantaro, y nosotros hasta 1972 en la ciudad vivíamos con lamparines y velas. En Huancavelica están las lagunas que irrigan Ica y de ahí el portentoso boom de la agroindustria de la costa sur peruana. ¿Y nuestras ochocientas variedades de papas, que se pudren porque no hay por dónde sacarlas? Y por último, Huancavelica, centro de cultura ancestral, punto de confluencia de las influencias de Huancayo y de Huamanga, no tiene presupuesto ni siquiera para parchar las grietas de las siete espléndidas iglesias que se distribuyen a lo largo de una ciudad que si bien en los papeles es pobrísima, en la realidad es apacible, alegre, amistosa, es ajena a robos y secuestros, tiene una enorme población juvenil que lo alegra todo y las mamachas se sientan con sus laptops en la plaza de armas, frente al Hotel Presidente, porque así le gorrean el wifi al hospedaje.

Una mañana íbamos por la sinuosa carretera que une Huancavelica con Julcani. De pronto, tres niños y una niña, no mayores de cinco años, descalzos, con la ropa hecha jirones y la mugre en la cara, nos ponen piedras en la carretera. Se acercan a pedir plata. Yo les digo que no y que lo que hacen está prohibido. Uno de los niños con altanería me responde, “estamos trabajando”. Pensé en ellos de aquí a veinte años y ahí fue que me di cuenta de que en el Perú se puede vivir a la vez en varias tajadas de tiempo. (Escribe: Rafo León)


 


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