Nacional Tragedia en maquilas de Bangladesh que dejó 1,127 muertos pone bajo el reflector los graves riesgos de seguridad que corre el emporio textilero de La Victoria. Alcalde Alberto Sánchez Aizcorbe señala polvorines.
S.O.S. ¡Cuidado con Gamarra!
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Gamarra se expande por 28 manzanas que alojan a un aproximado de 20 mil empresas. |
El abrazo que se dieron dos trabajadores antes de morir en el derrumbe de un edificio en Bangladesh, el 24 de abril, ha quedado impreso en la memoria colectiva y recuerda que millones arriesgan la vida en sus trabajos.
Aunque la industria textil bengalí concentra el 40% de la mano de obra del país y representa el 80% de sus exportaciones, el salario promedio en los talleres es de solo US$ 38 mensuales.
Ubicado a 25 km del centro de la capital, el Rana Plaza albergaba a casi cuatro mil trabajadores en cinco distintas fábricas textiles distribuidas en ocho pisos. Tres más de los autorizados.
Y el incendio que provocó el derrumbe se originó en uno de los generadores eléctricos, instalados también sin autorización.
El negro saldo al término del rescate: 1,127 muertos.
La pobreza vuelve aceptable la informalidad como soporte de una industria exitosa.
A miles de kilómetros, Gamarra bulle en sus 28 manzanas que alojan a un aproximado de 20 mil empresas.
La basura y la delincuencia suelen ser señaladas como el lado oscuro de la moneda emergente que representa el emporio textilero.
Pero tragedias como la de Bangladesh recuerdan que otros riesgos se ocultan a cualquier vuelta de sus recovecos.
CRECIMIENTO EN CAOS
El viernes 9 amaneció con otra doble advertencia, más reciente. El cercano incendio en jirón Roosevelt, en el cercado, y un temblor madrugador que recordó que el Perú es un país no solo de informalidad crónica, sino también sísmico.
“Nosotros no llegamos a al extremo de Bangladesh pero el hacinamiento es fuerte, la informalidad muy grande y los sueldos son bajos”, admitía esa misma tarde a CARETAS Alberto Sánchez Aizcorbe, alcalde victoriano. “Y sí, hay el peligro de que en cualquier momento estalle algo”.
Con más de 50 años de crecimiento caótico a cuestas, Gamarra tiene actualmente entre el 70% y 80% de sus construcciones levantadas de manera informal.
Ya en julio del año pasado se necesitaron siete camiones de bomberos para controlar el incendio de un almacén textil en el jirón Parinacochas, al costado de Gamarra, que se inició en una vivienda informal dentro del almacén.
“Esas son las viviendas-taller”, explica Sánchez Aizcorbe. “Promoverlas reflejó una mentalidad absurda porque lo que hizo la gente es construir viviendas de hasta cinco pisos que son fachadas, convertirlas legalmente en viviendas-taller y funcionan en realidad como talleres semiinformales con un guardián para poder decir que es una vivienda”.
Desde cualquier galería relativamente alta se pueden divisar, desperdigadas, las construcciones de madera sobre las casas y galerías menores.
“Pero cuando se ha querido clausurar estos talleres, sale un hábeas corpus o resolución que dice que no se puede ir contra la libertad de ingresar a una casa”, comenta el alcalde.
La ley permitía construir edificaciones de hasta cinco pisos y luego regularizarlas con licencia automática. E incluso hay galerías mucho más grandes de dudosa resistencia que han sido hechas sin la supervisión de ningún ingeniero.
“Ya tenemos sospechas de algunos edificios, pero la única forma de saber si una estructura está bien hecha es con pruebas de diamantina: sacar muestras del mismo concreto y probar si tiene la resistencia necesaria”, dice Sánchez Aizcorbe.
La comuna victoriana cuenta solo con 25 inspectores para fiscalizar construcciones urbanas en todo el distrito.
Condiciones paradójicas si se toma en cuenta que el metro cuadrado en Gamarra puede llegar a costar hasta US$ 20 mil dólares en el parque Cánepa, compitiendo con las mejores zonas de Lima, y un stand de 6 m2 se alquila fácilmente en US$ 2 mil al mes.
Así han crecido galerías como la Italia, que en sus 16 pisos alberga fácilmente a más de dos mil personas y se sostiene con columnas de 15x30 cm, cuando las construcciones que impulsa la comuna están entre los 50 y 60 cm de diámetro.
El tendido eléctrico es el otro gran problema de la zona.
Con un cortocircuito se inició el incendio de la quinta Roosevelt que dejó en la calle a 45 familias.
En Gamarra los cables se despliegan como telarañas entre los postes.
Ya a inicios de año la comuna conversó con Luz del Sur para trasladar las conexiones –que incluyen torres de alta tensión y subestaciones– al subterráneo. Los costos parecen haber estancado el proceso.
“Para poner orden no basta la municipalidad distrital sino que hasta se necesitaría de una ley o norma que obligue a regularizar las construcciones”, propone el alcalde. Y termina con una línea de doble filo: “hay mucho crecimiento que peligra, y que a la vez no puede parar”. (Israel Guzmán)