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Música Mientras alista concierto en el GTN, Lucho Quequezana revela aquí aspectos enigmáticos de su trayectoria musical.

La Magia de Quequezana

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A lo grande. Quequezana presentará su proyecto Kuntur el 24 y 25 de mayo en el GTN junto a la Orquesta Sinfónica Nacional.

En tiempos de “Agüita de coco”, bien vale parapetarse en otros ritmos como los creados por Lucho Quequezana, multiinstrumentista acreedor de diversos reconocimientos internacionales como la residencia de la Unesco en 2005 para organizar un proyecto musical en Montreal, del cual nacería el deslumbrante proyecto “Sonidos vivos”. Este músico, al que su madre cuando lo ve componer todavía suele preguntarle si no tiene trabajo que hacer, se alista ahora a presentar el proyecto “Kuntur” en el Gran Teatro Nacional junto a la Sinfónica Nacional: la búsqueda de un solo concepto de música peruana que rompa fronteras entre lo académico y lo popular. Avisados.

–¿Cuáles son los sonidos que más recuerdas de tu infancia?
–El motor del carro destartalado de mi padre, un Ford Taunus, que marcó mi infancia porque todos los días para ir al colegio lo tenía que empujar con mi hermano y Flavio Solórzano, el chef, que vivía en mi cuadra e íbamos al mismo colegio. Me crié en el Rímac, entre Tarapacá y Alcázar, pero fue en Huancayo donde musicalmente nací. Mi infancia pre Huancayo era también José José y Camilo Sesto, y Agua Marina porque a la espalda de mi casa hacían los conciertos. Y música criolla porque los hermanos de mi abuela tocaban en los cumpleaños.

–O sea, que tu oído musical se fue formando entre cumbia y José José.
–Y los soundtracks que le gustaban a mi papá. Y mi mamá cantando huaynos, lacrimógenos y alegres. Huancayo fue el punto de quiebre. Yo era un chico de barrio, muy tímido, y a Huancayo viajamos porque mi hermano Alfredo se enfermó de asma. Y, bueno, hubo un momento en que mi romance con la música, como cualquier romance adolescente, era apasionado, obsesivo, como sigue siendo hasta ahora. Llegaba del colegio y no paraba de tocar hasta que me acostaba. No podía dejar los instrumentos, solo los dejaba para comer.

–Para sobrevivir, digamos.
–Para sobrevivir y poder seguir tocando. Ahora ese amor es con la composición, con mis proyectos, que felizmente a estas alturas de la vida puedo disfrutar que sean todos sobre la base de la música peruana, algo que en algún momento yo soñé, aunque no era mi objetivo.

–El éxito te llegó con la beca de la Unesco.
–Eso fue lo más conocido, pero antes ya había participado por ejemplo el 2004 en las Olimpiadas de las Culturas en Corea como compositor. Mi proyecto “Kuntur” fue considerado entre las veinte mejores propuestas del mundo en cuanto a la evolución de la música de una cultura. Mucha gente piensa que lo que hago ahora es una nueva propuesta, pero lo que toco es lo que he tocado toda mi vida, composiciones que hice a los 17 años.

–Me hablabas de tu timidez, ¿cómo lograste vencerla?
–Bueno, además de tímido fui bastante tartamudo, casi toda mi adolescencia. Súmale ese combo. Toda mi vida he sido autodidacta, en la música y en mi vida en general, y descubrí una manera de vencer mi tartamudez: descubrí que si escuchaba la palabra antes, entonces podía decirla, y empecé a decirme a mí mismo las palabras para luego poder pronunciarlas, era como hablar con un delay.

–¿Te avergonzaba tartamudear?
–¡Por supuesto! Y más en la adolescencia.

–¿Y las chicas?
–Eso era terrible. No, era imposible. Y quizá esa sea una de las razones por las que mi música es instrumental. Hasta los 19 seguí siendo un poco tartamudo. Mi refugio y mi único punto de comunicación era la música, porque además hubo un momento de mi tartamudez en el que incluso dejé de hablar.

–¿Qué era lo más difícil entonces?
–Sentir que no podías hacer algo que es natural. Y en la adolescencia, timidez más tartamudeo pues es la cruz. A los doce años, el primer concierto que di fue la clausura de un taller de verano en el que íbamos a tocar con zampoña “La danza de los totorales”, era la primera vez que veía que se abría un telón, todos tocaron, aplausos, se cierra el telón y yo no había tocado una sola nota, un pánico escénico terrible. Pero sentía que no podía hacer otra cosa, y para mí la música no es de lo que puedo vivir, sino lo que me permite sentirme vivo.

–Cuando se habla de Lucho Quequezana se piensa en fusión.
–Aunque siempre he dicho que hablar de fusión en el Perú es redundar. ¿De qué fusión puedes hablar en un país fusionado? Yo hago música, simplemente. Yo aprendí en Huancayo la música andina tradicional, y en Lima me alimenté de la música de la costa, y he escuchado rock, latin y salsa. Soy un reciclador de todo lo que he escuchado. No es mi intención hacer fusión, o sea, soy un peruano mestizo y como mestizo lo soy no solo en raza, sino en influencia.

–Ahora alistas este gran proyecto con la Sinfónica.
–Creo que la música peruana no es solo la música folclórica, sino la música que hacen los peruanos en el Perú, y con el proyecto Kuntur tratamos de encontrar un solo concepto de música peruana que te suene a todos los instrumentos y ritmos, sin distinguir si vienen de la sierra o la costa.

–¿Y cuáles dirías que son tus otras pasiones aparte del cine y la música?
–Esas son las cosas por las cuales me desvivo, pero aparte tengo hobbies como la magia. Hago aparecer cosas, monedas, cigarros. Mi mago favorito es el japonés Cyril Takayama.

–¿Y cuál es tu mejor truco?
–La música. (Entrevista: Maribel De Paz)


 


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