Crónicas Marcianas Por: Rodolfo Hinostroza
La Máquina Prodigiosa
Nevaba sobre Champs Elysées. Frente a una gran galería vidriada, marcada con el número 84, se agolpaba una multitud de personas que miraba hacia el interior, donde ocurría algo sin duda extraordinario para así atraer la atención de los aburridos parisinos. Santiago Figueroa, que salía del cine con su mujer Monique y sus primos Patrick y Marie-Paul se acercó a la vitrina seguido por ellos, por pura curiosidad, y trataron de atisbar lo que allí ocurría, pero al principio no comprendieron nada.
A través del cubo de vidrio y acero se veía varios armarios metálicos, muy altos y anchos, distribuidos sobre las paredes transparentes del fondo y de los costados de la galería, que tenían hileras y columnas de miles de pequeños bombillos encendidos con una luz amarillenta, que cubrían toda su blanca superficie, y a veces se apagaban… Entonces aparecían unos hombrecillos en overol blanco, que subían y bajaban industriosamente por unas escaleras deslizantes, como de biblioteca inglesa, y cambiaban los bombillos a medida que se quemaban. En el centro había una complicada consola de control manejada por dos hombres, también en guardapolvo blanco, que miraban con atención una pantalla de TV y manipulaban un inmenso teclado. Detrás de un mostrador de atención al público, que hacía cola, una señorita se dedicaba a perforar unas tarjetas de cartulina previamente troqueladas, y otra a meterlas en una máquina que parecía una contadora de billetes de banco, que barajaba todas las tarjetas y seleccionaba algunas a través de un ingenioso mecanismo de varillas de acero, que la operadora separaba y corría en un carril que iba a alimentar la Torre Central. Allí reinaba una inmensa impresora automática, que parecía un linotipo, y hacía un ruido infernal, a chatarra, como el metro de Nueva York, e imprimía páginas enteras de un solo golpe sobre el rollo de papel continuo que circulaba guiado por sus bordes perforados. Unas 8 personas uniformadas con esos guardapolvos blancos manejaban el conjunto de esas máquinas, que parecían sacadas de una película de James Bond.
Santiago, desconcertado, trató de leer el cartel de letras luminosas que pasaba por sobre la vitrina, contorneando las vitrinas, que decía ““Astroflash”” y vio las grandes siglas “IBM 4331” impresas en la máquina, y de pronto comprendió de qué se trataba. “Pero si es una computadora!” exclamó deslumbrado, “Es una computadora!” explicó a sus acompañantes sin salir de su asombro. Monique señaló un panel explicativo que estaba rodeado por gente que leía con aplicación sus términos, se acercó y les dijo: “Es una computadora IBM modelo 4331, y hace horóscopos electrónicos a la medida de cada cliente” Y siguió leyendo: “Tiene una capacidad de memoria RAM de 64 kilobites, es decir, de 64,000 caracteres, y puede realizar 248,832 horóscopos diferentes” y por poco no se quedaron realmente boquiabiertos, porque esto era realmente demasiado...
Cuando Santiago reaccionó, recién atinó a decir: “O sea que están aplicando la tecnología más avanzada del siglo XX a la astrología, la más antigua superstición del hombre! Es extraordinario!” “Y quién te dice que es una superstición?” replicó Monique “De repente es verdad,” “Vamos chicos!” terció, práctico, el primo Patrick, “A hacer la cola!
En el mostrador pagaron cada uno 20 francos y les pidieron sus datos: fecha, hora y lugar de nacimiento, y Monique no estaba segura de haber nacido a las 11 a.m. o a las 11 p.m., pero el resto de ellos sí lo sabía. Con ellos la empleada llenó las tarjetas perforadas, las metió en el lector, que a su vez los pasó a la impresora, y esta comenzó a trabajar con un atronador ruido a chatarra, escupiendo uno tras otro los cuatro horóscopos, que les fueron entregados en baratas carpetas azules.
Se fueron al café de la esquina, donde pidieron algo de tomar antes de enfrascarse en la lectura de sus horóscopos, que eran una verdadera novedad para ellos, que nunca habían consultado a un astrólogo. La Carta Astral, que abría la carpeta, era un círculo dibujado por hileras de puntos, dividido en 12 cuarteles iguales que representaban los signos del zodíaco marcados con sus nombres: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis…
Seguían seis largos párrafos explicativos del significado de la posición del Sol, Ascendente o Casa I, Luna, Marte, Mercurio y Venus. El Sol, que era el que definía el signo, era tema del primer texto y el más largo, y los otros tenían la mitad de su extensión. Eran unas 8 páginas, en total y en letras mayúsculas, que cada uno de ellos leyó con una mezcla de unción y desconfianza…
Esa noche Santiago casi no pudo dormir, de lo excitado que estaba. Al día siguiente lo primero que hizo fue contactar telefónicamente a la empresa “Astroflash”, para solicitar una cita con el gerente, porque quería entrevistar a los creadores de esa espectacular aplicación de la cibernética, que ya fascinaba al mundo occidental. Hizo valer su condición de corresponsal de la revista peruana, CARETAS, que le había solicitado precisamente noticias como ésta, y le concedieron una entrevista con el gerente de “Astroflash”, René Berthier, al día siguiente por la tarde.
Berthier tuvo la paciencia de explicarle la génesis de “Astroflash”, que había comenzado hacía pocos meses en París, en octubre del ’68, con éxito apabullante. “Si hasta el propio presidente De Gaulle solicitó su horóscopo!” le contó, porque un motociclista asignado al Elíseo vino a hacerles el pedido. “Astroflash” comenzó por una de esas afortunadas coincidencias” le reveló Berthier, con franqueza, “Porque yo no sabía nada de astrología, soy ingeniero de formación, por eso tuve la idea de contratar una computadora para la bodega que heredé de mis padres, porque la IBM no las vende, las alquila” continuó el ingeniero, “Pero la computadora era tan eficiente, que al poco tiempo me di cuenta que bastaba con dos semanas de trabajo para cubrir el movimiento del mes, y estaba ociosa la mitad del tiempo, de modo que perdía plata”. Y cuando estaba pensando qué otra aplicación darle a la máquina, quiso la suerte que entre sus empleados hubiera uno particularmente despierto, “un chico que era muy aficionado a la astrología” que tuvo la gran idea de poner a la máquina a hacer Cartas Astrales en su tiempo libre, para regalarlas a los clientes como promoción, porque él sabía lo largo y engorroso que era el procedimiento de levantar la Carta Astral a mano, que podía demorar horas, y la computadora podría hacerla en pocos instantes.
A Berthier la idea le pareció brillante, y se puso en contacto con el astrólogo más reputado de Francia, André Barbault, y le propuso que asesorase a los técnicos en la programación de una rutina astrológica, trabajo que Barbault aceptó encantado, pues era un Acuario atraído por todo lo nuevo, y le gustó el desafío. Pero pronto Berthier se dio cuenta del potencial de la idea, y fundó una nueva empresa, “Astroflash” dedicada exclusivamente a la elaboración de horóscopos por computadora, contrató a otro astrólogo reputado, Jean-Pierre Nicola, con quien Barbault formó equipo, de modo que al cabo de unos meses de trabajo encarnizado, terminaron la programación.
Y el resto ya era historia, porque “Astroflash” revolucionó la astrología en el mundo entero, y ahora tenía sucursales en Londres, Nueva York y Munich. “Y pronto estaremos en España, y tal vez en Latinoamérica, a través de Miami, o Perú…” dijo Berthier con una sonrisa de satisfacción. “Algo más que le pueda interesar, señor Figueroa?”, dijo dando por terminada la entrevista. Santiago le dijo “No, está perfecto así” y se despidió del empresario. Y ya en su apartamento del Barrio Latino, escribió el artículo para CARETAS y lo envió a Lima para su publicación.
En el año ’82 aparecieron las primeras PC, que traían 640 kb de RAM, lo que era una enormidad, y entonces Santiago, que para entonces ya se había convertido en un experto astrólogo, se compró una y la mandó programar para que hiciese rutinas astrológicas desarrolladas por él, que producían una variedad de más de 2 billones de horóscopos diferentes... Asu mare! Nadie detiene el progreso!(Por: Rodolfo Hinostroza)