Fútbol Como cábala antes de la ronda eliminatoria al Mundial, una evocación de Lolo Fernández por su centenario.
Yo lo vi Jugar
Tenía entonces ocho años de edad. Recuerdo como si fuera ayer que junto con los chicos del barrio seguimos la transmisión de los partidos que jugó Perú en las Olimpiadas de Berlín, en la voz de Juan Sedó. Escuchamos entonces, como electrizados el partido que ganó a Austria y Hitler, destempladamente, hizo anular. Ante ese escándalo, el presidente Benavides, con muy buen criterio, ordenó al equipo abandonar los Juegos.
Una o dos semanas después, acudía en el Paseo Colón –que quedaba solo a una cuadra de mi casa- para ver la llegada de los olímpicos. Había tanta gente que era imposible aproximarse a los héroes de Berlín. Solo pude divisarlos de lejos, cuando se acercaban, en hombros de la multitud, a la Municipalidad de Lima, que por esos años funcionaba en el Palacio de Bellas Artes.
Tuve la suerte de ver jugar Lolo en el estadio de madera en los años de su apogeo y en el atardecer de su carrera. Parecía que el hombre tenía “dinamita en los pies”. Eso era lo que sentíamos los aficionados cuando despedía de sus botines taponazos que parecían misiles. Fue así como, a 40 metros de distancia, le clavó uno de los tres goles que le facturó al arquero Bello del Independiente de Buenos Aires. El guardameta che, declararía después que casi le revienta las manos. Y tramontando el medio siglo, gocé viéndolo jugar sus últimos partidos al lado de Campolo Alcalde, que también brilló en las Olimpiadas de Berlín. Con una redecilla en la mocha, corriendo pausadamente, ya era el jugador experimentado y técnico, que, a los 40 años de edad, seguía siendo la figura clave de su equipo. Había perdido su fogosidad de otros tiempos, pero no su virtud de fabricar goles, a tal punto que en la noche de su adiós a los gramados -20 de octubre de 1953- se despidió estampando tres goles.
Se fue de las canchas lleno de gloria, y lejos de los estadios fue un hombre que nunca perdió la sencillez. Trabajó luego en la Aduana del Callao y con el paso de los años (….) “con su fortaleza y espíritu indomable –escribiría el poeta Gonzalo Rose- empezará a jugar un partido decisivo contra la acechanza de la invalidez”. (Domingo Tamariz L.)