Crónicas Marcianas Por: RODOLFO HINOSTROZA
Brasilia en Calzoncillos
Cuando el Banco do Brasil me invitó para hacer unas lecturas de poesía en Río de Janeiro, Sao Paulo y Brasilia, me entusiasmé. Es que nunca había estado en el Brasil, país con el cual mantenía relaciones más bien imaginarias. Pero en cambio uno de mis más cercanos amigos era el diplomático Marco Carreón, que justamente estaba destacado como Cónsul en Río de Janeiro, y se aprestaba a recibirme en sus dominios. La invitación era de unos cuantos días durante los cuales tenía que desplazarme en avión a estas 3 ciudades, realizar mis lecturas en compañía de varios colegas de Brasil y América Latina, y luego regresarme en el vuelo Rio de Janeiro-Lima. Hice pues mi maleta con un par de mudas de ropa, para viajar ligero, y algunos ejemplares de mis libros para intercambiar con los colegas poetas, y me embarqué a Río, feliz de la vida.
Pero las cosas arrancaron mal desde el principio: cuando fui a recoger mi maleta en la banda sin fin del aeropuerto, esperé hasta el final, y nunca pasó la mía. Me alarmé y fui a reclamar en el mostrador, donde me explicaron que probablemente había sido embarcada en el vuelo siguiente que llegaba en cosa de una hora, para el caso de que quisiera esperarlo. Si no, me avisarían para que pasara a recogerla. Acepté a regañadientes, porque mi amigo el cónsul ya me estaba esperando con los brazos abiertos, en el hall del aeropuerto, para almorzar juntos antes del inicio de mis actividades.
Lo malo es que traía puesta ropa de media estación, con saco y todo, y era el pleno verano en el Brasil, con un calor endemoniado, y no tenía cómo cambiarme. Necesitaba una camisa a gritos, y Marco se estacionó frente a un mall, donde me compré una camisa grisperla muy bonita y ligera, que me puse al llegar a la playa de Ipanema, donde pasamos la mañana mirando pasar a esas fabulosas garotas que había inmortalizado Vinicius de Moraes, y comiendo camarones de los ambulantes, en un decorado de película, con el Pan de Azúcar que custodiaba a las garotas y el Cristo del Corcovado que nos aguaitaba desde arriba.
Esa noche leí mi poesía en un gran teatro con algunos colegas argentinos, y brasileños que yo desconocía mayormente. Como nunca había estado en aquella situación, yo suponía que para nosotros los hispanohablantes el portugués de Brasil era comprensible, cosa que se reveló completamente falsa, porque yo no comprendía ni michi. Felizmente que yo había traído uno de mis libros de poemas en el bolsillo de mi saco, si no ni siquiera hubiera tenido qué leer. Al día siguiente Marco me llevó a dar una vuelta por la hermosa ciudad, y terminamos almorzando una parrillada al estilo “gaúcho”, pero mi maleta aún no aparecía. Como el cónsul era un ferviente aficionado a nuestra cocina, se le ocurrió programarme unas charlas gastronómicas para consumo interno, es decir para los cocineros de la embajada, que quedaba en Brasilia, como todas ellas, para después del almuerzo de bienvenida que me habían programado y yo acepté encantado.
Sao Paulo era un verdadero caos, pero descomunal, y casi me perdí en sus callejuelas céntricas, oscurecidas en pleno día por la sombra de los rascacielos, y esa noche no pude dormir, porque se jugaba la final del Mundial de Fútbol no sé si en Alemania o Francia, a las 3 de la mañana, hora local, y todo Sao Paulo estaba despierto y encendido porque Brasil disputaba la copa Jules Rimet . El caso es que a cada gol de los cariocas se levantaba un inmenso rugido de millones de hinchas, con miles de matracas, que no dejaban dormir a nadie. Brasíl ganó, claro, y no quiero imaginarme lo que habría pasado si es que hubiera perdido.
Cuando llegué a Brasilia, unos días después, un solícito agregado cultural me esperaba en el aeropuerto para llevarme, de frente, al almuerzo de la embajada, porque el vuelo traía retraso y ya me estaban esperando. El agregado me informó que ya habían encontrado mi maleta, que me esperaba en el hotel, de modo que tendría tiempo de cambiarme para el recital de esta noche al que asistiría toda la embajada. De manera que llegamos a nuestra embajada, diseñada desde luego por el gran Oscar Niemeyer, donde me esperaba un copioso almuerzo bien peruano, con asistencia de todo el personal, y cuando terminamos reuní a los cocineros y les asesté una charla sobre cocina peruana, con algunas recomendaciones puntuales acerca del Pisco Sour.
Luego el agregado me llevó en su carro a dar una vuelta por esa maravilla arquitectónica que es Brasilia, con el Palacio de la Alborada, el Palacio de Planalto, el Congreso Nacional, la preciosa Catedral, la Plaza de los Tres Poderes…. pero nos demoramos más de la cuenta, y llegamos al hotel apenas media hora antes de que me toque mi último recital en un gran teatro. En el desk me dieron mi llave, y subí volando para darme un duchazo y al fin ponerme mis mejores pilchas de mi equipaje recuperado. Pero en lugar de darme mi llave me habían dado una tarjeta de plástico para abrir la puerta, y yo jamás había usado estos novedosos adminículos porque recién se estaban poniendo de moda. De manera que estuve forcejeando con la puerta, y maldiciendo estos nuevos inventos, hasta que un providencial groom me sacó del problema. “Ve?” me explicó, “El truco es meter la tarjeta y no dejarla adentro, sino volverla a sacar. Ve?” lo hizo delante de mis ojos y funcionó. “Igual hay que hacer para prender las luces, allí está la ranura, ve usted?” Y en efecto había una ranura al costado de la puerta de entrada. Le dí las gracias efusivamente al chico, entré a mi cuarto, metí y saqué la tarjeta de la ranura, y la luz se hizo. Encontré al fin mi maleta, y la abrí apresuradamente, escogiendo la ropa que me iba a poner, me desnudé, y me metí a la ducha sin más trámite. Encontré unos sobrecitos de champú, y comencé a frotarme enérgicamente el pelo, y a llenarme todo el cuerpo de espuma, y de pronto, sorpresivamente, se apagó la luz.
Sobrevino una negra oscuridad. Como yo no me había dado el tiempo de correr las espesas cortinas, ni un hilito de luz iluminaba ni el baño ni el cuarto, que estaba como boca de lobo. Salí del baño a tientas, con los brazos por delante, como Frankenstein, para no tropezarme con algo, y me di un resbalón en las losetas que me tiró al suelo, todo magullado y chorreante de agua y espuma, y comencé a caminar a cuatro patas, tratando de salir del baño a toda costa, buscando el maldito interruptor. Encontré las patas de una cama, me agarré de ellas y me incorporé, dí unos pasos al frente, me tropecé con mi maleta que estaba abierta en el piso, y me caí espectacularmente en un revuelo de ropas y de libros, otra vez al piso.
Era una pesadilla… Estuve así, levantándome y tropezándome de nuevo, y otra vez, hasta que palpé una de las cortinas del cuarto, y la abrí hasta donde pude. Con la débil luz que entraba pude sin embargo encontrar la maldita tarjeta, la metí en su ranura y otra vez se hizo la luz, revelándome una escena deprimente: toda mi ropa andaba por el suelo, pisoteada, mojada, arrugada, impresentable… Estaba buscando al menos algo seco, cuando sonó el teléfono: era el agregado que se impacientaba y me conminaba a salir de una vez, que estábamos en retardo. Lo único que estaba seco era un viejo short de entrecasa, y un polito que usaba para dormir, de modo que me los puse, y al momento de salir agarré al vuelo una gorrita de jockey de uno de mis hijos, y bajé así vestido al lobby donde el agregado me esperaba. En el coche me agarró un estallido de tos y de estornudos horrible, que no quería parar, hasta que llegamos al teatro donde solo me esperaban a mí para comenzar. Cuando pasé frente a un gran espejo de la entrada, me miré y casi no me pude reconocer de lo ridículo que estaba con mi viejo short raído, mi polito arrugado y mi estúpido gorrito de jockey. Más parecía un canillita que un poeta, y nunca me había sentido más ridículo en mi vida, y fue peor todavía cuando entré, porque en primera fila estaba la embajadora con todo su personal, y yo me aparecía vestido de payaso, y para colmo con una tos maldita y estentórea que no me dejaba reposo. Todos mis colegas estaban muy compuestos y elegantes, porque era el fin de fiesta que íbamos a cerrar con broche de oro, y de pronto aparecía yo vestido de canilla.
Prefiero echar un piadoso velo sobre ese recital, que fue el peor de mi vida, porque me lo pasé balbuciendo mis poemas entre ráfagas de tos, muerto de vergüenza, para consternación del distinguido público, que no podía creer lo que veía. Apenas pude me escapé en un taxi en dirección de mi hotel, dejando para mejor ocasión la cena de clausura. En el lobby me encontré con el groom que me había enseñado a manejar la traidora tarjeta, y lo increpé: “Oiga, qué pasó que se me apagó la luz en plena ducha!”, y él me repuso: “Seguro que usted sacó la tarjeta de la ranura, y en caso de la luz hay que dejarla, pues…”
Desde entonces nunca me he vuelto a equivocar sobre ese punto… (Por: Rodolfo Hinostroza)