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Dueño de Nada “Esta vez ya no pensaba con lástima en la amazonía perdida irremediablemente, le había dado un giro al asunto…”.

Quebrada del Capital

LIMA, 2 DE JUNIO DE 2013

La quebrada de Huancamayo hasta hace unos años era considerada un modelo de bosque primario, próximo a la carretera que hoy es la Interoceánica 3, y parte de la zona de amortiguamiento de la Reserva de Tambopata, en Madre de Dios. El río se desplazaba, puro y transparente, entre matas muy tupidas de arbustos, cañabravas y bambú y de pronto desaparecía en el laberinto verde de las especies más grandes. Un buen día comenzaron a aparecer al borde de la pista los primeros plásticos azules, y en cosa de semanas, la quebrada se convirtió en un pueblucho de mierda, lo más sórdido, sucio y voraz que uno pueda imaginar, el campamento definitivo que daba albergue a los primeros trabajadores de los nuevos lavaderos de oro que se desplegaban como una plaga incontenible en el río. Hace cuatro años me arriesgué a bajar del puente hacia un sucucho de palos y plásticos y le pregunté a un muchacho, muy mal encarado, cuánto ganaba al día por sacar oro: el diez por ciento, en ese entonces, cien dólares. Cobra, me dijo, se va a algún bar y de ahí al burdel, no usa condón, prefiere las charapitas que son más estrechitas que a las ojotitas, que huelen mal. “Te vas a morir muy pronto”, le dije, y me fui.

Hoy he vuelto. Se calcula que la minería ilegal entre la quebrada y Puerto Maldonado, ha avanzado 14 kilómetros en paralelo a la Interoceánica, y que no son menos de quince mil las personas que viven allí, trabajando directamente en la extracción y procesamiento de oro, pero también en los prostíbulos, bares, tiendas, farmacias, hoteluchos. Antes de que yo partiera a la selva, hace cosa de un mes, el ministro del ambiente, Manuel Pulgar Vidal, advirtió que si Sendero Luminoso se aliaba con los mineros ilegales, como ha hecho con los cocaleros, la violencia en el Perú pasaría a mayores. Y aún si aquello fuera una exageración –que no ha de serlo– basta ver desde la carretera lo que alguna vez fue la quebrada de Huancamayo: hoy un arenal de color amarillo que se prolonga en el horizonte, sin fin, para unirse con los lavaderos de Huepetue y Laberinto.

Pero esta vez yo ya no pensaba con lástima en la amazonía perdida irremediablemente, le había dado un giro al asunto, al ver cómo, a diferencia de lo que había encontrado cuatro años atrás, a lo largo de los tantos kilómetros de campamentos, ya se han establecido también las tiendas de productos y servicios de carácter formal, que atienden necesidades de esa población. Representaciones de marcas de motos, que en Puerto Maldonado tienen sus muy buenos locales y viven en perfecta formalidad; tiendas de repuestos de maquinaria, indispensable para las dragas, que también ofrecen sierras eléctricas para bajarse los árboles, igualmente conocidas y reconocidas en la ciudad, como parte del sector formal más cumplido y respetable. Igual los grifos, con todo y cartel de marca de la empresa, establecidos al lado de burdeles de apariencia circense, que pueden llamarse Las Diosas Amazónicas o Dolli’s Girls. “Ahorita, pensé, abre su agencia un banco y después el otro”. Y entonces ahí me di cuenta de la verdadera naturaleza del capitalismo salvaje. Porque el inicio de una invasión a una parte del bosque por gente que no es nada, dispuesta a ganarse algo sacando oro, hasta puede entenderse. Pero que a esos le sigan empresas que representan al sector formal, solo porque allí está la plata, me suena a un delito consustancial al sistema, así de sencillo. Pero a la economía libre, ni con el pétalo de una rosa. (Escribe: Rafo León)


 


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