Policiales Eva Bracamonte, de puño y letra, narra su situación a solo horas de la sentencia final de la Corte Suprema que definirá el Caso Fefer.
Penúltima Palabra
 |
Miércoles 12 de junio, Eva Bracamonte da su alegato final junto a AlejandroTrujillo Ospina, asesino confeso de su madre. |
Los días previos a la audiencia del miércoles 12 estuve nerviosa, no comí nada durante cuatro días. Hasta que la noche anterior decidí que tenía que ser responsable, que no podía desvanecerme o desmayarme en plena audiencia como la otra vez. No quería volver a sentir eso que es como que el alma se te va y plaf. Así que me obligué a comer un plato de arroz chaufa sin verduras que me preparó Virginia.
Aparte de no comer, me pasé esos últimos días pensando en QUÉ-DE-CIR, pero entre más lo pensaba más perdida me sentía y menos idea tenía. ¿Qué debía hacer o decir para ayudarme a demostrar que soy inocente?
Al final, por tres motivos, decidí no preparar nada. Primero, porque hasta ahora no tengo claro cuáles son las supuestas pruebas en mi contra que aún no han sido descartadas definitivamente, sabía qué era exactamente lo que debía rebatir.
La segunda razón es que estaba segura de que al estar parada en medio de la sala me iba a poner tan nerviosa que lo más probable era que se me olvide la mitad de lo que iba a decir y que la otra mitad se me enrede.
Y la última razón es que durante más de cuatro años nadie me ha creído, entonces, por más respeto que sienta por los magistrados, ¿para qué, a estas alturas del partido, me iba a esforzar en dar explicaciones que al final a nadie se preocupa en comprobar?
Si me paré enfrente de los magistrados a pesar de mi falta de fe, fue por mi mamá, que no hubiese admitido que me quede de brazos cruzados; y por mi papá, porque sé que lo he recuperado, porque sé que está dedicando su vida a luchar porque se haga justicia y quiero hacerlo feliz; y también por las personas que ahora representan mi único respaldo humano.
Estar frente a esos magistrados de los cuales ahora depende mi vida entera fue hasta cierto punto aterrador, porque sabía que era mi única oportunidad, pero por otro lado mientras estaba frente a ellos pensaba que esos señores estaban en ese lugar por algo. Me aferré a esa idea, y de la mano de eso fue que empecé a hablar.
La verdad es que apenas terminé sentí que hubiera querido decir más, pero la realidad es que no doy más, y estar parada así, con la vida expuesta frente a cinco personas que no conozco pero que van a decidir mi futuro hacen que mi soldadito interior, y que esa Eva lúcida e inteligente se vayan de paseo bien lejos.
Solo yo sé cuánto quisiera tener tapones en los oídos cada vez que alguien dice la palabra “cadáver”. Solo yo sé cuánto me cuesta escribirla en este instante porque no puedo concebir la muerte de mi madre. Solo yo sé cuánto me cuesta admitir que mi mamá no está, solo yo sé que hay momentos en los que no puedo ni decirlo en voz alta.
Pero también sé que para la gente, para los magistrados es necesario escucharme hablar de ella, y es por eso que hice lo mejor que pude, salteándome decir “ya no está”, porque no me atrevo, pero contando cómo me he quedado sin ella, explicando un poco torpemente cómo me he quedado desarticulada, desarmada, a medias, incapaz de defenderme sola, incapaz de tantas cosas, incompetente en esa carrera que llaman vida y que siento que no conozco.
Siento que mi nombre se ha vuelto tóxico hasta para mí misma, y que todos nos merecemos que esto termine. Como sea que termine, pero que termine, por favor. (Escribe: Eva Bracamonte)