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Dueño de Nada “Alas Peruanas tiene 50 mil alumnos en todo el Perú. ¿Cómo es eso posible?”.

Entre Melcochita y Platón

LIMA, 15 DE JUNIO DE 2013

Algo caracteriza al gobierno de Humala, algo así como tener buenas ideas a partir de buenos diagnósticos, y luego pretender sacarlas adelante mediante diseños legales que son verdaderos desastres. Pasa con las nuevas normas sobre los CIRA (Certificados de Inexistencia de Restos Arqueológicos), que buscan agilizar una rémora burocrática y corrupta que ha reinado por décadas en el ex INC. Pero a la hora de formular la solución en un esquema legal, el famoso Decreto 054 se convierte en una de las más graves amenazas contra nuestro patrimonio, por cuestionamientos que han sido bastante debatidos públicamente, entre ellos la apariencia de que el decreto pareciera haber sido dictado por la Sociedad Nacional de Minería, y hasta ahora nunca nadie del sector ha salido a hablar claro.

Similar cosa ocurre con la Ley Universitaria, hoy en pleno candelero. Nadie puede discutir que las universidades en el Perú están pasando por el peor de sus momentos. Las públicas, desfinanciadas, corroídas por la corrupción y blindadas para que no haya para ellas ninguna clase de supervisión, ni siquiera (menos aún) en sus aspectos económicos. Y las privadas, sobre todo las nuevas y modernas, supermercados de ilusiones donde se termina estafando a padres y alumnos con el cuento del éxito a cualquier precio. Universidades que captan a los chicos desde tercero de media en los colegios usando distintos juegos de abalorios, y luego los encarrilan en pésimas mallas curriculares, una ausencia total de principios académicos, la apología velada del cut and paste para hacer tu tesis y graduarte y salir a la vida hecho un tigre.

Hace unos años dicté cuatro semestres en una de esas universidades modernas. Para comenzar, el mercadeo de la entidad se basaba en que era tan pero tan de vanguardia que no le hacía falta una biblioteca. Es decir, era una universidad sin libros. Todo era marketing. Nos buscaban a los profesores por tener cierta figuración pública, nos contrataban sin verificar nuestro curriculum (yo no soy licenciado, no podría haber dictado, por ejemplo). Jamás, en dos años, hubo una reunión de coordinación entre los profesores de las mismas áreas. La relación con los alumnos solía ser tensa y destemplada. Muchachos que desde el colegio habían recibido el mensaje de parte de la universidad de que ellos eran unos winners y nadie les habría de pisar el poncho, resultaban absolutamente acríticos consigo mismos; al primer comentario deliberante del profesor se salían del salón y no había manera de que leyeran una separata de más de una página en Word: “Acá somos súper modernos”.

Un día me llamó a su despacho la coordinadora de mi área. Pensé que se trataría de algún tema académico por ajustar o algo así. Pero el asunto era otro. Me dijo que yo soy una persona pública bastante reconocida, que doy charlas y presento libros y soy entrevistado en los medios y que me pedía algo. Que a la hora de que me presentaran, antes de mis intervenciones, se dijera en primer lugar que yo era catedrático de la moderna universidad. Ese día entregué mi carta de renuncia.

Me dicen que Alas Peruanas tiene cincuenta mil alumnos en todo el Perú. ¿Cómo es eso posible? Donde viajo, en Pillcopata, en Lircay, en Subtanjaya, encuentro paneles de esa universidad y cuando pregunto, me dicen que se da educación a distancia, o en asociación con institutos superiores locales. Prefiero no imaginar una clase de Semiótica en Alas Peruanas.

Hasta ahí, el diagnóstico minimalista que me ha dado mi experiencia con universidades que son realmente máquinas para engañar. Nadie podría oponerse a intervenir en una estafa pública de esa magnitud. Pero la distancia que hay entre el problema y la ley es tan grande como la que media entre Melcochita y Platón. Alguien, asesores, lobbystas, gente pendeja, sabe calentarle las orejas a Ollanta, hacerlo pensar en la urgencia de cambiar aspectos atávicos de una realidad ya insostenible, y con la otra mano le ponen el disparate reaccionario para que lo firme. (Escribe: Rafo León)


 


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