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Dueño de Nada “Lima ha tomado el velo blanco, y existe el más alto horror en esta blancura, que define su tribulación”.

Castillo de Naipes

LIMA, 6 DE JULIO DE 2013

Cuando hay turbulencia, lo mejor es cambiar de tema y hablar sobre el clima. Del clima de Lima en estos días, que hace inevitable un “¡qué frío del carajo!” antes del saludo. Nos frotamos las manos, nos ponemos encima toda la lana que tenemos, tomamos infusiones de vieja para calentarnos por dentro, se incrementa el consumo del pisco, y esa sí que es una buena noticia, sobre todo si es de la bodega Tres Generaciones, lo mejor de lo mejor su mosto verde. Pero nada parece bastante para paliar ese páramo que se mete hasta los huesos. Y es que creo que el clima de Lima, con lo mediocre que es, resulta siendo un estado de ánimo, que por demás ha sido comentado por viajeros insignes, sobre todo por esos que de a verdad sabían recorrer el mundo, montados en esa nave que tiene un lado de objetivo y motivación, y el otro de rabia de vivir. Cito dos lugares muy comunes, pero siempre interesantes.

Melville, en la maravillosa Moby Dick, describe a Lima. Se supone que retrata la experiencia que vivió acá entre 1843 y 1844. Leamos: “Lima ha tomado el velo blanco, y existe el más alto horror en esta blancura, que define su tribulación. Vieja como Pizarro, esta blancura mantiene siempre nuevas sus ruinas, no admite el jovial verdor de su decaimiento: extiende sobre sus rotos terraplenes el rígido palor de una apoplejía que fija sus propias distorsiones”.

Y eso que Melville no se enteró de que un constructor mafioso se robó un pedazo del acantilado de Barranco, para que después el municipio lo saque a la venta y lo compre él mismo, y así completar el que probablemente sea el edificio más feo de Lima. El más pretencioso y aberrante.

Alexander Von Humboldt vino a Lima y pasó acá unos meses, medio mal de salud. Entiendo que lo acompañaba, como siempre, su inseparable Aimé Bonpland. El científico alemán escribe en 1803 una carta en Guayaquil a su amigo el gobernador de Jaén, Ignacio Checa, en el que le comenta sus impresiones sobre Lima. Leamos: “…a raíz del aspecto totalmente desértico y estéril del paisaje, nace la idea de que uno está transportado en el corazón del desierto que se extiende cerca de Chancay y Pisco, pensamiento tristísimo, para un hombre como yo, quien es tan sensible a las bellezas de la naturaleza, que más prefiere la alta meseta de Saraguro y Tomependa que el castillo de naipes que es la gran capital del Perú.”

Y eso que Von Humboldt no vio cómo el constructor del edificio de la esquina de José Gonzales con Buenos Aires, en Miraflores, se tiró parte de la vereda para instalar la columna de los parqueos de su nuevo hijo, de un horrible diseño, tanto que me dan ganas de mudarme, pues soy vecino del estropicio. El argumento del constructor le hubiera acentuado el asma a Von Humboldt (si es que la tuvo, no lo sé): el título de propiedad de la casa sobre la que se ha construido el edificio, incluye la vereda… la vereda pública, la que usamos todos.

Hay turbulencia en Lima, un clima horrible y la sensación de que todo se puede hacer con plata y que la respuesta que recibas a tus reclamos a las autoridades, serán dadas con mejores modales que antes pero con la misma prepotencia hacia el vecino y la misma labilidad ante el poderoso que la lleva. Hasta que se empiece a caer, “el castillo de naipes que es la gran capital del Perú”. (Escribe: Rafo León)


 


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