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Dueño de Nada “Los niños cuentan con bicicletas en las que llegan rápido a sus clases, aunque estas todavía sean unidocentes…”.

Mar Adentro

LIMA, 13 DE JULIO DE 2013

Primero hay que ir a Chiclayo, espantarse con la agresividad, la contaminación y el caos de la que puede ser la ciudad más insalubre del Perú, en mucho gracias a los proyectos de infraestructura pública contratados por una empresa que pertenece a Velásquez Quesquén, al decir de todo el mundo. Menos de él. Igual, luego tomamos la dirección hacia Ferreñafe y entramos a esta ciudad en cuyos alrededores hay asociaciones de campesinas que cultivan y tejen sus propios algodones de colores y el maestro Fernández abre su consultorio, como si odontólogo fuera, temprano en la mañana; los pacientes sacan su ticket con secretaria y esperan turno para ingresar a un cuarto atiborrado de objetos que ya se han empezado a fundir unos con otros por el paso del tiempo, entre los que destaca una urna con el cráneo de una niña santa local. Ahí ocurren mesadas, curaciones, florecimientos, con horario de oficina.

Sigues luego por la trocha que sube a Incahuasi. El profesor Gerald Taylor, uno de los mayores estudiosos del quechua del siglo XVI, con cachosa bonhomía francesa me dijo alguna vez que si no conocía Incahuasi, no anduviera repitiendo que había viajado por todo el Perú. Incahuasi y su vecino Cañaris, son dos pueblos que figuran en el mapa de pobreza extrema, se dedican a la agricultura y sus pobladores hablan un quechua único. Se especula que estos villorrios son remanente de un mitimae inca, que trajo indígenas cañaris del actual territorio ecuatoriano. Lo cierto es que Incahuasi huele a leña, está inserto en medio de un bosque nuboso en el que la presencia de los cactus de sanpedro y una cierta incomodidad al atardecer, hablan del dominio del curanderismo como fuerza cultural gravitante. La incomodidad puede provenir de la incapacidad de digerir demasiada belleza sin preguntarse por los extravíos en los que uno anda.

No cabe siquiera pensar que Rolando Sousa pueda llegar a ocupar uno de los sillones del Tribunal Constitucional. Y resulta que la gente de Incahuasi es ignorante, porque tiene solo la media primaria y anda todo el día con un machete. No hay espacio en la mente para descubrir que mientras Alan García nos gobernaba por segunda vez y se comía los jamones del crecimiento económico récord, indultaba a más de cinco mil narcotraficantes con tarifa de cocinero de cocaína. Y entonces los comuneros de Cañaris son cerriles porque no aceptan el proyecto minero Cañariaco, de la canadiense Candent Copper (menudo nombrecito).

Dos sorpresas en una zona de un país sobre el que se dice, como un estribillo, que no tiene Estado. La primera: los caseríos –diminutos– incluso las casas aisladas de los campesinos, cuentan todas con un panel solar, que les da energía para tres focos. Ningún campesino me supo precisar qué entidad pública les había instalado esa red, pero sí que les cobran por el servicio una cantidad mensual por la que nadie se queja. La segunda: en una zona donde las pequeñas poblaciones están muy dispersas, los niños debían caminar dos, tres horas de ida y otras tantas de vuelta, por el tema de la escuela. Hoy, cuentan con unas bicicletas en las que llegan rápido a sus clases, aunque estas todavía sean unidocentes; es decir, del primer al sexto grado de primaria todos los chicos están en el mismo salón y con el mismo profesor, que se tiene que dividir en seis para cumplir con lo que en su jerga se llama “la currícula”. Es así, es duro, es real. Tócalo, diría Reimond Manco. Velásquez Quesquén, Sousa, García, tal como los curanderos echan la podredumbre del organismo sano mientras escupen: “mar adentro”. (Escribe: Rafo León)


 


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