Opinión Por: GREGORIO MARTÍNEZ
Teoría del Perrito
Antes que la guapísima Jennifer Bothamley publicara su gran “Dictionary of Theories”, el cual registra más de cinco mil teorías científicas y filosóficas, nunca en la vida tuve un libro de cabecera. Solo a veces mantenía I modi (Los modos) bajo la almohada, el libro italiano de las 16 poses eróticas, clásicas, que publicó Pietro Aretino con ilustraciones escabrosas de Giulio Pippi, mejor conocido este como Julio Romano. Pero I modi es un poemario porno duro de sonetos, más para encender la chispa de Paracas que un libro para conservarlo en la cabecera de la cama, igual que erudita obra de consulta.
Abrí “Diccionario de teorías”, encandilado por la putativa sapiencia de Jennifer Bothamley; sin embargo, en sus apretadas páginas únicamente encontré la teoría del perrito de Ivan Pavlov. Mi búsqueda era de otro perrito, ese viringo que se mantiene oculto en el fondo del pozo de la dicha, perrito que para muchos resulta apenas un mito, una fantasía pecaminosa.
Por supuesto, la mayoría de los peruanos somos pura boquilla, trátese de lucha armada o de subir al níspero, incluso somos más alegosos que Cocodrilo Carmona, cada quien alardea haber gozado del sublime placer que brinda el perrito de marras, aquel perrito que la ciencia médica ignora, aun la fisiología y hasta la ginecología en particular. Fojeo la última edición del voluminoso “Human Anatomy and Physiology” de Elaine Marieb, capítulo 28, The Reproductive System, y ni siquiera una mención honrosa del fabuloso perrito.
Para que brille la justicia social, la Academia Sueca debería otorgarle el Nobel de medicina al primer ginecólogo o fisiólogo que le explique al mundo civilizado, a la cultura occidental especialmente, cómo funciona el perrito en su menester de succión riquísima. Por la cuestión del otro perrito, ese del reflejo condicionado, Ivan Pavlov recibió el Nobel en 1904, justo el mismo año y día, un jueves, cuando James Joyce, el autor de “Ulises”, la novela más lograda del siglo XX, descubría enloquecido de placer que Nora Barnacle, que lo acompañaba en unos arrumacos de amor en la orilla sur del río de Dublín, tenía un verídico perrito.
Además, si el prodigioso perrito saliera de las tinieblas, si la ciencia médica explicara cómo funcionan, en torno a la vagina, los músculos ísquiones cavernosos, inmediatamente se remediaría el carácter tortuoso que tiene actualmente la cópula. Se guarda silencio por miedo a caer en antifeminismo. Porque durante el coito la mujer se siente camaleada, penetrada, incluso ejecutada. Tengo un “mate” dicen algunos hombres.
Esa asociación del placer con el maltrato a la mujer origina visiones confundidas como el GUSTO por el camaleo. De ahí el tremendo éxito mundial de un libro como “Las 50 sombras de Grey” de la escritora británica Erika Leonard, quien precisamente se presenta como E.L. James para hacer creer que se trata de un autor. Por su cultivado masoquismo, dicha novela encandila principalmente a muchas mujeres. (Por: Gregorio Martínez)