Gastronomía Sinsabores y deleites de una nacionalidad esquiva.
La Peruanidad Golosa
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Foto: Jaime Travezán, Morgana Vargas Llosa y David Tortora (Mírame Lima) |
Si de ese dudoso homenaje por Fiestas Patrias que es el Corso Wong se pudiera extraer una radiografía de lo que la peruanidad implica, bien podría afirmarse que el pundonor nacional no solo se menea a ritmo de huayno y diablada, sino también de sutil perreo. La heroica estampa patria, protagonizada por los participantes del programa Combate el pasado domingo 21, incluía, para mayor incógnita, un carro alegórico representando el circo romano y dos tigres de proporciones monstruosas. Una peruanidad que, así, se proclama idiota, y que hoy en día asienta las bases masivas de su adiposo orgullo en la gastronomía de cebiche y lomo saltado. Vale recordar lo que escribiera Basadre en 1937: “De pavores y espantos y angustias y desgarramientos se ha hecho el milagro de todas las patrias”. O, como declamara con fuerza estremecedora Luis Álvarez acompañado por la guitarra de Óscar Avilés: “Viva el Perú, carajo!”
Porque negados los chimpunes para el exacerbo del orgullo patrio, este ha logrado ampararse entre anticuchos y pellejitos de pollo a la brasa. Como lo explica el gastrofilósofo Mariano Valderrama: “El cebiche es más que un plato de comida; la gastronomía se ha convertido en un factor importante de identidad cultural y cohesión social de los peruanos”.
Pero, ¿cómo describir esa peruanidad contradictoria y esquiva que nos hincha el pecho ante una papa a la huancaína, mientras nos hace susurrar a la hora de cantar el himno nacional? Sobre la peruanidad y el Perú, Mariátegui lanzaba en 1927 una afirmación que todavía se presiente vigente. En un artículo titulado “La tradición nacional”, incluido en ese libro fundamental llamado Peruanicemos al Perú, exclamaba: “Se puede decir del Perú lo que Waldo Frank dice de Norte América: que es todavía un concepto por crear”. Decía el amauta que “lo peruano no es el esprit del Jirón de la Unión ni de las tertulias limeñas, sino una cosa mucho más honda y mucho más trascendente”.
Una peruanidad hecha de desesperanza y desesperación, de postergaciones y extremaunción de anhelos, de renuncias y perplejidades, de repartijas y estupores varios, de “todas las inmoralidades de nuestra vida criolla” a las que también se refiriera Basadre. Una peruanidad de la que bien podría decirse aquello que Martín Adán respondiera alguna vez en CARETAS ante una pregunta de Mario Vargas Llosa sobre el sentido de la vida: “No se elige, se padece”. Una peruanidad que sin embargo también se anuncia golosa, festiva, solidaria y comunal a través del insurreccional recurso de la pollada, como se aprecia en las fotos que acompañan a este artículo captadas por los lentes de Jaime Travezán, David Tórtora y Morgana Vargas Llosa.
Sobre el valor del arraigo y un importante sentimiento de pertenencia que vaya más allá del mero chauvinismo, bien vale traer a colación aquellas palabras de Hermann Hesse: “Siento profundamente y con una extraña emoción todo lo hermoso y singular que fue para mí esa experiencia: haber tenido alguna vez una patria; haber conocido alguna vez, en un pequeño lugar de la Tierra, todas las casas y sus ventanas y todas las gentes que estaban tras ellas. Haber estado ligado alguna vez a un determinado lugar de la Tierra, como el árbol con raíces y vida, está ligado a su lugar”. O, para volver a Basadre: “Sentirse enraizado en la tierra propia es, acaso, el mejor privilegio que un niño puede alcanzar”. Feliz 28. (Escribe: Maribel de Paz)